
Cory Shane.
Ithiel me dejó en casa después de habernos enrollado en el coche. En teoría, tendría que haber bajado con la cara ardiendo y arrepentida de habernos dejado llevar.
Pero no me dio ni vergüenza ni remordimiento.
Ithiel me había enseñado, a su manera retorcida, a no preocuparme por lo que pensara la gente cuando se trataba de placer. Según él, lo prohibido siempre tenía un punto más intenso.
Además, ni de coña podían habernos pillado. Había detenido el coche en una zona perdida de la mano de Dios y los cristales tintados nos escondían por completo. Allí dentro, Ithiel me había hecho olvidar las dudas que llevaba días arrastrando.
Ahora estaba delante de la puerta de casa intentando recuperar un aspecto medio decente.
Me coloqué los mechones sueltos y comprobé mi ropa por tercera vez. Lo último que necesitaba era cruzarme con mis padres llevando escrita en la cara una explicación que no pensaba darles.
Cuando consideré que ya no parecía recién salida de una tormenta, respiré hondo, giré el pomo y entré.
La tranquilidad de casa me envolvió enseguida. Cerré los ojos y, como una idiota, volví a pensar en el coche, en Ithiel besándome con una necesidad que no me había parecido vacía y en sus manos recorriéndome como si nada más importase fuera de aquel espacio.
No podía llamarlo amor. Hacerlo habría sido engañarme otra vez y ya llevaba bastantes hostias emocionales. Sin embargo, tampoco había sentido la frialdad de antes. Sus besos no parecían mecánicos ni sus caricias una costumbre.
Había habido algo más.
Algo vivo.
Algo capaz de hacerme polvo si me daba por creer demasiado.
Y, para rematar, aquella tarde iba a llevarme a una cita.
Solo pensarlo me encendía una chispa en el pecho. No sabía si era ilusión o una alarma, pero quería creer que Ithiel intentaba cambiar y convertir sus promesas en hechos.
Lo malo era que con él nunca había nada sencillo. Podía hacerme sentir en las nubes y mandarlo todo a la mierda cinco minutos después.
Mi corazón, bastante embobado con Ithiel, insistía en que aquella vez sería distinta. Que había preparado la cita porque de verdad quería aprender a quererme.
Y yo necesitaba creer en eso, porque no estaba segura de soportar otra decepción.
Unas risas infantiles interrumpieron mis pensamientos. Abrí los ojos y vi aparecer al final del pasillo dos cabelleras pelirrojas que avanzaban como relámpagos.
Anisha y Alicia.
Mis hermanas gemelas.
Tenían nueve años, once menos que yo, y ya me llegaban casi al pecho. Acabarían pasándome en altura y restregándomelo siempre si se daban cuenta que me estaban dejando abajo.
Habían heredado el pelo cobrizo de mamá y los ojos azules claros de papá. Sus narices y mejillas estaban cubiertas de pecas diminutas, y parecían dos angelitos.
Pero solo parecían.
Yo sabía que detrás de aquellas caras angelicales se escondían un par de diablillas capaces de liarla en cuanto un adulto miraba hacia otro lado.
Anisha fue la primera en verme. Se quedó quieta un instante y después salió disparada.
—¡Cory! ¡Coryyyy!
Me agarró del brazo y empezó a tirar de mí sin molestarse siquiera en saludar.
—Hola, hermana mayor —dije con un sarcasmo exagerado—. Nosotras también te queremos mucho y nos alegramos muchísimo de verte.
—Sí, sí, hola. —Agitó una mano, impaciente—. ¡Tienes que ver la cabaña que hemos montado!
Negué con una sonrisa.
Anisha siempre había sido la más movida. Parecía que, en vez de sangre, le corría Cola Cao por las venas. Mamá podía pasarse una hora intentando acostarla y, cuando por fin lo conseguía, la encontraba de madrugada deambulando por el pasillo o despertando a alguien porque había tenido una pesadilla.
La pesadilla era ella misma, de eso no tenía dudas.
Mientras me arrastraba hacia su obra maestra, Alicia apareció y se lanzó a abrazarme. Me rodeó la cintura con tanta fuerza que parecía que llevaba meses sin verme, cuando eran ellas las que acababan de volver del campamento del colegio que papá pagaba cada año.
Entre las dos me llevaron hasta la sala de cine de la segunda planta.
Habían cubierto varios asientos con sábanas sujetas mediante gomas del pelo, construyendo una especie de cabaña torcida. La escena me hizo esbozar una sonrisa enorme. Mamá solía hacer lo mismo conmigo cuando era pequeña. Nos escondíamos dentro, veíamos películas, comíamos palomitas y algunas noches terminábamos dormidas en aquel refugio.
Me agaché para asomarme.
Sobre una manta habían dejado juguetes, dos tazas de leche con colacao, galletas con pepitas de chocolate y un marco colocado boca abajo.
Fruncí el ceño y le di la vuelta.
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Editado: 26.09.2026