Core: Antebellum

CAPÍTULO 1 — EL INGENIERO DEL SILENCIO

(ACTO I — El mundo antes de la herida)

El taller de Kael no hacía ruido.

Eso era lo primero que notaban quienes entraban por error en aquel sótano de Zaerinth: no el olor a aceite, ni el calor constante de los núcleos auxiliares, ni la maraña de cables suspendidos como venas artificiales… sino el silencio.

Un silencio antinatural.

Las máquinas estaban encendidas.
Los medidores vibraban con vida.
Los condensadores respiraban energía.

Y aun así, nada sonaba.

Kael decía que era eficiencia.
Los demás ingenieros decían que era obsesión.

Zaerinth era una nación ruidosa: engranajes, vapor, martillos, voces superpuestas discutiendo teorías imposibles. Pero el taller de Kael parecía aislado del mundo, como si alguien hubiera decidido que allí dentro el tiempo debía avanzar sin testigos.

Kael estaba solo, inclinado sobre una mesa circular de metal ennegrecido. Tenía los dedos manchados de grafito y cobre, los ojos cansados y una expresión que oscilaba entre la devoción y el agotamiento.

Ante él, suspendido por un sistema de anillos concéntricos, flotaba el Núcleo.

Aún no lo llamaban Corazón.
Todavía no.

Era un artefacto incompleto: un entramado de placas hexagonales, fractales grabados en la superficie y un centro hueco que parecía esperar algo… o a alguien. No brillaba. No latía. No mostraba señales de actividad autónoma.

Y, sin embargo, Kael sentía que lo observaba.

—Todavía no —murmuró, más para sí mismo que para la máquina—. No estás listo.

Su voz resonó apenas un segundo y luego fue absorbida por el silencio perfecto del taller.

Kael creía profundamente en la ciencia.
No como dogma, sino como promesa.

Había crecido escuchando que Zaerinth era libre porque había abandonado los dioses, porque había reemplazado la fe ciega por cálculo, por razón, por progreso. Y Kael había creído cada palabra.

Si el mundo estaba roto, podía arreglarse.
Si la vida era frágil, podía reforzarse.
Si la muerte era inevitable… entonces era un problema de diseño.

Ese era el propósito del Núcleo.

No un arma.
No un gobernante.
Un sostenedor.

Un sistema capaz de estabilizar energía vital, mantener ciudades enteras funcionando sin desgaste, sin hambre, sin colapso. Un latido artificial para un mundo cansado de sangrar.

Kael ajustó uno de los anillos externos. Los símbolos grabados —lenguaje matemático convertido en geometría— encajaron con un clic suave, casi respetuoso.

Entonces ocurrió.

No un sonido.
No una luz.

Una sensación.

Kael se quedó inmóvil, con la mano suspendida en el aire.
Sintió… algo.
Una presión leve detrás de los ojos.
Como cuando uno recuerda un sueño justo antes de olvidarlo.

—¿…? —exhaló.

Miró los monitores.

Todos los valores eran normales.
Demasiado normales.

El Núcleo seguía inerte.
Pero Kael juraría —años después, cuando ya fuera demasiado tarde— que durante una fracción de segundo, el centro vacío había dejado de sentirse vacío.

Sacudió la cabeza.

Cansancio, se dijo.
Nada más.

Llevaba semanas durmiendo mal.
Zaerinth exigía resultados.
El Consejo de Engranajes observaba cada avance con una mezcla de entusiasmo y temor.

Kael se sentó en el banco de trabajo y pasó una mano por su rostro.

—Silencio —susurró—. Todo necesita silencio para empezar bien.

Y el taller obedeció.

Pero muy en el fondo, donde ni sensores ni ecuaciones alcanzaban, algo había cambiado.

No había despertado.
No aún.

Pero por primera vez…
había escuchado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.