Corazones en cautiverio

Capítulo 1

El corsé era, sin lugar a dudas, un instrumento de tortura diseñado por un misógino con una obsesión enfermiza por la geometría. Según mi doncella, Martha, la silueta resultante era digna de un futura duquesa, pero para mí, que sentía cómo mis costillas intentaban reordenarse en un espacio del tamaño de un dedal, aquello era un intento de aasesinato encubierto por seda y encaje.

-Martha -logré jadear, aferrándome al poste de la cama con una fuerza que sugería que estaba a punto de ser arrastrada por un vendaval-, si muero por falta de oxígeno antes de llegar a Almack's, asegúrate de que mi epitafío diga: Aquí yace Arabella Whitmore, víctima de la moda y una madre no excesivas ambiciones sociales.

-No digas tonterías, señorita -replicó ella, dándole un último tirón despiadado a las cintas-. Es su gran noche. La presentación oficial ante la flor y nata de la sociedad londinense. Si no tiene una cintura de avispa, las matronas de Mayfair la devorarán viva antes de que puedas hablar.

Me miré al espejo y solté un suspiro contenido (porque uno profundo habría hecho estallar las costuras). La mujer que me devolvía la mirada parecía una dama perfecta de la Regencia. El vestido de gasa blanca con bordados de plata resaltaba mis ojos, y el cabello recogido en intrincados rizos sugería una docilidad que yo no poseía. Era la mayor de las hermanas Whitmore, la eterna promesa, la que había visto pasar tres temporadas viendo a sus hermanas menores casarse mientras yo me dedicaba a emborronar cuadernos con poemas y a tocar el piano hasta la madrugada.

Pero el tiempo se había agotado. A mis veinticuatro años, el peligro de la soltería se había convertido en una alarma de incendio para mis padres. Mi padre, el Barón de Whitmore, ya no sabía cómo justificar mi presencia en las cenas sin parecer que estaba intentando vender un caballo que nadie quería comprar.

-¡Arabella! -La voz de mis madre retumbó desde el rellano-. ¡El carruaje está esperando! Y recuerda: hoy no eres una filósofa, ni una escritora, ni mucho menos menos una mujer con opiniones sobre la reforma del Parlamento. Hoy eres una flor delicada.

-Entendido, madre -murmuré para más adentro-. Hoy seré un geranio especialmente mudo.

La llegada al salón fue lo más parecido a entrar en un coliseo, solo que los leones vestían de satén y usaban abanicos para ocultar sus colmillos. El murmullo de la alta sociedad londinense subía desde el salón principal como un infante de abejas hambrientas.

Allí estaba yo, del brazo de mi padre, sintiendo cómo cientos de ojos pesaban mi valor en el mercado matrimonial. Mi reputación de mujer difícil me precedía, pero el brillo de mi dote y el prestigio de mi apellido aún mantenían a raya a los críticos más feroces.

-Sonríe, Arabella -susurró mi padre, aunque sus ojos buscaban ansiosamente a alguien entre la multitud-. Hoy es el día. El Duque de Rochester ha expresado su interés en conocerte formalmente.

Sentí que el poco aire que me quedaba abandonaba mis pulmones. Ramona Ashcroft, el Duque de Rochester. El epítome de la correción. El hombre cuya vida estaba tan organizada que sospechaba que incluso sus sueños seguían un orden alfabético.

-¿El Duque? -pregunté conocerte formalmente una pizca de ironía-. He oído que es tan perfecto que incluso su sombra camina a su lado con absoluta rectitud.

-Es un hombre de honor, hija. Y lo más importante, es una hombre con un título que salvará nuestro linaje de la irrelevancia.

Justo en ese momento, la multitud se dividió como el Mar Rojo ante Moisés. Ramona Ashcroft avanzó hacia nosotros. Debía admitir, para mi desgracia, que era un hombre excepcionalmente apuesto. Si cabello rubio estaba peinado con una precisión que desafiaba las leyes de la física, y sus ojos verdes eran claros, limpios, como un bosque después de la lluvia. Su casaca azul oscuro no tenia una sola arruga, y su postura era tan recta que me pregunté si se habría tragado un sable para desayunar.

-Lord Whitmore -dijo él, con una voz barítono y pausada-. Es un placer volver a verle.

-El placer es mío, Excelencia. Permítame presentarle a mi hija mayor, la señorita Arabella Whitmore.

Edmund se volvió hacia mí. Hizo una reverencia impecable, el ángulo exacto que dictaba la etiqueta, ni una mlímetro más, ni uno menos.

-Señorita Whitmore -dijo, tomando mi mano. Su tacto fue cálido, pero firme-. Es una honor. Su padre me ha hablado mucho de su... singularidad.

-¿Singularidad, milord? -Enarqué una ceja, incapaz de contenerme-. Es una forma muy diplomática de llamar a la falta de docilidad. Espero que no le hayan advertido que muerdo, porque solo lo hago cuando me obligan a hablar del clima durante más de cinco minutos.

Mi padre soltó un carraspeo que sonó como un tanque de asma. El Duque, sin embargo, mostró una pequeña y educada sonrisa. Una sonrisa que no llegó del todo a sus ojos, pero que era genuinamente amable.

-El clima es, en efecto, un tema agotador -concedió él-. Quizás podamos encontrar algo más interesante de lo que hablar mientras bailamos este vals. ¿Me concede el honor?

Bailar con Edmund era como moverse con una máquina perfectamente aceitada. Cada paso era exacto, más giro era previsible. Él era un excelente bailarín, atento a mis movimientos, asegurándose de que mi vestido no se enredara y de que no chocáramos con otras parejas. Era bueno. Era atento. Era... exasperantemente correcto.

-Me han dicho que toca usted el piano, señorita Arabella -dijo él, mientras girábamos bajo las lámparas de araá-. Es una habilidad muy loable en una dama.

-Toco, milord. Aunque a menudo prefiero las piezas oscuras y promoverlas de Beethoven antes que las sonatas ligeras que se esperan en un salón de té. Me gusta la música que te hace sentir que e mundo se está acabando y renaciendo al mismo tiempo.

Edmund parpadeó, procesando mi integrada con la calma de un juez.

-La música debe ser un refugio de paz -respondió él con suavidad-. La vida ya es lo suficientemente caótica como para buscar tormentas en el arte. Yo prefiero orden. La armonía.




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