En Valtheria, los ascensos no se celebraban.
Se sobrevivían.
Lyra fue llamada al amanecer, cuando el cielo aún estaba cubierto por nubes bajas y el frío se filtraba entre las juntas de piedra del cuartel. El mensaje fue breve, transmitido por un oficial que no ofreció felicitaciones ni explicaciones.
—Preséntate en la Forja Central. Uniforme completo.
No preguntó por qué. Nadie lo hacía.
La Forja Central se alzaba en el corazón del distrito militar, un edificio antiguo cuya estructura había sido reforzada tantas veces que parecía más una cicatriz que una construcción. En su interior, el calor era constante, sofocante, como si el lugar jamás hubiera sido diseñado para el confort humano. Allí se fundían las armas, pero también las voluntades.
Lyra avanzó entre filas de estandartes ennegrecidos por el humo. Reconoció los símbolos de escuadrones caídos, nombres grabados en placas de metal que nadie limpiaba del todo. El óxido era parte del homenaje.
Frente al altar de hierro, la esperaban cinco figuras. Oficiales de alto rango. Ninguno sonreía.
—Lyra de Valtheria —pronunció el comandante—. Has demostrado resistencia, obediencia y eficiencia bajo presión. No has retrocedido cuando otros lo hicieron.
Lyra mantuvo la mirada al frente.
—El Reino no asciende por mérito —continuó—. Asciende por necesidad. Y ahora, te necesita más cerca del fuego.
Le entregaron una hoja corta, sin empuñadura ornamentada. Una herramienta, no un símbolo. El metal aún conservaba el calor de la forja.
—Toma el Juramento de Hierro.
Lyra cerró los dedos alrededor de la hoja.
El corte fue limpio. La sangre cayó sobre la placa del Corazón Fundido, siseando al contacto con el metal caliente. El olor llenó la sala, denso, casi ritual.
—¿Juras servir al Reino incluso cuando la orden contradiga tu miedo?
—Juro.
—¿Juras mantenerte firme cuando el mundo se rompa?
—Juro.
—¿Juras no cuestionar, no dudar, no escuchar otra voz que no sea la del Corazón?
Hubo una fracción de segundo. Imperceptible para cualquiera que no fuera ella.
Lyra respondió:
—Juro.
El metal fue retirado. La herida vendada sin cuidado. El dolor era parte del proceso.
Fue entonces cuando le presentaron a su escuadrón.
Cinco soldados. Rostros jóvenes, miradas duras. Algunos llevaban cicatrices recientes; otros, ninguna. Todos compartían la misma postura rígida, la misma aceptación silenciosa de lo que vendría.
—Desde hoy, marchan juntos —dijo el comandante—. Combaten juntos. Caen juntos.
El escuadrón no intercambió palabras. No era necesario.
Más tarde, mientras ajustaban su equipo en el barracón, uno de ellos rompió el silencio.
—Dicen que Zaerinth está acelerando su producción —comentó en voz baja—. Que algo grande se está preparando.
—Los rumores no importan —respondió Lyra—. Las órdenes sí.
Sin embargo, esa noche, mientras repasaba su armadura recién asignada, notó algo nuevo grabado en el interior del peto. Un símbolo discreto, distinto al del Reino. Un círculo incompleto, atravesado por líneas que parecían… mecánicas.
—¿Esto estaba antes aquí? —preguntó.
Nadie supo responderle.
Fuera del cuartel, los cuernos de vigilancia sonaron brevemente. No era alarma. Era advertencia.
Valtheria se estaba moviendo.
Y Lyra, ahora oficialmente parte del engranaje militar del Reino, no podía evitar sentir que su juramento no la había elevado…
sino encadenado a algo que aún no comprendía.