
Ithiel Hale.
Viernes, 29 de marzo del 2019,
10:15 pm
Cerré los ojos casi por inercia. No buscaba calma; ni de coña iba a encontrarla allí. Solo quería que la oscuridad se tragara el resto y lo dejara todo lejos durante unos segundos. Pero aquel lugar no estaba hecho para esconderse. Todo lo contrario: me obligaba a mirar de frente justo aquello que llevaba demasiado tiempo esquivando.
Intentaba decirme que podía con ello, mantendría la cabeza en su sitio y cumpliría la promesa que hice, aunque el cuerpo me pidiera salir por patas. Para eso servía dar tu palabra: para sostenerla cuando hacerlo empezaba a joder de verdad.
Y una mierda.
Había vuelto a fallarle otra vez, como un puto cobarde.
Le prometí a Cory una cita en condiciones, sin desapariciones ni excusas. Tenía la reserva, las flores en el asiento trasero de mi auto y varios mensajes suyos preguntándome cuánto faltaba.
Pero no llegué.
Conduje hasta quedarme a diez minutos de su casa, y en el último cruce reduje la velocidad, miré la carretera que debía seguir y giré en dirección contraria.
La primera llamada sonó hasta cortarse. Rechacé la segunda y apagué el móvil antes de que entrara la tercera. Escucharla preguntar dónde estaba me habría obligado a reconocer que había vuelto a huir.
No tenía una sola excusa que no sonara a lo que era: cobardía.
Mantuve los párpados cerrados, y la oscuridad me devolvió a hace tres años, cuatro meses y cuatro días atrás. Y entonces, aparecieron aquellos ojos ambarinos, incapaces de reconocerme del todo.
Recordé mi nombre pronunciado por una voz rota y desesperada, y el frío de una habitación en la que yo no pude hacer una mierda para cambiar el final. Apreté los dedos contra la palma hasta notar las uñas. No necesité pensar en un nombre. Aquello volvía solo. Daba igual cuánto tiempo pasara.
Desde entonces, comencé a creer que amar significaba perder.
Podían llamarlo miedo, trauma o la excusa de un cabrón que no sabía enfrentarse a lo ocurrido. Me daba igual. Yo había querido a alguien y había comprobado lo inútil que resultaba el amor cuando llegaba el momento de impedir que esa persona se marchara.
Luego estaba Cory con su voz, su forma de buscarme después de cada pelea y esa manía suya de pedirme lo único que yo no sabía darle sin sentir que me apretaban una soga alrededor del cuello. Algunas noches la miraba dormir y pensaba que no me la merecía ni de coña. Cory se acurrucaba contra mí como si estuviera segura, ajena a todas las veces que había pensado en apartarla antes de terminar de joderla.
Lo decente habría sido dejarla marchar, y quizás también habría sido abrir la puerta a todo lo que llevaba años intentando mantener bajo control.
Con Cory a mi lado, dormía. Así de simple. Durante unas horas mi cabeza dejaba de dar por culo y podía respirar como una persona normal. Cuando se alejaba, volvían la ansiedad, los pensamientos y esa parte de mí que siempre buscaba el modo más rápido de no sentir una mierda.
No quería volver a convertirme en ese tío, y mucho menos aceptar que necesitaba a Cory para impedirlo.
Por eso jamás la soltaba del todo. Podía decirle que no la amaba, desaparecer durante días o tratarla como si pedir cariño fuese tocarme los cojones, pero en cuanto Cory amenazaba con largarse, iba detrás de ella como un idiota que no sabe soltar.
Eso no tenía nada de bonito, ni mucho menos era amor.
Era miedo.
Quería quererla. Joder, claro que lo había intentado. Había momentos en los que la miraba y creía que podía hacerlo, que quizá bastaba con dejar de resistirme y asumir de una vez lo que provocaba en mí.
Entonces recordaba que, para mí, amar era enseñarle a alguien el punto exacto por el que podía partirte. Era acostumbrarte a una voz, a un cuerpo y a una presencia hasta no saber funcionar sin ellos. Era bajar la guardia y quedarte quieto mientras la vida decidía cuándo arrancártelo todo.
Amar era aceptar una pérdida antes de que ocurriera, y yo ya había sobrevivido a una, pero no pensaba hacerlo de nuevo. Sin embargo, no amar era peor; era como asesinar lentamente a quien había decidido quedarse, a pesar de la miseria que puedes ofrecer.
Eso era justo lo que estaba haciendo con Cory.
Le hice creer que me había acostado con otra mujer para obligarla a alejarse. Preparé las sábanas, dejé una prenda que yo mismo había comprado y observé cómo algo se rompía en su cara cuando lo encontró.
Luego no aguanté lo que había hecho.
No duré más de una semana sin buscarla. Le enseñé el recibo, confesé la mentira y después perdí los nervios hasta ver miedo en sus ojos. Miedo hacia mí. Me juré que no volvería a llevarla hasta ese punto y le prometí la cita que llevaba tanto tiempo pidiéndome.
Y, como el completo gilipollas que era, había vuelto a fallarle.
—Puedes abrir los ojos —dijo una voz desde el otro lado de la estancia—. No voy a desaparecer porque dejes de mirarme.
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Editado: 26.09.2026