Corazones en cautiverio

Capítulo 3

Al día siguiente, la Royal Opera House estaba a reventar. El palco de los Ashcroft era el centro de todas las miradas. Edmund estaba sentado a mi derecha, luciendo sus condecoraciones, comentando la estructura de la partitura de Mozart con la frialdad de un crítico de matemáticas.

-Fíjese en la simetría del coro, Arabella -decía Edmund-. Es ahí donde reside la verdadera belleza. En la estructura.

Yo asentí, sintiendo que el corsé me apretaba más que el día anterior. Dejé que mi mirada vagara por el patio de butacas, aburrida de la perfección del escenario, hasta que lo vi.

En el fondo del teatro, de pie en la penumbra de los pasillos laterales, un hombre estaba apoyado contra la pared. No llevaba peluca, ni seguía la etiqueta rigurosa de los palcos. Su casaca oscura destacaba contra el terciopelo rojo.

Era él. El desconocido del lago.

Sentí un vuelco en el estómago que me hizo perder el aliento. Él no estaba mirando el escenario. No estaba escuchando a Mozart. Tenía los ojos fijos directamente en nuestro palco. En mí.

Inclinó la cabeza apenas un milímetro, una imitación perfecta de la reverencia burlona que me había hecho en el parque, y luego, con una sonrisa ladeada que pude ver incluso desde la distancia, se llevó un dedo a los labios, pidiéndome un secreto.

-¿Ocurre algo, Arabella? -preguntó Edumund, notando mi repentina rigidez-. Se ha puesto pálida. ¿Es la música?

-No, milord -respondí, con la voz temblorosa mientras veía cómo el desconocido se daba la vuelta y se perdía entre las sombras del pasillo-. Es solo que... acabo de darme cuenta de que la partitura tiene una nota discordante que no esperaba.

Edmund frunció el ceño, volviendo su vista al escenario.

-Imposible. Mozart es perfecto. No hay notas discortantes en esta casa.

Ojalá tuviera razón, pensé. Pero la nota discordante ya estaba allí, y acababa de sonreírle desde la oscuridad.

El eco de los aplausos finales en la Royal Opera House todavía vibraba en mis oídos, pero para mí no era más que un ruido sordo. Edmund, con su habitual eficacia, me condujo hacia el vestíbulo de mármol, donde el aire estaba cargado del perfume de quinientas flores y otras tantas intrigas.

Como era de esperar, no tardó ni cinco minutos en ser abordado por un grupo de caballeros con rostros curtidos por el poder. Edmund se volvió hacia mí con esa cortesía automática que empezaba a cansarme.

-Arabella, querida, estos caballeros requieren mi opinión técnica sobre los aranceles. ¿Por qué no va al salón de refrigerios?

-En realidad, milord -respondí, sintiendo que las paredes de terciopelo me asfixiaban-, el calor aquí dentro es insoportable. Iré un momento a la terraza exterior. Necesito aire fresco.

Me escapé. Caminé hasta que el ruido de las risas fue solo un murmullo lejano. El cielo estaba oscuro, de un azul tan profundo que rozaba el negro. Me apoyé en una balaustrada de piedra, suspirando con fuerza, cuando una sombra se movió a mi izquierda.

-¿Buscando las estrellas o huyendo de la aritmética del Duque?

Me giré de golpe. Él estaba allí, apoyado contra una columna con una insolencia que rayaba en los insultante. Bajo la luz de la luna, suspirando atractivo era un bofetada: la mandíbula marcada, el cabello oscuro revuelto y esos ojos verdes que me observaban con una mezcla de burla y desdén.

-¿Otra vez usted? -siseé, sintiendo que la sangre me revía-. Empiezo a pensar que su único propósito en la vida es asustar a las mujeres en la oscuridad.

Él soltó una risa corta, sin una pizca de amabilidad.

-Y yo empiezo a pensar que su único propósito es decorar el brazo de hombres aburridos.

-Es usted un insolente -repliqué, dando un paso hacia él, invadida por una oleada de odio puramente instintivo-. Ha invadido mi privacidad dos veces. No nos conocemos, no me debe nada y yo ciertamente no le debo explicaciones sobre mi prometido. Así que, antes de que llame a los guardias, tenga la decencia de identificarse. Exijo saber su nombre.

Él se separó de la columna con una lentitud exasperante. Se acercó hasta que el aroma a tabaco y noche me envolvió. Sus ojos verdes bajaron a los míos, cargados de una prepotencia que me dolió.

-Lucien -dijo, y el nombre sonó seco, como un golpe-. Solo Lucien. ¿Satisfecha, señorita Whitmore? ¿O necesita también mi árbol genealógico para decidir si mi presencia es adecuada?

-Me da igual quién sea, Lucien -respondí, escupiendo su nombre como si fuera veneno-. Pero su arrogancia es insoportable. No sabe nada de mí, ni de lo que significa el deber.

-Sé que me mira con el mismo asco con el que miraría una mancha de barro en su alfombra -replicó él, entornando los ojos-. Pero al menos el barro es real. Usted, aquí fuera, parece una mujer. Ahí dentro, al lado de Rochester, parece un mueble de caoba: caro, pulido y sin voz propia.

-¡Cómo se atreve! -levanté la mano no para golpearlo, pero sí con un gesto furioso de frustración-. Usted solo es un extraño que aparece de la nada a criticar lo que no entiende. Edmund me ofrece una vida de respeto, algo que un hombre que se esconde en los jardines claramente no valora.

-El respeto de Edmund es un contrato, Arabella -dijo él, y por un momento la burla desapareció, dejando paso a una seriedad cortante-. Solo digo que parece que le aprieta demasiado el guante. Pero adelante, vuelva con él. No deje que un insolente le arruine el peinado.

El odio entre nosotros era casi tangible, una tensión agria que hacía que el aire pesara. No había romance aquí, solo el choque de dos personas que no lograban entenderse y que, por alguna razón, no podían dejar de atacarse.

-Espero no volver a verlo nunca, señor Lucien -dije, dándome la vuelta con toda dignidad que pude reunir.

-Londres es muy pequeño, excelencia -respondió él a mis espaldas, con el tono burlón regresando a su voz-. Las sombras siempre terminan encontrándose.




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