
Madrid, España
08 DE MARZO DEL 2019
Me miré en el espejo y tuve la sensación de estar observando a otra persona.
La chica del reflejo tenía mi cara, mis ojos color miel y cada uno de mis rasgos. Sin embargo, a pesar de eso, no conseguía reconocerla. Era como si alguien hubiese cogido cada parte de mí, la hubiese colocado en el sitio correcto y, pese a eso, hubiese montado una versión distinta.
Una versión demasiado parecida a mí para ser una desconocida y demasiado ajena para seguir llamándola Cory Shane.
Antes me encantaba llevar el pelo suelto. Me gustaba sentirlo caer por la espalda y recogerlo únicamente cuando me daba la gana. Ahora llevaba una trenza ladeada, al estilo Katniss Everdeen, porque Ithiel decía que me despejaba el rostro y hacía que mis ojos resaltaran más.
No era una orden. Nunca lo era. A Ithiel le bastaba con un comentario o una mirada para que yo entendiera qué esperaba de mí.
Sonreí delante del espejo.
La sonrisa apareció de inmediato, pero parecía pegada con cola. Rígida y ensayada. Tan poco natural que daba hasta grima mantenerla.
La borré enseguida.
Yo tampoco me sentía real, así que supuse que mis sonrisas no tenían por qué serlo. Aquello era lo que me había tocado interpretar. O, siendo sincera, lo que yo misma había decidido convertirme para seguir ocupando un sitio en su vida.
Me pregunté si estaba lo suficientemente guapa para él.
Lo hacía cada mañana desde hacía un año y tres meses, porque necesitaba imaginar qué pensaría él al verme.
Quería creer que seguía siendo bonita. No había cambiado tanto como para convertirme de repente en todo lo contrario, pero tampoco podía ignorar cuánto había modificado mi imagen cuando antes estaba bastante a gusto conmigo misma.
Al principio fueron cambios pequeños: un consejo aquí, una sugerencia allá. «Ese color te favorece más». «Con el pelo recogido estás más elegante». Comentarios aparentemente inocentes que terminé convirtiendo en normas.
Quería que sus ojos se detuvieran en mí y que nunca se arrepintiera de haberme escogido.
Así que vestía como sabía que le gustaba, me maquillaba con los tonos que aprobaba y apartaba cualquier prenda capaz de hacerle torcer el gesto.
Complacerlo dejó de ser una costumbre para convertirse en una necesidad.
Ya no le reprochaba sus ausencias. Discutir solo servía para verlo encerrarse más, ponerse frío de narices y hacerme sentir que montaba un drama por pedir lo mínimo.
Así que dejé de pedir.
Si no podía retenerlo con amor, intentaría hacerlo siendo exactamente lo que esperaba de mí. Aunque para conseguirlo tuviera que ir borrándome poco a poco.
Coloqué la trenza sobre mi hombro derecho y continué observándome. Mis pestañas largas cubrían los párpados como un abanico oscuro; los pómulos se marcaban bajo el maquillaje y mis labios estaban pintados con su tono favorito.
Rojo pasión.
Intenso como la sangre recién derramada y oscuro como una herida que no había terminado de cerrar.
Cogí el móvil, abrí la cámara frontal y enfoqué mi rostro. Incliné la cabeza, sonreí enseñando los dientes y saqué fotografías hasta encontrar una en la que pareciera feliz sin dar la impresión de esforzarme demasiado.
Nunca había sido vanidosa. Antes subía fotos por diversión o trabajo. Desde que conocía a Ithiel, Instagram se había convertido en un escaparate donde necesitaba demostrar que otras personas también me encontraban guapa.
Y todo aquello, joder, era por él.
Había cambiado porque deseaba que me apreciara por algo más que por mi cuerpo y lo que podía ofrecerle entre unas sábanas. Sabía que sonaba absurdo. Incluso patético. Pero reconocerlo no me ayudaba a parar.
Subí la fotografía con la frase «Aquí vamos de nuevo», haciendo referencia a otro día camino a la universidad. Los primeros corazones y comentarios aparecieron enseguida.
No sentí nada.
Levanté la mirada hacia el espejo y traté de ver más allá del maquillaje, la trenza y aquella expresión construida.
Solo una persona se había dado cuenta de cuánto había cambiado.
Y era precisamente la misma a la que yo insistía en decirle que seguía siendo la de siempre.
Podía engañarla a mis padres, a mis seguidores y a cualquiera que viera mis fotografías y pensara que mi vida era perfecta. Pero no podía engañarme a mí misma.
La chica que tenía delante no era la Cory Shane de antes.
Era un intento.
Una imitación fabricada con los gustos de otra persona.
Era un intento.
La imitación de alguien que nunca había sido y en quien jamás había querido convertirme.
Durante un momento intenté recordar cuándo había empezado todo. No encontraba una fecha concreta ni una discusión capaz de señalar como culpable. Había ocurrido poco a poco, casi sin hacer ruido.
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Editado: 26.09.2026