
Viernes, 29 de marzo del 2019
20:30 pm
ITHIEL HALE
Cerré los ojos, permitiendo que la oscuridad me envolviera como un mar espeso y silencioso en medio de aquella oficina. Siempre me había repetido que podía hacerlo, que era capaz de mantenerme firme, de sostener la promesa que le hice aquella vez, pero lo cierto es que había vuelto a fallarle. Otra vez. Y aquel viernes no fue la excepción.
El respaldo del sofá reclinable en el que estaba me incomodaba, me pinchaba la piel como si quisiera recordarme que no pertenecía ahí, que había corrido al lugar equivocado. Me odiaba por eso, por haber huido hacia Mérida en lugar de enfrentar mi debilidad con entereza, como le juré que lo haría. Ya era demasiado tarde para arrepentirme; el daño estaba hecho. Estaba ahí, frente a ella, buscando refugio como si su sola presencia pudiera recomponer las piezas rotas de mi vida.
En la penumbra que creaba al cerrar los párpados, mi mente me arrastró sin permiso a un recuerdo que no había podido olvidar. El aire cambió primero, trayendo consigo una brisa helada que me transportó tres años, cuatro meses y cuatro días atrás. Vi con claridad el instante en que aquellos ojos ambarinos se posaron en mí, desprovistos de reconocimiento, cargados de un vacío que me desgarró hasta la médula. Era como si todo lo que alguna vez significamos se hubiese desvanecido en un suspiro del invierno.
Esos ojos, esos labios, esa esencia. No había día en que no regresara a ellos. Me perseguían en sueños, en recuerdos, incluso en medio de conversaciones triviales. Y luego estaba Cory... su voz suplicante, su manera de implorar un amor que yo no sabía cómo ofrecerle.
Había noches en que me repetía que no merecía su calidez, que sería más justo dejarla marchar, abrirle las alas y dejarla volar lejos de mi sombra. Pero dejarla ir era como abrir la puerta a los demonios que habitaban en mí, esos que prefería mantener enjaulados a cualquier precio.
Quise amarla, Dios sabe cuánto lo intenté. Peleé contra mí mismo, contra las heridas del pasado, contra las cicatrices que no terminaban de cerrar. Sin embargo, cada vez que extendía la mano para alcanzarla, recordaba lo que significaba el amor para mí. Amar era sinónimo de condena, volver a experimentar esa asfixia, esa pérdida inevitable, ese vacío que te arranca el alma cuando la persona a la que te entregas decide dejarte. Y, aun así, no amar era peor; era como asesinar lentamente a quien había decidido quedarse, a pesar de la miseria que puedes ofrecer.
Le hice creer que había traicionado su confianza, que le había sido infiel, todo con el único propósito de que huyera de mí antes de hundirse en mis ruinas. Pero no toleré un solo día lejos de ella, y después, como un idiota, exploté. Perdí el control hasta que vi en sus ojos reflejado el miedo... miedo hacia mí. Ese instante me heló la sangre. Me prometí no volver a repetir la historia, a enfocarme en darle al menos una cita digna, la mejor de todas, pero a mitad de aquella hora, los nervios me vencieron, la cobardía se impuso, y terminé huyendo como si esa cita fuese a arrastrarme al infierno.
Y ahí estaba otra vez, sobre un sofá reclinable, buscando que Mérida pusiera orden en el caos de mi mente.
Abrí los ojos y la vi, tal cual era, con la misma presencia que me anclaba a la realidad. Llevaba esas gafas de pasta gruesa que contrastaban con sus facciones delicadas, un maquillaje ligero que apenas resaltaba la intensidad de su mirada verde, y una coleta alta que recogía su cabello liso, rojo como la sangre recién derramada. Su postura irradiaba seguridad y, al mismo tiempo, comprensión. Tenía en su mano izquierda un bolígrafo que giraba entre sus dedos con naturalidad, mientras en la otra sostenía un cuadernillo donde iba trazando notas rápidas.
No era una mujer mayor como mi madre, ni llevaba la huella del tiempo como mi difunta abuela. Mérida tenía apenas veintiocho años y, sin embargo, la manera en que me observaba parecía como la de alguien que había vivido varias vidas.
—¿Sabes qué pienso? —me dijo, recargándose sobre su escritorio. Le hice un ademán para que prosiguiera—: que debes enfrentar tu temor. No permitas que lo que ya fue siga estancándote. Esa chica quemaría el mundo por ti si fuese necesario, y tú sigues aferrado a no amarla por miedo a perderla...
Por miedo a perderla...
Mérida nunca se quedaba callada. Siempre decía lo que pensaba, incluso si eso me molestaba, pero era verdad. ¿Cuánto tiempo pasaría, antes de que Cory se marchara, después de demostrarle mis emociones? ¿Cuánto tardaría en reconocer que yo no era el indicado?
—Al corazón no le dictas lo que debe sentir —espeté, enderezándome.
—Claro, pero he ahí el dilema, Ithiel... cuando el corazón ya siente, tampoco puedes obligarlo a dejar de sentir.
Me quedé sin palabras, con el rostro rígido y la mirada perdida en algún punto indefinido del suelo. El peso del silencio se extendía entre nosotros, sofocante, casi insoportable. Yo no amaba a Cory, lo sabía desde hacía mucho, lo repetía en mi mente como un mantra, como si con cada repetición pudiera convencerme de que lo que hacía estaba justificado. Durante casi dos años me aferré a la idea de que su presencia me contenía, de que sus sonrisas disipaban las tormentas que me devoraban por dentro. Y aunque no fuera amor, me gustaba esa calma prestada, esa ilusión de que todo podía estar bien.
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Editado: 17.11.2025