
Dudó.
Lo vi en la forma en que apretó los labios y en cómo sus ojos recorrieron mi cara, deteniéndose un segundo más de la cuenta en el rímel corrido y en el enrojecimiento alrededor de mis párpados. Caritshma intentaba disimular para no hacerme sentir observada, pero nos conocíamos desde hacía demasiado tiempo. Yo sabía cuándo se mordía la lengua para no soltarme lo primero que se le pasaba por la cabeza, y ella sabía cuándo mi «estoy bien» significaba exactamente lo contrario.
Caritshma sabía que algo iba mal entre Ithiel y yo. Seguramente lo había intuido antes de verme volver del baño hecha polvo, aunque desconociera la magnitud del desastre.
Era mi mejor amiga y, en otro momento, habría terminado contándoselo todo. Pero ahora no podía. Necesitaba respirar, ordenar lo que sentía y recomponerme antes de enfrentarme al resto de la universidad.
—¿Vas a ir al entrenamiento? —preguntó al fin.
Entendí su preocupación. Nunca faltaba a un entrenamiento, ni siquiera enferma o reventada después de una competición. Ser capitana de las Sweetvinx no era un adorno: tenía una responsabilidad con toda la escuadra.
—¿Ha sido tan grave? Venga, Cory, dime qué ha pasado.
Los hombros se me vencieron y un suspiro cansado escapó de mis labios. Me di la vuelta para mirarla. Sus ojos verde aguamarina estaban repletos de una preocupación que me llevó de golpe a un año y siete meses atrás, cuando había sido yo quien intentaba sostenerla mientras ella se sentía completamente perdida por la pérdida de alguien a quien había querido con toda el alma.
Cuando regresé de Alemania, no pensaba enamorarme ni vivir el típico romance universitario. Quería estudiar, entrenar y recuperar cierta normalidad, pero Ithiel apareció y puso mi vida patas arriba.
Ahora tenía el corazón destrozado y estaba plantada frente a mi mejor amiga, intentando fingir que lo ocurrido no me había partido por la mitad.
—No pasa nada —mentí.
Formé una sonrisa pequeña, de labios cerrados, tan poco convincente que ni siquiera yo me la creí.
—Estaré con las chicas enseguida. Solo necesito quedarme un momento a solas.
Caritshma me observó con una ceja alzada, sin creerme del todo.
—Estoy bien—insistí—. Anda, ve con ellas, por favor.
—¿Estás segura de que quieres que te deje sola?
Asentí y estiré de nuevo los labios, esta vez con menos ganas todavía. Ella apretó la boca y dejó escapar un suspiro de rendición.
—Vale. Si eso es lo que quieres, te dejo sola. Pero te quiero en el campo en menos de diez minutos.
—No te preocupes por mí. Allí estaré.
Caritshma recogió sus pompones azules y amarillos, los colores característicos de las Sweetvinx, y caminó hacia la puerta que comunicaba los vestuarios con el campo de fútbol. Antes de abrirla, se detuvo y miró por encima del hombro.
Aquella mirada escondía demasiadas cosas. Advertencias, preguntas y probablemente unas cuantas amenazas dirigidas a Ithiel. Cari tenía la costumbre de decir exactamente lo que pensaba, pero esa vez se contuvo porque entendió que yo no estaba preparada para escuchar ninguna verdad más.
—Te quiero mucho, Oky Koki.
—Y yo a ti, Pinky Dinky.
Me regaló una sonrisa cálida, de esas que consiguen arroparte incluso cuando no hay un abrazo de por medio. Luego abrió la puerta y se marchó.
Cuando estuve segura de que no quedaba nadie en los vestuarios, volví la vista hacia el pequeño espejo del casillero y me examiné con una atención cruel. Tenía el rostro hinchado, el maquillaje corrido y la expresión de alguien a quien acababan de arrancarle algo de dentro.
¿Qué necesitaba ser para que Ithiel me quisiera como yo necesitaba? ¿Qué debía darle para que me viera más allá del deseo que despertaba en él? ¿No era lo bastante guapa? ¿Tenía que adelgazar más? ¿Ser menos intensa, menos celosa, menos yo? ¿Me faltaba obedecer más y preguntar menos?
Sabía que aquellos pensamientos eran injustos. Ninguna mujer debía cambiar hasta convertirse en lo que un hombre pudiera aceptar. Se lo había repetido a mis hermanas y amigas, pero allí estaba yo, buscando defectos en mi cuerpo porque resultaba menos doloroso que aceptar que Ithiel no quería amarme.
Estaba harta de fracasar. Ithiel decía que no sabía amar, pero lo peor no era su incapacidad: era que no quisiera averiguarlo conmigo. No pensaba abrir una puerta, dar un paso ni arriesgar una mínima parte de sí mismo por mí.
Había crecido viendo el amor de mis padres: cómo se buscaban en una habitación llena de gente y encontraban paz con solo mirarse. Desde niña soñaba con algo igual, bonito, fiel y duradero.
Con Josh estuve cerca de construir ese futuro. Todavía dolía pensar en lo que perdimos, pero querer a alguien no impide que la vida os lleve por caminos distintos. La distancia nos separó porque yo permití que pareciera un obstáculo imposible.
Cuando acepté ser novia de Ithiel, ya sospechaba que no acabaría bien. Había demasiadas señales y una oscuridad que no dejaba acercarse a nadie. Pese a ello, quise creer que podía ser feliz a su lado. No quería conformarme con las migajas de un tío incapaz de comprometerse; quería ser la mujer por la que entregara incluso aquello que juraba no tener.
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Editado: 26.09.2026