
Cory Shane.
Dos años.
Setecientos ochenta y dos días desde la última vez que Josh y yo nos habíamos visto. Desde aquella tarde gris en la que decidimos que lo nuestro se había acabado y cada uno tomó un camino distinto.
Dicho deprisa, podía parecer poco: un suspiro y cuatro estaciones repetidas dos veces. Para mí había sido una vida entera. Sin embargo, allí estaba él, plantado en la puerta de mi casa como si esos setecientos ochenta y dos días no hubiesen pasado.
Seguía teniendo los mismos ojos cálidos y aquella elegancia natural que conseguía hacerlo destacar sin esfuerzo. Josh siempre había sido amable, atento y encantador: el príncipe que cualquier madre querría para su hija.
En esencia, seguía siendo él.
Pero también había cambiado una barbaridad.
Ya no llevaba camisetas anchas ni vaqueros gastados. Vestía un traje gris marengo entallado, camisa blanca y corbata oscura. Parecía sacado de una revista. Solo su pelo seguía rebelándose, cayéndole sobre la frente como siempre.
Cuando nuestras miradas se encontraron, reconocí al chico que había conocido debajo de aquel hombre nuevo, y el corazón me dio un vuelco que no tenía ningún derecho a darme.
Ithiel era mi novio. Era a él a quien llevaba toda la tarde esperando, para quien me había probado tres vestidos diferentes y ante quien quería aparecer guapísima. No podía emocionarme de aquella manera por ver a mi ex.
Pero mi cuerpo no parecía haberse enterado.
—Joshua —pronuncié despacio.
Su nombre me resultó extraño y familiar a la vez.
Él sonrió sin enseñar los dientes. Las comisuras se le arrugaron de esa forma que conocía demasiado bien y sus ojos brillaron con una alegría imposible de fingir.
—Hola, Sunshine.
El apodo me atravesó de parte a parte.
Hacía años que nadie me llamaba así. Su voz me devolvió de golpe a una época en la que querer a alguien no dolía a diario.
—¿Qué…? —Tuve que aclararme la garganta—. ¿Qué haces aquí?
Patty nos miró con expresión de entender bastante más de lo que pensaba comentar.
—Niña, ¿por qué no pasáis al despacho de tu padre? —sugirió—. Estaréis más tranquilos.
Quise negarme. Ithiel podía llegar en cualquier momento y encontrarme a solas con Josh no era la mejor forma de empezar nuestra cita.
Aun así, yo ya estaba apartándome para dejarlo entrar.
Josh conocía la casa de sobra y avanzó conmigo sin necesitar indicaciones. El silencio se volvió rarísimo: parecíamos dos desconocidos que sabían demasiado el uno del otro.
—Sigo sin entender qué pintas aquí —dije al fin.
Me salió más borde de lo que pretendía. No estaba enfadada; estaba nerviosa hasta el coño y necesitaba que no se notara.
Abrí la puerta del despacho y señalé el interior.
—Pasa.
—Primero las damas.
—Sigues con eso.
—Y tú sigues intentando discutirlo.
La sonrisa que acompañó su respuesta me pilló con la guardia baja.
Sabía que él no cruzaría antes que yo, así que puse los ojos en blanco y entré. El despacho estaba demasiado caliente; de pronto, el vestido me pareció una elección horrible para mantener aquella conversación sin ponerme roja.
Josh cerró la puerta y se apoyó en ella.
—No me has contestado —insistí—. ¿Por qué has vuelto?
Su expresión perdió parte de la ligereza.
—He dejado la carrera.
Parpadeé.
—¿Qué?
—La carrera que querían mis padres, no la universidad para siempre. —Se metió las manos en los bolsillos—. No se lo han tomado nada bien, como podrás imaginar.
Claro que podía imaginarlo. Pascal Gavilliard llevaba años dando por hecho que su hijo estudiaría Medicina. Para él, la música solo era una afición.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—Seguir un consejo que me dio una chica hace tiempo. —Sus ojos no se apartaron de los míos—. «No persigas un sueño que no es tuyo. Persigue aquello que te haga sentir vivo». ¿Te acuerdas?
Joder, si me acordaba.
Se lo había dicho una noche en la que estuvo a punto de aceptar la vida que sus padres habían organizado para él. Josh quería cantar, no encerrado en su habitación, sino sobre un escenario. Quería dedicarse de verdad a la música.
—Sí —murmuré—. Me acuerdo.
—Intenté olvidarlo cuando me fui. Pensé que, si me centraba en los estudios, acabaría queriendo esa vida, pero entre más trataba de convencerme, más me daba cuenta que no iba a ser posible.
Hablaba con una seguridad que no tenía dos años atrás. El Josh que tenía delante parecía haberse cansado de vivir para los demás.
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Editado: 26.09.2026