Corazones Tempestuosos +18

PRÓLOGO

31 DE AGOSTO DEL 2017

Alemania había sido como un sueño hecho realidad, porque desde que tenía uso de razón, mamá y papá jamás me habían dejado salir del país sola. Por lo general, preferían que viajara con ellos, incluso aunque Bradley, mi canguro, estuviera pegado a mí a todas horas.

La verdad, nunca había entendido sus motivos, y tenía bastante claro que jamás lograría arrancarles la verdad ni a mi padre ni a mi madre.

Pero sus razones me daban bastante igual.

Después de insistir hasta la saciedad, medio año atrás mis padres por fin aceptaron que saliera del país para asistir a una de las academias para señoritas más prestigiosas de toda Europa, y durante un tiempo me sentí la chica más afortunada del mundo. Podía ir de aquí para allá sin tener a mis padres encima, histéricos por mi seguridad, como si el mundo entero estuviera esperando el momento perfecto para tragarse a su hija.

Pero todo lo que empieza, tarde o temprano, se acaba. Y mi estancia en Alemania había llegado a su fin dos días antes. Ahora, después de un verano largo, caluroso y bastante más libre de lo que estaba acostumbrada, volvía a estar en mi ciudad natal.

En la academia aprendí demasiadas cosas que, según ellos, me hacían digna de la alta sociedad: desde cómo coger una taza de té sin parecer una bárbara, hasta cómo tratar con la gente de mi círculo y con quienes, supuestamente, estaban por debajo de él. Aunque yo siempre había pensado que no existía ningún nivel social capaz de hacerme distinta a los demás.

Todos somos iguales, independientemente del patrimonio, la economía o el apellido que una persona cargue a la espalda. Nadie debería ser tratado como basura por su origen, por su dinero o por cualquier otra excusa ridícula que algunos utilizan para sentirse superiores.

Suspiré profundamente cuando la majestuosidad de la universidad Hodsson apareció ante mis ojos a través de las lunas tintadas de mi Cadillac. Una parte de mí siempre habría querido solicitar plaza en Cambridge, pero la otra, esa niña mimada de papá y mamá que aún vivía dentro de mí, prefería quedarse cerca de su familia, aunque fingiera que no necesitaba a nadie.

Mi llegada a la universidad fue exactamente como imaginé que sería.

La decisión que había tomado sobre mis estudios no era ningún secreto. La prensa, mis fans y todas las personas que me seguían desde que me convertí en una estrella de las redes, campeona de varios deportes olímpicos y protagonista de obras teatrales desde niña, no habían perdido mi rastro ni por un segundo. Por eso no me sorprendió ver a los paparazzi y a la prensa invadiendo mi espacio personal en cuanto salí del coche. Bradley tuvo que apresurarse a escoltarme para abrirme paso entre aquel mogollón de personas que bloqueaba la entrada al campus.

—Le dije que era mejor entrar por la zona menos transitada, señorita.

Puse los ojos en blanco. Mis padres habían dicho exactamente lo mismo cuando llegué de Alemania, supuestamente para garantizar mi bienestar, pero yo sabía que escapar de los fans y de la prensa era prácticamente imposible. Siempre encontraban la manera de acorralarme.

—A un lado, la señorita Cory no va a dar entrevistas hoy —soltó Bradley, intentando apartar a la gente con una seriedad que habría intimidado a cualquiera—. ¿Es que no podéis dejarla tranquila ni en su vida personal?

Aunque Bradley intentó controlar la situación, fue inútil. Al final, respondí tres preguntas por puro compromiso, esquivé como pude a un par de periodistas demasiado insistentes y me escabullí al interior del edificio principal de la universidad.

Hodsson era una universidad estadounidense, y precisamente por eso su programa académico incluía actividades extracurriculares como cheerleading, fútbol americano, baloncesto y varias disciplinas más. El edificio general era donde se llevaban a cabo la mayoría de esas clases y entrenamientos, y Ariadne, mi prima y amiga, había usado sus influencias antes de graduarse para conseguirme un puesto como líder del equipo de animadoras.

Me abrí paso entre la gente y fui directa al gimnasio, donde me esperaba la entrenadora del equipo.

En el colegio al que había ido, es decir, McDolía, yo era la capitana de las Sirens, el grupo de animación que apoyaba al equipo de fútbol soccer del instituto. El año anterior habíamos ganado el campeonato nacional que se celebraba al final de cada curso, una de esas competiciones donde más de un ojeador se paseaba fingiendo que no estaba tomando nota de cada salto, cada giro y cada mínima coordinación. Aquello, más que el apellido que llevaba a la espalda o las amistades de mi familia dentro de Hodsson, fue lo que terminó de asegurarme el puesto como líder.

Caminé con la espalda recta, la barbilla alta y esa seguridad que llevaba años aprendiendo a proyectar, aunque por dentro, a veces, me estuviera muriendo de los nervios.

No hacía falta que nadie me dijera que llamaba la atención. Lo notaba en las miradas que me seguían por los pasillos, en los silencios incómodos de algunas chicas al cruzarse conmigo y en los susurros que se desataron en cuanto aparecí, encima, un día después del inicio del curso.




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