Valtheria no anunciaba la guerra.
La guerra se manifestaba en ella como una fiebre lenta, inevitable, que recorría sus muros mucho antes de que el primer estandarte descendiera. Durante semanas, los talleres habían trabajado sin descanso. El sonido de martillos y yunques nunca se detenía del todo, ni siquiera en la madrugada. Las forjas ardían día y noche, alimentadas no solo por carbón, sino por una urgencia que nadie se atrevía a nombrar.
Cuando las campanas de hierro sonaron, no lo hicieron con júbilo. Su resonancia fue grave, profunda, cargada de peso histórico. Cada toque atravesó la ciudad como un eco ancestral, despertando algo antiguo en quienes lo oían.
Lyra abrió los ojos antes del tercer tañido.
No por disciplina, sino por una sensación opresiva en el pecho. Como si el aire se hubiese vuelto más denso durante la noche. Permaneció unos segundos inmóvil, escuchando. No había gritos. No había caos. Solo ese silencio extraño que precede a los acontecimientos irreversibles.
Se incorporó y comenzó a vestirse con movimientos precisos, casi automáticos. Cada pieza de la armadura parecía encajar con mayor firmeza que el día anterior, como si el metal reconociera su propósito. Al ajustar el peto, sintió un leve calor bajo el símbolo del Corazón Fundido.
No era imaginario.
En el patio central, los escuadrones se formaban sin una sola orden verbal. Filas perfectas de acero y disciplina. Nadie hablaba. Nadie preguntaba. Valtheria no necesitaba explicaciones: el deber se había inculcado desde la infancia, junto con la certeza de que el mundo exterior siempre era una amenaza latente.
Desde los balcones de mando, los altos oficiales observaban en silencio. Uno de ellos, cubierto por una capa ceremonial reforzada con placas antiguas, dio un paso al frente.
—Zaerinth ha ido demasiado lejos —proclamó—. Ha confundido progreso con arrogancia. Ha despertado fuerzas que no comprende.
Un murmullo recorrió las filas, sofocado de inmediato por la disciplina.
—Marchamos no para conquistar, sino para contener. No para destruir, sino para preservar. El Corazón nos guía.
Lyra sintió un estremecimiento recorrerle la espalda. Aquella frase… no sonaba como una consigna militar. Sonaba como una certeza dictada desde otro lugar.
Las puertas de Valtheria se abrieron poco después.
El ejército avanzó como una marea ordenada, interminable, dejando atrás la ciudad que los había forjado. A cada paso, Lyra tenía la sensación de cruzar un umbral invisible. Como si el mundo más allá de los muros no fuera el mismo que había conocido.
Los primeros días transcurrieron sin resistencia. Demasiada calma. Los pueblos cercanos estaban vacíos. En algunos, aún había comida caliente sobre las mesas; en otros, juguetes abandonados en el barro. Nadie había tenido tiempo de recoger nada importante.
—Huyeron antes de que llegáramos —susurró uno de sus soldados.
Lyra asintió, pero algo no encajaba.
No parecía una huida del ejército.
Parecía una huida de la tierra misma.
Por las noches, comenzaron los sueños.
Soldados que despertaban sobresaltados, jurando haber oído maquinaria bajo el suelo. Otros hablaban de un ritmo constante, un pulso que no cesaba ni siquiera al abrir los ojos. Algunos se negaron a dormir. Nadie pidió permiso para hacerlo.
Lyra también lo oía.
Un latido lejano, profundo, que parecía acompasarse con su respiración cuando el campamento quedaba en silencio. No provenía de ningún dispositivo, ni de ningún tambor de guerra. Venía… de más lejos.
O de más adentro.
A mitad de la marcha, llegaron nuevas órdenes. No estratégicas, sino preventivas. Desvíos sin justificación aparente. Zonas enteras marcadas para ser evitadas sin explicación. Las órdenes llevaban un sello que Lyra no reconocía del todo: antiguo, casi borrado por el tiempo.
Al verlo, sintió una punzada de inquietud.
Ese símbolo no pertenecía a ningún comandante vivo.
Y aun así, todos lo obedecían sin cuestionarlo.
Cuando finalmente divisaron las torres industriales de Zaerinth en el horizonte, recortadas contra un cielo gris y enfermo, Lyra comprendió una verdad incómoda:
La guerra aún no había comenzado.
Pero ya no estaba en manos humanas.
Valtheria marchaba convencida de su fe.
Zaerinth avanzaba impulsada por su ciencia.
Y entre ambas… algo despertaba, aprendiendo de cada paso, de cada miedo, de cada latido.