Corazones Tempestuosos +18

10. La fiesta de Drake Finshker III

Jeje, estamos de regreso. He decidido dejar la nota al inicio, solo para recordarles que le den me gusta, comenten y si no es mucha molestia, también compartan con quienes creen que les gustaría leer mis historias.

~~~~~⚜️⚜️~~~~~

Cory Shane.

Al cabo de unos minutos regresé a la piscina con el abrigo de Sebastián sobre los hombros y dos vasos de tequila con refresco de pomelo. Había echado bastante más tequila que refresco, pero aquello no tenía por qué saberlo nadie.

Al fijarme alrededor, me di cuenta de que Sebastián ya no estaba solo.

Una chica en bikini se había sentado en el borde de su tumbona y hablaba inclinada hacia él para hacerse oír por encima de la música. La morena era bastante mona, estaba bronceada y tenía unas piernas interminables. Me quedé a unos pasos, sin saber si acercarme o dejarles intimidad.

Jamás había visto a Sebastián ligar con nadie, pero talvez nunca llegué a imaginarlo así, porque no coincidíamos tanto como había dado por sentado antes.

Eso sí, no podía negar lo evidente. Él tenía un magnetismo tan evidente como el de Ithiel, aunque funcionaba de una manera completamente distinta. Ithiel atraía miradas porque entraba en cualquier sitio convencido de que le pertenecía. Sebastián no buscaba atención; la gente se la daba de todas formas.

Oportunidades no le faltaban. Sin embargo, siempre mantenía una distancia educada con cualquiera que intentara acercarse demasiado. Sin embargo, aquella reserva había dado pie a toda clase de rumores en Hodsson, pero nunca les presté atención. Su vida privada no era asunto mío.

La chica dijo algo que no alcancé a escuchar. Sebastián sonrió por educación, pero no se inclinó hacia ella ni buscó tocarla. Entonces levantó la vista y me encontró al otro lado de la piscina.

Se le suavizaron los ojos tras encontrarme a unos pasos de las tumbonas. La chica siguió su mirada y reparó en mí en seguida.

Genial.

Ahora parecía la novia celosa que venía a vigilarlo con dos vasos en la mano.

La chica se levantó, le pidió el móvil y escribió algo antes de devolvérselo con una sonrisa bastante clara. Sebastián guardó el teléfono sin mirar la pantalla y esperó a que me acercara.

—Espero no haber interrumpido nada —dije.

—No has interrumpido nada.

—Acaba de darte su número.

—Eso parece.

Dejé su abrigo sobre el respaldo, me senté a su lado y le tendí uno de los vasos. Él lo cogió, pero no bebió aún.

—¿Y no piensas escribirle?

Sebastián miró el móvil que asomaba de su bolsillo y luego volvió los ojos hacia mí.

—¿Te preocupa que no lo haga?

La pregunta casi hizo que se me cayese el maldito vaso.

—¿A mí? Ni de coña. Era curiosidad.

Una sonrisa apareció en sus labios. No insistió, por suerte. Yo bebí para mantener la boca ocupada. O, más bien, porque llevaba toda la noche convenciéndome de que necesitaba más alcohol.

Sebastián observó mi vaso.

—Nunca te había visto beber.

Arqueé una ceja.

—Entonces es que nunca hemos coincidido en las mismas fiestas.

Hacía menos de una hora me había puesto fina a chupitos con Car y Drake. Si aún no llevaba una borrachera monumental, sería porque mi cuerpo seguía intentando digerir que Ithiel me había dejado plantada.

Otra vez.

Miré el vaso de Sebastián, dándome cuenta que no había hecho amago de beber aún.

—Hablas mucho para alguien que no ha probado su bebida. —señalé su vaso con un movimiento pequeño de cabeza.

Él la observó brevemente y elevó un poco la comisura de sus labios, casi formando una sonrisita.

—No sabía que había prisa.

—No la hay. Pero llevas un buen rato mirándola como si creyeses que he intentado envenenarte.

Sebastián miró el líquido y movió el vaso. Durante apenas un instante se le borró la expresión. Pensé que, sencillamente, no le gustaba lo que le había preparado.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Te da miedo?

—No me da miedo para nada.

—Pues demuéstralo. Venga ya, un trago no te va a hacer daño.

Me miró solo un breve instante, y le cruzó un brillo de duda en los ojos, pero tal vez y lo imaginé, porque después cogió bien el vaso y se lo llevó a la boca.

Se lo bebió de una y sin coger tiempo, casi como un experto chupa alcohol.

Me quedé boquiabierta mientras lo vaciaba. Después dejó el vaso, se echó el pelo hacia atrás y me dedicó una sonrisa ladeada que, por algún motivo, le quedaba de escándalo.

—¿Ya estás satisfecha? —preguntó Sebastián, dejando el vaso vacío junto a la tumbona.




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