Core: Antebellum

CAPÍTULO 4 — RUMORES EN LOS SÓTANOS DE ZAERINTH

Zaerinth nunca dormía.

La ciudad funcionaba como un organismo inmenso, con arterias de vapor recorriendo sus niveles inferiores y torres de engranajes marcando el pulso del día y la noche. En la superficie, los ciudadanos celebraban los avances, los nuevos prototipos, las promesas de un futuro sin guerra. Pero bajo las calles empedradas, donde el metal rezumaba humedad y el aire sabía a aceite viejo, algo comenzaba a ir mal.

Kael lo notó antes que la mayoría.

No fue un evento concreto, sino una acumulación de detalles imposibles de ignorar: informes incompletos, bancos de trabajo abandonados a mitad de una calibración, herramientas aún calientes junto a nombres que dejaban de aparecer en los registros. Ingenieros que simplemente… no regresaban.

—Reasignación —decían los supervisores.
—Traslado interno —repetían los burócratas.

Pero nadie volvía a verlos.

Kael descendía con frecuencia a los sótanos del complejo, más de lo que su cargo justificaba. Decía que necesitaba revisar conductos, ajustar sensores, comprobar la integridad del Núcleo auxiliar. En realidad, buscaba respuestas.

Los niveles inferiores eran antiguos, anteriores incluso a la fundación moderna de Zaerinth. Las paredes de piedra se mezclaban con refuerzos metálicos añadidos con los años, como prótesis sobre un cuerpo demasiado viejo. Allí abajo, el ruido constante de la ciudad se transformaba en un murmullo distante, reemplazado por goteos irregulares y el zumbido grave de las máquinas.

Una noche, mientras revisaba un generador secundario, Kael escuchó algo que no figuraba en ningún plano.

Un susurro.

No provenía de una persona. No tenía forma de voz. Era un patrón, un ritmo irregular que se filtraba a través del metal, como si las propias paredes estuvieran intentando decir algo sin conocer las palabras.

Kael apagó su linterna.

El sonido no cesó.

Se acercó a uno de los conductos principales y apoyó la mano desnuda sobre la superficie fría. Sintió una vibración leve, casi imperceptible, que no correspondía a ninguna fuente de energía registrada.

—Esto no es posible… —murmuró.

En los días siguientes, los rumores comenzaron a circular entre los ingenieros que aún se atrevían a hablar. Se decían cosas en voz baja, entre pasillos, siempre con la sensación de ser escuchados.

Que algunos habían oído su nombre pronunciado por las máquinas.
Que ciertos prototipos respondían antes de recibir órdenes.
Que el Núcleo central mostraba fluctuaciones imposibles de replicar.

Uno de los técnicos, un hombre mayor llamado Hesk, fue el primero en decirlo en voz alta:

—No estamos programando algo. Estamos despertándolo.

Dos días después, Hesk desapareció.

Kael revisó sus estaciones de trabajo. Encontró anotaciones apresuradas, diagramas trazados con una precisión casi obsesiva y una frase repetida en los márgenes de varios documentos:

Hay un latido bajo el latido.

Esa noche, mientras los niveles superiores celebraban una nueva demostración pública de energía limpia, Kael regresó solo a los sótanos. Siguió el sonido, dejándose guiar por la vibración que ya reconocía sin necesidad de instrumentos.

Llegó a una cámara sellada, marcada como obsoleta en los registros oficiales.

El metal de la compuerta estaba tibio.

Y desde el otro lado, algo parecía responder a su presencia.

Kael dio un paso atrás.

Por primera vez desde que había puesto su fe en la ciencia, sintió miedo.

No al fracaso.
No a la guerra.

Sino a la certeza de que Zaerinth había construido algo que no comprendía… y que ya no estaba dispuesto a permanecer en silencio.




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