Corazones en cautiverio

Capítulo 2

El sol de la mañana siguiente entró por mi ventana con una impertinencia propia de quien no ha pasado la noche entera debatiendo con su almohada sobre la naturaleza del aburrimiento. Londres se despertaba envuelta en bruma dorada.

-¡Un paseo por Hyde Park es exactamente lo que necesitas para que el Duque vea que eres una mujer saludable! -exclamó mi madre mientras me colocaba un sombrero de paja con cintas color lavanda que pesaba lo mismo que mis pecados-. El alma no necesita emanciparse a las once de la mañana; necesita ser vista en el lugar correcto con el hombre adecuado.

Caminamos por el parque en una formación que recordaba sospechosamente a una escolta militar. Mi padre al frente, mi madre vigilando los flancos, y yo en el centro, sintiéndome como un cargamento valioso y un tanto defectuoso.

-¡Oh, qué coincidencia tan afortunada! -exclamó mi madre con una actuación que no le habría valido ni un papel secundario en el mismísimo teatro.-. ¡Si es el Duque de Rochester!

A pocos metros, Edmund Ashcroft caminaba con la elegancia de un cisne que ha memorizado el manal de etiqueta. Su presencia en ese sendero preciso, a esa hora precisa, tenía tanto de "coincidencia" como una ley parlamentaria. Tras los saludos de rigor, Edmund me ofreció el brazo.

-Señorita Whitmore, ¿me acompañaría en un breve trayecto? -dijo con esa amabilidad tan pulcra que uno siente la necesidad de pedir disculpas por existir-. El aire de la mañana es propicio para las conversaciones serias.

Caminamos bajo el peso de cientos de miradas. Las debutantes que pasaban nos observaban con una mezcla de envidia y asombro.

-He estado reflexionando sobre nuestro futuro, Arabella -comenzó él-. En Rochester Hall, el orden es la clave. Mi futura esposa debe ser el corazón de la casa: gestionar las cenas, supervisar la caridad y asegurarse de que el linaje Ashcroft sea un ejemplo de calma. ¿Qué aspira usted?

-Yo aspiro a viajar, milord. A ver las ruinas de Roma bajo la luna y a escribir un libro que haga que la gente se cuestione las leyes. Adopto a una vida que sea un lienzo lleno de manchas de colores.

Edmund soltó una risa suave, casi paternal.

-Es usted una soñadora deliciosa, Arabella. Pero la realidad es mucho más... estructurada. Ya verá cómo, con el tiempo, la tranquilidad de la rutina le resultaba más satisfactoria que cualquier aventura.

Sus palabras fueron como una manta pesada cayendo sobre una llama. Él no quería una compañera; quería una dministradora de su paz.

Nuestra conversación fue interrumpida por un grupo de caballeros que se acercaron con paso apresurado. Eran hombres de aspecto severo, con rostros cargados de política.

-¡Ashcroft! El asunto de la reforma agraria ha dado un giro inesperado -dijo uno de ellos.

Edmund se irguió, su mirada iluminándose con un interés que mis sueños nunca habían logrado despertar en él. Se volvió hacia mí con una disculpa perfectamente ensayada.

-Arabella, me temo que este es un asunto de hombres, leyes y cifras... algo que solo lograría aburrir su hermosa cabeza. Vaya con aquellas damas. Estará en mejor compañía.

Me quedé allí, plantada, mientras Edmund se alejaba. La indignación me quemaba la garganta. Resignada, me acerqué a las debutantes, pero sus preguntas sobre diamantes y tiaras eran como picaduras de mosquito.

-Si me disculpan -dije con una sonrisa falsa-, creo que he visto una mariposa rara cerca del agua.

Caminé rápido, alejándome de los gorjeos. Mis pies me llevaron casi por instinto hacia la orilla del lago Serpentine. El agua estaba tranquila, reflejando el cielo grisáceo. Me acerqué tanto que el agua empezó a empapar el cuero fino de mis zapatos y el dobladilo de mi vestido lavanda se oscureció al rozar la superficie.

-¿Piensa saltar o solo está comprobando si el agua está lo suficientemente fría para un baño de realidad?

Me giré con tal brusquedad que casi pierdo el equilibrio. A pocos pasos de mí, apoyado en el tronco de un sauce llorón, se encontraba un hombre.

Dios santo. Si Edmund era un estatua de mármol pulido, este hombre era una tormenta esculpida en carne. Era notablemente más alto que el promedio, con una compplexión atlética que su casaca de terciopelo azul noche se encerraba abierta con una negligencia casi pecaminosa. Su cabello oscuro como el ala de un cuervo, denso y rebelde, cayendo sobre su frente de una manera que invitaba a peinarlo con los dedos.

Pero eran sus rasgos los que me dejaron sin aliento. Tenía una mandíbula afilada, sombreada por una barba de apenas dos días que le confería un aire peligrosamente incivilizado. Sus labios eran carnosos, curvados en una mueca de burla permanente que derrochaba una confianza arrogante. Sin embargo, lo más perturbador eran sus ojos: de un verde esmeralda tan intenso y magnético que parecían brillar con una luz propia, cargados de una inteligencia mordaz que me desnudaba el alma. Su atractivo no era convencional ni tranquilo; era una fuerza de la naturaleza, algo salvaje y embriagador que hacía que el aire a su alrededor vibrara.

-Es de muy mala educación espiar las reflexiones privadas de una dama, señor -dije, tratando de recuperar mi dignidad mientras sentía que el rostro me ardía bajo su escrutinio.

-Y es un desperdicio de un vestido tan caro usarlo como red de pesca -replicó él. Su voz era profunda, con una vibración que me recorríó la columna-. Dígame, ¿la vida en el pedestal es tan aburrida que ha decidido comprobar si puede flotar?

Me crucé de brazos, olvidando por un momento el protocolo.

-La vida en el pedestal es muy solitaria, señor. Y el agua parece honesta. No hace preguntas sobre diamantes.

El hombre soltó una carcajada corta y vibrante, mostrando una hilera de dientes blancos que acentuaban su aspecto vital y peligroso. Soy un paso hacia la luz, y la forma en que me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis labios un segundo de más hizo que mi pulso se acelerara como nunca antes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.