Core: Antebellum

CAPÍTULO 3 — LYRA DE VALTHERIA

Valtheria no enseñaba a recordar, enseñaba a resistir.

Lyra aprendió eso antes incluso de saber escribir su nombre. En el Reino del Corazón Fundido, la infancia era breve y la disciplina temprana. Los niños crecían entre estandartes de metal rojo, marchas al amanecer y el constante eco de los martillos forjando armas que algún día empuñarían.

Su primer recuerdo no fue el rostro de su madre, sino el sonido: un cuerno grave resonando sobre las murallas internas de Kaltharion. La ciudad aún dormía bajo la neblina cuando los reclutas comenzaron a reunirse en el patio central. Lyra tenía apenas siete años y ya vestía el uniforme gris de iniciación, demasiado grande para su cuerpo delgado.

—Espalda recta —le dijo el instructor sin mirarla—. El Reino no se sostiene sobre espaldas débiles.

Ella obedeció sin protestar.

Valtheria veneraba el sacrificio como una virtud sagrada. El Corazón Fundido, símbolo y doctrina, representaba la idea de que el dolor templaba al individuo del mismo modo que el fuego templaba el acero. Para Lyra, aquello no era filosofía: era rutina.

A los doce años, ya sabía desmontar un arma, resistir jornadas enteras sin alimento y mantener la mirada firme mientras otros caían durante los entrenamientos. No era la más fuerte ni la más rápida, pero poseía algo que los instructores notaban con inquietud: no retrocedía. Nunca.

Cuando fallaba, repetía.
Cuando sangraba, se levantaba.
Cuando tenía miedo, lo ocultaba tan bien que incluso ella olvidaba que estaba allí.

El entrenamiento avanzó con los años, volviéndose más duro, más silencioso. Lyra aprendió a moverse en formación, a obedecer sin cuestionar y a ejecutar órdenes con precisión quirúrgica. Las historias del mundo exterior llegaban distorsionadas, filtradas por la doctrina del Reino: Zaerinth era un nido de herejes tecnológicos; el Imperio Brutalista, una fuerza necesaria pero peligrosa; el Vacío… una palabra prohibida que solo aparecía en susurros.

A los dieciséis años fue seleccionada para la Orden del Corazón Fundido.

El juramento se realizó bajo la gran forja ceremonial, donde el metal incandescente iluminaba los rostros con un resplandor casi religioso. Lyra colocó la mano desnuda sobre la placa tibia del símbolo real, apretó los dientes y repitió las palabras que generaciones antes habían pronunciado otros como ella.

—Mi cuerpo es del Reino.
Mi voluntad, del Corazón.
Mi vida, un recurso.

No tembló.

Fue asignada a un escuadrón recién formado, compuesto por soldados jóvenes pero prometedores. No eran amigos; Valtheria no fomentaba ese tipo de vínculos. Aun así, con el tiempo, surgió algo parecido a la confianza. Marchaban juntos, entrenaban juntos, dormían en los mismos barracones fríos donde el vapor de la respiración se elevaba como una niebla perpetua.

Fue allí donde Lyra comenzó a notar los primeros cambios.

No en ella, sino en el mundo.

Los oficiales hablaban en voz más baja. Los mapas estratégicos se actualizaban con frecuencia inusual. Se mencionaban movimientos de Zaerinth, avances tecnológicos acelerados, rumores de un núcleo experimental capaz de alterar el equilibrio del continente.

—No es asunto nuestro —decía el capitán—. Cuando el Reino ordene marchar, marcharemos.

Lyra aceptaba esas palabras… pero algo le incomodaba. Una sensación vaga, como si el suelo bajo Valtheria se estuviera tensando, preparándose para quebrarse.

Una noche, durante una guardia avanzada, observó las luces lejanas del norte parpadear de forma irregular. No eran incendios ni señales conocidas. Eran pulsos. Ritmos.

Por primera vez desde su niñez, Lyra sintió algo que no supo nombrar.

No era miedo.
Era anticipación.

Como si el mundo estuviera conteniendo el aliento.

Y ella, sin saberlo, ya marchara hacia el momento que la marcaría para siempre.




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