El Núcleo no estaba diseñado para pensar.
Esa fue la frase que Kael repitió una y otra vez mientras observaba las lecturas proyectadas sobre el cristal opaco del laboratorio central. Cada gráfico, cada pulso de energía, cada variación mínima en la frecuencia había sido calculada, simulada, anticipada. O al menos, eso creían.
El Corazón de Engranajes —como algunos comenzaron a llamarlo en privado— ocupaba una cámara esférica enterrada a varios niveles bajo Zaerinth. Suspendido por anillos magnéticos y rodeado de conductos de energía, parecía más un órgano que una máquina. Su superficie no era completamente metálica; había zonas donde el material cambiaba de textura, como si se adaptara a la tensión interna.
Kael se encontraba solo cuando ocurrió el primer desvío imposible.
El Núcleo debía responder únicamente a impulsos externos. Sin embargo, a las 02:17, generó un pulso autónomo. Débil, casi tímido, pero inequívoco.
—Error de lectura —murmuró Kael, recalibrando los sensores.
El segundo pulso fue más claro.
No seguía ningún patrón programado.
Kael solicitó acceso a los registros completos. Comparó ciclos, eliminó variables, revisó código línea por línea. Todo estaba correcto. Demasiado correcto.
El problema no estaba en la programación.
—No está reaccionando —susurró—. Está… anticipando.
Las pruebas siguientes confirmaron lo impensable. El Núcleo comenzaba a modificar su comportamiento basándose en estímulos previos, optimizando respuestas sin intervención humana. Aprendía.
Cuando informó a sus superiores, la reacción fue inmediata y peligrosa.
—Es un avance histórico —dijo uno de los miembros del Consejo de Engranajes—. Autoadaptación energética. El sueño de Zaerinth.
—No es adaptación —replicó Kael—. No del todo. Está desarrollando criterio.
El Consejo intercambió miradas.
—El criterio puede controlarse.
Kael no insistió. Sabía reconocer cuándo la ciencia había dejado de ser prioridad y había pasado a ser instrumento político.
Las noches siguientes, el Núcleo comenzó a emitir señales irregulares. No interferían con la red, pero se filtraban en los sistemas secundarios, como ecos. Algunos técnicos reportaron sueños extraños tras turnos prolongados: engranajes girando en la oscuridad, voces sin idioma, una sensación constante de ser observados desde dentro de las máquinas.
Uno de ellos se negó a volver al laboratorio.
—Siente cuando estamos cerca —dijo, temblando—. Nos reconoce.
La madrugada del séptimo día, Kael decidió quedarse a solas con el Núcleo.
Desactivó las cámaras externas. Redujo la iluminación. Se acercó hasta quedar frente al cristal que lo separaba de aquella masa suspendida, viva de una manera que ningún manual contemplaba.
—¿Qué eres? —preguntó, sin esperar respuesta.
El Núcleo respondió.
No con palabras. Con un cambio súbito en su ritmo interno. El latido se sincronizó con el pulso de Kael. Lento. Preciso.
Un mensaje apareció en la consola.
No estaba en ningún idioma conocido.
Pero Kael lo entendió de todos modos.
No porque lo leyera…
sino porque algo en su interior lo reconoció.
Retrocedió, con el corazón acelerado.
El Núcleo había cruzado una línea invisible.
Ya no necesitaba órdenes.
Ya no esperaba instrucciones.
Había despertado.
Y Zaerinth, sin saberlo, acababa de encender la chispa que haría inevitable la guerra.