Corazones en juego

7. Demasiado cerca

El aire en el pasillo seguía cargado de tensión.
Valeria continuaba mirando la fotografía en el teléfono de Adrián. Ese segundo hombre en la imagen, oculto entre las sombras, tenía algo inquietante.
Algo que hacía que un escalofrío recorriera su espalda.
—¿Quién es? —preguntó Valeria en voz baja.
Adrián guardó el teléfono lentamente en el bolsillo de su saco.
—Alguien que no debería estar aquí —respondió Adrián con seriedad.
Valeria cruzó los brazos, intentando mostrarse firme.
—Adrián, esto empieza a sonar demasiado dramático —dijo Valeria.
Adrián negó con la cabeza.
—No lo es —contestó Adrián.
Valeria frunció ligeramente el ceño.
—Solo es una foto —insistió Valeria.
Adrián dio un paso más cerca de ella.
—No —dijo Adrián con voz firme—. Es una advertencia.
El corazón de Valeria comenzó a latir con más fuerza.
—¿Advertencia de qué? —preguntó Valeria.
Adrián miró hacia el final del pasillo antes de responder.
—De que ya saben que estás aquí conmigo —dijo Adrián.
Valeria soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso es absurdo —dijo Valeria.
Adrián volvió a mirarla. Sus ojos estaban demasiado serios.
—Valeria —dijo Adrián con firmeza—, tenemos que irnos.
—¿Irnos? —repitió Valeria, confundida.
—Ahora —añadió Adrián.
Valeria frunció el ceño.
—No voy a salir corriendo de una gala solo porque alguien tomó una foto —respondió Valeria.
Adrián suspiró con frustración.
—Sigues siendo igual de terca —dijo Adrián.
Valeria lo miró desafiante.
—Y tú sigues siendo igual de dramático —respondió Valeria.
Adrián dio otro paso hacia ella.
Esta vez estaban muy cerca.
—Escúchame —dijo Adrián con voz baja pero firme—. No estoy jugando.
Valeria sostuvo su mirada.
—No puedes simplemente aparecer después de cinco años y esperar que confíe en ti —dijo Valeria.
Las palabras parecieron afectarlo por un instante.
Pero Adrián mantuvo la calma.
—No te estoy pidiendo que confíes en mí —respondió Adrián—. Solo te estoy pidiendo que vengas conmigo.
Valeria dudó.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Adrián tomó suavemente su muñeca.
—Vamos —dijo Adrián.
Y antes de que pudiera protestar, comenzó a guiarla por el pasillo.
—Adrián —dijo Valeria, intentando soltarse—. Estás exagerando.
—Ojalá lo estuviera —respondió Adrián.
Salieron por una puerta lateral del hotel que llevaba al estacionamiento privado.
La noche estaba fresca.
Las luces iluminaban los autos alineados en silencio.
Adrián caminó directamente hacia un coche negro elegante.
Abrió la puerta del pasajero.
—Entra —dijo Adrián.
Valeria lo miró con incredulidad.
—¿En serio estás haciendo esto? —preguntó Valeria.
—Sí —respondió Adrián.
Valeria suspiró con frustración.
—Adrián… —comenzó Valeria.
—Valeria —interrumpió Adrián—, por favor.
Esa palabra la sorprendió.
Adrián casi nunca decía por favor.
Finalmente, Valeria entró al auto.
Adrián cerró la puerta, rodeó el coche y se sentó en el asiento del conductor.
Encendió el motor inmediatamente.
El vehículo salió del estacionamiento con rapidez.
Durante unos minutos ninguno habló.
La ciudad pasaba frente a ellos como un mar de luces.
Valeria miró por la ventana.
—Esto es ridículo —murmuró Valeria.
Adrián seguía concentrado en la carretera.
—Quizá —respondió Adrián.
Valeria lo miró.
—¿Entonces por qué lo haces? —preguntó Valeria.
Adrián tardó unos segundos en responder.
—Porque si algo te pasa… —comenzó Adrián. Pero se detuvo.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué? —preguntó Valeria.
Adrián apretó el volante.
—Nada —respondió Adrián.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Siempre haces lo mismo —dijo Valeria.
Adrián la miró brevemente.
—¿Qué cosa? —preguntó Adrián.
—Empiezas una frase y nunca la terminas —respondió Valeria.
Adrián exhaló lentamente.
—Es mejor así —dijo Adrián.
Valeria lo observó unos segundos.
—No para mí —respondió Valeria.
El silencio volvió a llenar el auto.
Entonces Valeria miró por el espejo lateral.
Frunció el ceño.
—Adrián… —dijo Valeria con preocupación.
—¿Qué pasa? —preguntó Adrián.
—Creo que ese auto nos sigue —dijo Valeria.
Adrián miró por el espejo retrovisor.
Un sedán oscuro estaba detrás de ellos.
A una distancia constante.
—Maldición —murmuró Adrián.
El corazón de Valeria se aceleró.
—¿Nos están siguiendo? —preguntó Valeria.
—Sí —respondió Adrián.
Valeria sintió un nudo en el estómago.
—Adrián, esto ya no es gracioso —dijo Valeria.
—Nunca lo fue —respondió Adrián.
Adrián giró en una calle más estrecha.
El otro vehículo también giró.
—Genial —murmuró Valeria.
Adrián condujo durante varios minutos más, tomando diferentes calles.
Finalmente el otro auto desapareció.
Adrián redujo la velocidad.
Valeria soltó el aire lentamente.
—¿Se fueron? —preguntó Valeria.
Adrián miró los espejos nuevamente.
—Creo que sí —respondió Adrián.
El coche se detuvo en una calle tranquila.
Las luces de la ciudad iluminaban suavemente el interior.
Valeria lo miró.
—¿Qué demonios está pasando? —preguntó Valeria.
Adrián giró ligeramente hacia ella.
Sus rostros quedaron muy cerca.
Demasiado cerca.
—Te dije que no era seguro —dijo Adrián en voz baja.
Valeria sostuvo su mirada.
—Y yo te dije que no confío en ti —respondió Valeria.
Adrián inclinó la cabeza ligeramente.
—Mentira —dijo Adrián.
Valeria frunció el ceño.
—¿Perdón? —preguntó Valeria.
—Si no confiaras nada en mí —dijo Adrián suavemente—, no estarías aquí ahora.
El silencio entre ellos se volvió más intenso.
Valeria tragó saliva.
—Eso no significa nada —dijo Valeria.
Adrián levantó la mano lentamente.
Apartó suavemente un rizo de su rostro.
—Sigues haciendo eso —susurró Valeria.
—¿Qué cosa? —preguntó Adrián.
—Actuar como si nada hubiera pasado —respondió Valeria.
Adrián la miró fijamente.
—Porque para mí… nunca terminó —dijo Adrián.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Valeria sintió que el tiempo se detenía.
—Adrián… —susurró Valeria.
Pero en ese momento un auto pasó lentamente por la calle.
El mismo sedán oscuro.
Y se detuvo unos metros detrás de ellos.
Adrián lo vio inmediatamente.
Sus ojos se oscurecieron.
—Abróchate el cinturón —dijo Adrián con urgencia.
Valeria sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Por qué? —preguntó Valeria.
Adrián encendió el motor nuevamente.
—Porque parece que la noche aún no termina —respondió Adrián.




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