
Cory Shane.
Me quedé de piedra.
Nada más abrirse la puerta, se me cortó la respiración. Ithiel apareció delante de mí medio desnudo, con la camisa abierta sobre el torso y el pelo un poco revuelto, como si acabara de salir de la cama.
O de algo bastante peor.
Tenía la piel húmeda en algunas zonas. Podía haberse duchado hacía poco, claro. También podía no haber terminado de vestirse por algún otro motivo que mi cabeza, siempre tan oportuna cuando se trataba de hacerme daño, no tardó ni dos segundos en imaginar.
Pero lo que de verdad me sentó como una patada fue su sonrisa.
Ithiel estaba sonriendo.
No era una de esas sonrisas ladeadas y chulescas que utilizaba cuando quería salirse con la suya. Aquella era abierta, despreocupada, casi luminosa. Una sonrisa que muy pocas veces le había visto y que, durante un segundo de absoluta estupidez, quise creer que era para mí.
Pero no lo era.
Ni de coña.
Aquella sonrisa ya estaba en su cara antes de descubrirme al otro lado de la puerta.
Vi cómo se le iba borrando poco a poco. Primero se le tensaron los labios. Después perdió el brillo de los ojos y frunció ligeramente el ceño, lo justo para dejar claro que no esperaba encontrarme allí.
Entonces volvió el hielo.
El cambio fue tan rápido que me dejó hecha polvo. Un instante antes parecía contento; al siguiente, me miraba como si mi aparición le hubiese fastidiado el día. Como si no fuese su novia, sino alguien que acababa de presentarse sin avisar en el peor momento posible.
Quizá eso era exactamente lo que había hecho.
Me temblaron las manos. Ya no solo por los nervios, sino por la vergüenza, la rabia y todas las preguntas que empezaron a atropellarse dentro de mi cabeza. Las lágrimas me escocieron detrás de los ojos, pero me negué a dejarlas salir.
No iba a llorar nada más verlo.
No pensaba ponérselo tan fácil.
Ithiel siguió plantado en la puerta sin decir una palabra. Hasta su respiración parecía controlada. No intentó averiguar qué me ocurría ni por qué había ido a verle después de llevar casi dos semanas prácticamente desaparecido.
Su mirada decía otra cosa bastante distinta.
Lárgate.
Pero yo había llegado hasta allí buscando la verdad y no pensaba irme sin ella, aunque empezaba a tener la sensación de que no me iba a gustar ni un pelo.
Así que crucé el umbral.
Pasé junto a él sin pedir permiso y recorrí la habitación con la mirada.
Menudo cuadro.
Había ropa tirada por todas partes, cajones mal cerrados y una botella rota junto a la cama. Los cristales seguían esparcidos por la alfombra. Las sábanas estaban revueltas y en el aire flotaba un perfume que no era el suyo.
Tampoco era el mío.
El olor resultaba tan fuerte que casi mareaba. Olía a alcohol, a sudor y a algo parecido a una mofeta que lo impregnaba todo. Por debajo intenté reconocer el aroma que más miedo me daba encontrar.
Sexo.
Ese olor que se queda pegado a las sábanas y a la piel después de que dos personas hayan estado juntas. Sin embargo, no conseguí distinguirlo con seguridad porque el resto lo tapaba, pero algo dentro de mí ya había sacado sus propias conclusiones.
—¿Qué haces aquí?
Su voz sonó seca. Sin sorpresa, sin alegría y sin el menor rastro de aquella sonrisa con la que había abierto la puerta.
Apreté la mandíbula y no contesté enseguida. Di otro paso mientras fingía observar la habitación sin ninguna intención concreta, aunque mis ojos registraban cada rincón.
Buscaba a alguien.
A la tía que podía haber estado allí segundos antes.
A la que quizá había ocupado mi sitio en su cama.
Cerré los puños para controlar el temblor de mis dedos y tragué saliva.
—Esperaba verte en la universidad después de estas semanas sin saber nada de ti —conseguí decir, aparentando una tranquilidad que no sentía—, pero no apareciste.
Me volví para mirarlo.
Su indiferencia me dejó helada. Parecía que ni siquiera me reconocía. O peor: me reconocía perfectamente y le daba igual lo que mi presencia significara.
—Creí que era una de tus distancias de siempre —continué mientras me sentaba despacio en el borde de la cama—. Hasta que Diana me contó el rumor sobre nosotros. ¿Sabías que Nerea va diciendo que nos vio cortar?
Intenté sonreír, pero solo me salió una mueca bastante triste.
Entonces bajé la mirada.
Y la vi.
Entre la ropa arrugada y una blusa que tampoco era mía había una braga fucsia.
Se me paró el corazón.
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Editado: 26.09.2026