
Cory Shane.
No paraba de darle vueltas a la misma mierda.
¿Había hecho bien en perdonar a Ithiel o la había cagado pero bien?
Una podía llegar a ser bastante boba cuando estaba enamorada. Bastaba con ponerle el nombre de «amor» a cualquier estupidez para no tener que reconocer que había vuelto a hacer el tonto.
Quería creerle.
Joder, necesitaba creerle.
Necesitaba que aquel ticket fuese auténtico, que no hubiese ningún truco detrás y que mi perdón no fuera otro regalo que Ithiel se había llevado sin currárselo lo más mínimo.
Pero ¿y si lo había preparado todo?
¿Y si no soportaba que hubiese sido yo quien lo mandara a la mierda y se había montado aquella película para recuperarme?
No me parecía descabellado pensar que fuese eso, porque Ithiel podía convencerme de que no había estado con otra, conseguir que volviese arrastrándome hasta él y largarse después cuando le viniese en gana.
Me mordí otra uña sin darme cuenta. Llevaba toda la clase igual, comiéndome la cabeza como una idiota mientras el profesor de Postproducción hablaba de algo que seguramente entraría en el próximo examen.
No tenía idea de que estaba hablando, ni me estaba enterando de absolutamente nada.
Y claramente se dio cuenta, porque el profesor me echó otra mirada de advertencia.
La primera la había ignorado haciendo como si no fuese conmigo. La segunda ya traía una bronca escrita en toda la cara. A la tercera iba a soltar mi nombre delante de la clase y se iba a montar un espectáculo.
Abrió la boca, listo para dejarme expuesta, pero, por pura suerte, sonó el timbre y me salvó.
Los demás empezaron a recoger a toda prisa, arrastrando las sillas, cerrando mochilas y metiendo los apuntes de cualquier manera. Lo que fuese que el profesor pretendía decirme se perdió entre todo el caos estudiantil.
Me había librado por poquito.
Guardé la tablet en el bolso y comprobé dos veces que el trabajo estuviese bien archivado en el ordenador del aula. Solo me faltaba perder también un proyecto por estar pensando en Ithiel. Bastante sitio ocupaba ya ese tío en mi cabeza sin soltar ni un puto euro de alquiler.
Cuando me levanté, noté que el profesor seguía clavándome los ojos.
Borró la pizarra con una desgana tremenda, dejó el borrador sobre la tarima y esperó a que saliera el último alumno.
De puta madre.
Aquello olía a bronca de las gordas.
—Cory, antes de que te marches, quiero hablar contigo un momento.
Me colgué el bolso al hombro y apreté las correas.
—¿Es por lo de hoy? Si es porque he estado empanada durante toda la clase, lo siento. Llevo unos días con demasiadas movidas en la cabeza y…
—No hace falta que me des tantas explicaciones —me cortó, levantando una mano—. Lo que te ocurra fuera del aula es asunto tuyo. Pero, cuando empieza a colarse aquí dentro y afecta a tu trabajo, me corresponde intervenir.
Esperé a que me echara la bronca, pero no lo hizo.
—¿Te has planteado alguna vez hablar con un psicólogo?
Me quedé casi boquiabierta.
¿Un psicólogo?
¿Tan mal me veía? ¿O es que aquel hombre pensaba que se me había ido la cabeza por completo?
Durante un par de segundos no supe qué contestar. Después me entró el mosqueo.
¿Quién mierda se creía para meterse en mi vida de aquella manera?
—Con todos mis respetos, profesor, mi salud mental no es asunto suyo —respondí, intentando no sonar tan borde como me sentía—. No estoy mal de la cabeza ni necesito que nadie venga a arreglármela.
La irritación se me notó en la voz por mucho que intenté disimularla, sin embargo, él no se ofendió.
—Ir a terapia no significa estar mal de la cabeza, Cory. Hay personas que aguantan y aguantan, convencidas de que pueden con todo, hasta que un día revientan. Pedir ayuda antes de llegar a ese punto no te hace débil ni significa que estés loca.
Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una tarjeta negra con letras plateadas. Me la tendió sin acercarse, como si ya supiese que lo más probable era que lo mandara al carajo.
—Es una psicóloga excelente. Muy profesional y completamente discreta.
Miré la tarjeta, pero no hice ni el amago de cogerla.
—¿Y esto a qué viene?
El profesor soltó un suspiro.
—Mi hija os sigue a Ithiel y a ti en redes sociales. No hace falta conocer cada detalle de vuestra relación para darse cuenta de que ninguno de los dos está bien.
Noté cómo se me tensaba la mandíbula.
—¿Me está recomendando terapia por cuatro rumores que corren por internet? —pregunté, frunciendo el ceño—. Con todos mis respetos, usted no tiene ni idea de lo que ocurre entre nosotros.
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Editado: 26.09.2026