Corazones bajo fuego

Capítulo 36: La Segunda Llave

Las puertas automáticas del hospital se abrieron de golpe.

Gabriel, Diego, Valeria, Lucía y varios miembros de la resistencia entraron corriendo.

—¡Piso siete! —gritó Gabriel.

Todos avanzaron hacia las escaleras.

No podían arriesgarse a usar los elevadores.

Mientras tanto, dentro de la habitación...

La misteriosa mujer observó su reloj.

—Llegan rápido.

Don Ricardo sonrió débilmente.

—Te lo dije.

Ella lo ignoró.

—Última oportunidad.

¿Dónde está la segunda llave?

—No lo sé.

—Sigues mintiendo.

La mujer sacó una pequeña navaja.

Pero antes de que pudiera acercarse...

¡BANG!

La puerta explotó hacia adentro.

Gabriel irrumpió en la habitación.

—¡Aléjate de él!

La mujer sonrió.

—Justo a tiempo.

Valeria reconoció algo extraño.

Aquella mujer no parecía sorprendida.

Como si hubiera esperado exactamente ese momento.

Diego corrió hacia la cama de su padre.

—¿Estás bien?

—He estado mejor.

A pesar del peligro, Ricardo sonrió.

La mujer retrocedió lentamente.

—Lástima.

—Se acabó —dijo Gabriel.

—No.

Apenas empieza.

Entonces lanzó una pequeña esfera metálica al suelo.

¡PSSSSHHH!

Una nube de humo cubrió la habitación.

—¡Cuidado! —gritó Lucía.

Cuando el humo desapareció...

La mujer ya no estaba.

—¡Se escapó!

Gabriel golpeó una pared con frustración.

—Maldita sea.

Pero entonces Ricardo habló.

—No vino por mí.

Todos lo miraron.

—¿Qué?

—Vino por información.

Valeria recordó las palabras de la desconocida.

—La segunda llave.

El rostro de Ricardo se volvió serio.

—Pensé que nadie más sabía de eso.

Gabriel abrió los ojos.

—¿Existe de verdad?

Ricardo asintió.

—Sí.

El silencio llenó la habitación.

—¿Qué abre? —preguntó Diego.

Ricardo dudó unos segundos.

—La Cámara Omega.

Nadie reconoció el nombre.

Excepto Alejandro.

Que acababa de llegar acompañado por Isabel y Sofía.

Su expresión cambió inmediatamente.

—No...

—¿La conoces? —preguntó Valeria.

Alejandro cerró los ojos.

—Es peor de lo que imaginan.

—¿Qué hay allí?

Ricardo y Alejandro intercambiaron una mirada.

Una mirada llena de recuerdos.

Y de miedo.

Finalmente Alejandro respondió.

—Todo.

—¿Todo qué?

—Todos los secretos que jamás fueron escritos en el archivo negro.

El corazón de Valeria comenzó a acelerarse.

—¿Más secretos?

—Muchos más.

Ricardo asintió.

—Nombres.

Fortunas ocultas.

Identidades falsas.

Operaciones internacionales.

Gabriel palideció.

—Si el sucesor encuentra esa cámara...

—La organización podría renacer.

El silencio fue absoluto.

Por primera vez comprendieron que el archivo negro nunca había sido el verdadero objetivo.

Solo era una pieza.

La Cámara Omega era el premio real.

Y para abrirla se necesitaban dos llaves.

Una estaba en manos de Valeria.

La otra...

Seguía desaparecida.

A cientos de kilómetros de allí...

La mujer que escapó del hospital entró en una antigua estación de tren abandonada.

Al fondo del edificio había una figura esperando entre las sombras.

—¿Y bien? —preguntó la voz.

La mujer sonrió.

—Confirmado.

La segunda llave existe.

La figura permaneció inmóvil.

—Excelente.

—¿Qué hacemos ahora?

Una tenue luz iluminó parcialmente su rostro.

Pero no lo suficiente para identificarlo.

—Ahora iremos por Valeria.

La mujer sonrió.

Porque la verdadera cacería acababa de comenzar.

Continuará...




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