El caos estalló con la fuerza brutal de un dios enfurecido desatando su ira sobre mortales insignificantes. El idioma de la multitud no necesitaba palabras; era un grito gutural de decepción convertida en rabia que se alzaba al cielo nocturno como humo tóxico. El verdugo, aquel hombre grande cuya torpeza había sido orquestada por una voluntad que no podía comprender, rugió de furia, su rostro congestionado convertido en una máscara grotesca de vergüenza y cólera.
Sus manos, acostumbradas a la precisión mortal, temblaban mientras revisaba una y otra vez la maquinaria del patíbulo, buscando una explicación mecánica para lo que había sido pura magia. Su reputación, construida sobre décadas de ejecuciones impecables, se desmoronaba frente a cientos de testigos, y esa humillación lo convertía en una bestia herida y peligrosa.
El joven ladrón, con el instinto de supervivencia gritándole en cada fibra de su ser demacrado, no lo pensó dos veces. Se las arregló para ponerse en pie a pesar de las cuerdas que aún le ataban las manos, y se lanzó del patíbulo como un animal acorralado. Se hundió en el mar de gente como una piedra en aguas turbulentas, usando su desesperación y su tamaño menudo para escabullirse entre cuerpos mucho más grandes.
Una ola humana se arremolinó, primero en confusión absoluta, luego en una cacería frenética que convertía a ciudadanos respetables en una jauría de lobos hambrientos. El verdugo lideraba la carga, empujando y maldiciendo, su orgullo profesional exigiendo sangre para lavar su fracaso. La turba lo siguió, su sed de sangre no saciada, redirigida ahora hacia una persecución que prometía ser aún más emocionante que una ejecución rutinaria.
El espectáculo no había terminado; solo había cambiado de escenario, convirtiéndose en una cacería humana que se extendería por las calles serpenteantes de Viena como una plaga de violencia.
Todos se fueron. Todos menos nosotros dos.
La plaza se vació con la eficiencia de agua escapando por un desagüe, llevándose consigo el calor corporal, los gritos, el olor a sudor y alcohol barato. En cuestión de minutos, el espacio que había bullido con la energía febril de cientos de personas se convirtió en un anfiteatro vacío donde solo quedábamos ella y yo.
Ella permaneció imperturbable en el centro del huracán de histeria que se alejaba. Una isla de calma absoluta en medio del caos que había desatado su magia, sin rastro de triunfo en su rostro ovalado, solo una serenidad profunda que hablaba de alguien acostumbrado a cargar con las consecuencias de hacer lo correcto. Era la quietud de quien ha hecho una elección moral en un mundo donde la moralidad puede ser mortal, y acepta el precio sin lamentos.
El destello verde esmeralda de su magia se había disipado, pero su eco aún quemaba el aire a mi alrededor como una fragancia etérea—ozono después de una tormenta de verano, hierba nueva bañada por el rocío, vida pura concentrada en forma de perfume. Era embriagador de una manera que la sangre más dulce nunca había sido, y me mareaba con una sensación que no había experimentado en tres siglos: la proximidad de algo sagrado.
Protegerla.
El pensamiento no nació de un análisis racional o de una decisión consciente. Fue un mandato tallado a fuego en cada segundo de mis trescientos años de existencia, una necesidad primal que anuló toda lógica, todo cinismo, todo el peso asfixiante del aburrimiento eterno que había sido mi compañero constante. Era como si cada momento que había vivido desde mi resurrección hubiera sido preparación para este instante, para esta mujer, para este propósito que desconocía.
Mi cuerpo respondió antes que mi mente. Me moví no con la velocidad sobrenatural que usaba para cazar o huir, sino con una urgencia diferente, más intensa. No fue correr; fue desmaterializarme parcialmente, convertirme en una sombra que se deslizaba entre los pocos cuerpos que aún se alejaban, una corriente fría que esquivaba el calor residual de la furia humana.
El mundo periférico se desdibujó en una mancha de sonidos distantes y olores sin importancia. Mi visión se redujo a un túnel al final del cual estaba ella, y solo ella. Ese hilo invisible que había sentido enroscarse alrededor de mi corazón muerto tiraba de mí con la precisión de una flecha divina, guiándome hacia mi destino con una certeza que no había conocido ni siquiera cuando era mortal.
Me detuve frente a ella a una distancia que esperaba fuera respetuosa pero que me permitiera interceptar cualquier peligro que se acercara. El silencio que creamos fue más denso y cargado de significado que todo el ruido que había rodeado la ejecución fallida. En ese silencio, podía escuchar su respiración—tranquila, controlada, sin el jadeo del miedo o la excitación—y el susurro casi inaudible de su pulso, un ritmo de vida que resonaba en mis huesos como música celestial.
Mi corazón, ese órgano petrificado que no latía para sostener la vida sino para marcar el paso interminable del tiempo como un metrónomo cósmico, golpeó contra mis costillas con una fuerza que me dejó sin aliento. Por primera vez en tres siglos, el ritmo se aceleró, y el sonido era tan extraño que por un momento temí que mi cuerpo inmortal estuviera experimentando algún tipo de fallo catastrófico.
La miré realmente por primera vez, ahora que no había multitudes ni distracciones. Era más pequeña de lo que había parecido desde la distancia, tal vez llegaba a mi hombro, pero había una presencia en ella que la hacía parecer mucho más grande. Su túnica de lana, aunque simple y desteñida por el uso, estaba limpia y bien cuidada. Sus manos, que había observado entrelazadas en concentración, mostraban las marcas de trabajo honesto—pequeñas cicatrices que hablaban de cocinar, coser, tal vez preparar medicinas. Eran las manos de alguien que creaba y sanaba, no de alguien que destruía.
Su cabello castaño, libre ahora de parte del moño que se había deshecho durante la tensión del hechizo, caía en ondas suaves sobre sus hombros. Bajo la luz temblorosa de las pocas antorchas que quedaban encendidas, brillaba con reflejos dorados que hacían juego con sus ojos extraordinarios.