
La palabra amor abarca tantos significados que se entrelazan con la idea de afecto, apego y querencia, pero, en realidad, ¿qué significa ser amado o amar?
Muchos ya han definido la palabra amor, más no qué significa darlo o recibirlo y honestamente, no es tan simple como creemos.
Amar no es complicado, comprenderlo claro que sí lo es, porque muchas veces confundimos amor con cariño, o incluso con amabilidad, cuando en realidad son conceptos diferentes. El amor es un sentimiento extremo hacia otra persona. A veces ciego, vulnerable, pero siempre fuerte; de tal modo que dejamos de ser conscientes de los errores que cometemos hasta que ya es demasiado tarde.
No sé si exista alguien en este mundo que, así como yo, crea que el amor es un arma de doble filo, y en dado caso de que no sea así, entonces debes saber que el amor puede ser un arma de doble filo, porque te puede sanar tanto como puede destruirte. A veces lentamente, u otras, la estocada llega tan rápido que ni siquiera lo percibes.
A pesar de eso, el amor sigue siendo una emoción sublime y casi divina, claro, siempre y cuando te entregues al alma correcta en el instante preciso. En cambio, cuando florece en el entorno equivocado, puede volverse visceral y tormentoso. Y quizá lo más peligroso de todo sea que, al principio, ambas formas pueden sentirse exactamente iguales.
¿Y cómo saberlo, entonces? ¿Cómo distinguir entre la persona que realmente encaja en la otra mitad de nuestro corazón y aquella que terminará convirtiendo ese mismo lugar en nuestra herida más profunda?
Lo cierto es que nadie nos enseña a reconocerlo, pues no hay voluntad que dome al corazón, ni lógica que le dicte órdenes. A veces amamos a quien no lo merece, aferrándonos a ilusiones que nos ciegan y, otras veces, dejamos ir a la única persona que ha sabido amarnos por quienes somos y no solo por lo que somos; simplemente por miedo, por orgullo, por la insaciable necesidad que tiene el corazón de amar a quien nos hace daño, únicamente porque tenemos la ideología errónea de que el amor es así, doloroso, duro y cruel.
Quizá por eso durante tanto tiempo confundí el sufrimiento con una prueba de amor. Yo creía fielmente que amar debía doler para significar algo, hasta que el tiempo y la experiencia me enseñaron que no era así. Amar no significa sufrir. Amar es felicidad, es entregarlo todo de manera recíproca y con la misma devoción.
Y sí, es verdad que el amor no es perfecto. A veces te obliga a enfrentarte a dificultades que te hacen creer que ya no existe una solución. Sin embargo, es precisamente en esos momentos, cuando todo parece caótico y hasta el amor parece tambalearse, cuando se pone a prueba lo que realmente estamos dispuestos a hacer por él. Puedes decidir luchar para salir de aquello, encontrar la manera de reconstruir lo que se ha quebrado o, por el contrario, tomar tu corazón, darle la espalda a lo que sientes y marcharte.
Pero luchar por amor no significa aferrarse a cualquier precio. Tampoco significa soportar aquello que te destruye solo por miedo a perder a la persona que amas. Amar no es permitir que te humillen, ni perderte a ti misma esperando recibir algo más que las migajas que esa persona está dispuesta a ofrecerte. A veces, amar también significa reconocer cuándo dejar de luchar por alguien y comenzar a luchar por ti.
Cuando era una joven rota que apenas comenzaba a comprender lo que significaba amar, confundí la dependencia emocional que había desarrollado hacia la persona que me rompió el corazón con una consecuencia inevitable del amor. Creía que, si le rogaba, si insistía lo suficiente y hacía todo lo que estuviera en mis manos para retenerlo, él se quedaría y volvería a ser el hombre del que me había enamorado al principio. Me aferré durante demasiado tiempo a esa versión de él, hasta que comprendí que no estaba luchando por amor, sino intentando recuperar algo que ya no existía.
Aquello no era amor.
Era dependencia.
Y ahora que puedo verlo con la claridad que entonces no tenía, sé que el amor no es obsesión, ni necesidad, ni mucho menos la desesperación de rogarle a alguien que se quede. Amar a alguien no debería hacerte sentir que tienes que perderte a ti misma para conseguir que te elija.
A veces hay que entender que unas personas no están hechas para uno y que hay que soltarlas antes de que su amor nos destruya, porque amar también significa soltar lo que ya no nos hace bien.
Y, sin embargo, ni él ni yo lo entendimos a tiempo.
Alguna vez alguien me amó y yo lo amé con el corazón sano y la mente clara, pero él llegó a mi vida y desconfiguró todo en mí hasta que olvidé cómo se sentía ser amada y amar sin sentir que dolía hacerlo. Desconocí el verdadero concepto del amor y conocí el amor a medias; ese que no se queda, pero tampoco te deja ir.
Sé que suena triste, incluso miserable, pero lo nuestro siempre había sido así: una relación conformista, física y sumisa, construida sobre todo aquello que yo estaba dispuesta a darle y las migajas de atención que él decidía devolverme.
Entre nosotros no existían el amor ni la reciprocidad. Solo estaba yo, intentando complacerlo, convenciéndome de que, si lo hacía lo bastante bien, algún día sería suficiente para merecer algo más de él.
Pero nada dura para siempre.
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Editado: 26.09.2026