Corazones Nocturnos

CAPÍTULO 28. Sangre y Verdad.

La noche caía como un manto pesado sobre la casa. Afuera, el viento arrastraba hojas secas y el cielo estaba cubierto de nubes negras, presagio de que algo importante estaba por suceder. Los adultos estaban reunidos en el salón: el padre de Auren, los padres de Leo y la bruja. Sobre la mesa, un mapa viejo, marcado con símbolos rojos.

—Es hoy o nunca —dijo el padre de Auren con voz firme—. Nuestros enemigos se están acercando más que nunca. Esta vez no vamos a defendernos… vamos a acabar con esto.

Leo y Auren estaban en el pasillo, escuchando. Lys y Luka jugaban en otra habitación, ajenos a lo que se preparaba.

La bruja levantó la mirada.
—El hechizo protector resistirá, pero si quieren eliminar la amenaza, tendrán que salir y enfrentarlos.

El padre de Auren se volvió hacia los chicos.
—Se quedan aquí. Pase lo que pase, no salgan.

Pero Auren y Leo intercambiaron una mirada que decía lo contrario.

Minutos después, el primer ataque llegó: un golpe seco contra la puerta principal, luego otro contra las ventanas. El cristal vibró. La bruja comenzó a recitar con fuerza, y un resplandor dorado cubrió las paredes.

—¡Por el lado derecho! —gritó el padre de Auren, saliendo con una espada que parecía forjada de pura luz.

Leo, sin poder contenerse, corrió hacia el patio. Auren lo siguió. Lo que vieron fue un grupo de figuras encapuchadas, rápidas, con ojos rojos brillando en la penumbra.

—¡Atrás! —gritó uno de los atacantes, lanzándose sobre Leo.

Auren reaccionó antes de pensar. Su velocidad vampírica lo llevó frente al enemigo, bloqueando el ataque y arrojándolo al suelo con una fuerza brutal.

La batalla estalló. Espadas contra garras, destellos de magia contra sombras. El padre de Auren y los padres de Leo luchaban espalda con espalda, eliminando a cada enemigo que se acercaba. La bruja, en el centro, lanzaba hechizos que convertían la oscuridad en chispas de fuego.

Leo esquivó un golpe y vio a Auren en plena pelea, su rostro serio, sus colmillos expuestos.
—¡Auren! —gritó.

Auren giró justo a tiempo para ver a un enemigo saltar sobre Leo. Con un rugido, se interpuso, clavando su arma directamente en el pecho de la criatura. El cuerpo se disolvió en polvo negro.

Después de lo que pareció una eternidad, el último atacante cayó. Silencio. Solo quedaba el sonido del viento y la respiración agitada de todos.

—Se acabó… —murmuró el padre de Auren, dejando caer su arma.

Horas después, en la cocina, las familias estaban reunidas. Lys y Luka dormían en el sofá, exhaustos. La bruja sonreía satisfecha.

—La amenaza ha sido eliminada. Pueden vivir en paz.

El padre de Auren miró a los dos chicos.
—Y por cierto… ya sabemos que están juntos.

Leo y Auren se miraron, sorprendidos.
—¿Qué? —preguntó Leo.

—Vamos, chicos… era evidente —dijo la madre de Leo con una sonrisa cómplice—. Y no vamos a oponernos.

El corazón de Auren latía rápido. Por primera vez, podía mirar a Leo sin sentir que tenía que ocultar lo que sentía.

—Entonces… —susurró Auren, sonriendo— no tenemos que escondernos más.

—Nunca más —respondió Leo.

Se abrazaron, y el mundo pareció detenerse por un instante.

Más tarde, mientras todos descansaban, Auren bajó a la sala en busca de un vaso de agua. Fue entonces cuando vio una carpeta abierta sobre la mesa. Fotos viejas, informes, manchas oscuras. En una de las imágenes… su madre.

El corazón se le detuvo. Reconoció el lugar, la noche. Y lo que lo destrozó: entre las sombras, podía distinguir el rostro joven de los padres de Leo.

—No… —susurró, con un nudo en la garganta.

Sintió pasos detrás. Era la madre de Leo. Sus ojos dorados lo miraron con algo que no era culpa, sino miedo.

—Auren…

—¿Fueron ustedes? —preguntó, su voz rota, apenas un hilo.

No hubo respuesta. Solo un silencio que lo dijo todo.

Auren retrocedió, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en su pecho. Afuera, el viento aullaba como si quisiera acompañar su dolor. Arriba, Leo dormía, sin saber que en esa misma noche, el amor que habían protegido con tanto esfuerzo estaba a punto de enfrentarse a la verdad más oscura.

Y Auren no sabía si podría perdonar.




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