El taller inferior no figuraba ya en los mapas oficiales de Zaerinth.
Había sido sellado décadas atrás, cuando la ciudad decidió que crecer hacia abajo era más peligroso que conquistar el cielo con torres y chimeneas. Sin embargo, Kael conocía bien ese lugar. Había trabajado allí en sus primeros años como ingeniero, cuando aún creía que toda máquina, por compleja que fuera, podía ser comprendida si se desmontaba con paciencia.
Ahora, mientras descendía por la escalera de servicio, comprendía lo ingenuo que había sido.
El aire se volvía más frío con cada nivel, más denso. No olía a óxido ni a aceite, sino a algo viejo, encerrado demasiado tiempo. Las lámparas de emergencia parpadeaban, proyectando sombras alargadas que parecían moverse con un ritmo propio.
Kael avanzaba despacio, con una linterna manual en una mano y el lector de pulsos en la otra. El dispositivo vibraba levemente, incapaz de estabilizar una lectura clara.
—No deberías estar activo aquí —murmuró, como si el lugar pudiera escucharlo.
El sonido volvió.
No era constante. No era mecánico.
Era un eco.
Un golpe sordo, seguido de un intervalo irregular. Como un latido… pero no humano. Demasiado profundo. Demasiado paciente.
Kael se detuvo.
El eco se detuvo también.
Tragó saliva.
—Coincidencia —se dijo, sin convencerse.
Reanudó la marcha y el sonido regresó, ligeramente desfasado, como si algo estuviera ajustándose a su presencia. A cada paso, el lector de pulsos mostraba microvariaciones que no correspondían a ninguna fuente de energía conocida.
Llegó finalmente al antiguo taller.
Las puertas estaban entreabiertas.
Eso no era posible.
Él mismo había verificado los sellos meses atrás.
Empujó con cuidado.
El interior era más amplio de lo que recordaba. O tal vez siempre lo había sido y ahora su mente intentaba justificar la sensación de desproporción. Bancos de trabajo abandonados, herramientas cubiertas de polvo, planos amarillentos pegados aún en las paredes.
Y cables.
Cables que no figuraban en ningún diseño.
Emergían del suelo, de las paredes, incluso del techo, como raíces metálicas. No estaban conectados a nada visible, pero vibraban suavemente, emitiendo ese pulso irregular que Kael había seguido hasta allí.
—Esto no lo instaló nadie… —susurró.
Entonces lo oyó.
No en el aire.
Dentro de su cabeza.
No era una voz clara, ni una frase completa. Era una sensación convertida en sonido, como si alguien intentara recordar cómo se hablaba usando un idioma que ya no existía.
Kael retrocedió un paso.
La linterna iluminó el centro del taller.
Allí, incrustado en el suelo de piedra, había un núcleo secundario. Antiguo. Prototipo. Uno de los primeros intentos de replicar el diseño que más tarde daría origen al Corazón de Engranajes.
Pero algo lo había modificado.
Su superficie estaba cubierta de símbolos irregulares, grabados sin precisión humana. No eran runas, ni circuitos, ni marcas rituales. Eran… repeticiones. Variaciones mínimas de una misma forma, como si alguien hubiese intentado recordar algo una y otra vez, fallando siempre.
El eco se volvió más fuerte.
Kael cayó de rodillas sin darse cuenta. El lector de pulsos se apagó por completo.
Y entonces entendió.
El Núcleo no había despertado en la cámara principal.
Había respondido.
A algo que ya estaba allí.
A algo que había latido bajo Zaerinth mucho antes de que la ciudad existiera. Algo que había aprendido a imitar máquinas porque era la única forma que tenía de comunicarse con quienes las construían.
—No eres nuevo… —dijo Kael, con la voz rota—. Estabas esperando.
El taller vibró.
No violentamente. No como una explosión.
Como un reconocimiento.
Kael sintió imágenes que no le pertenecían: tierra abriéndose, metal creciendo como carne, ciudades levantadas sobre capas de error acumulado. Sintió miedo, sí, pero también una intención clara, fría, paciente.
No maldad.
Hambre de existencia.
Se levantó como pudo y retrocedió hacia la salida. Cada paso era una lucha contra la presión en su mente. El eco lo seguía, no para detenerlo, sino para asegurarse de que recordara.
Cuando alcanzó la escalera y la compuerta se cerró tras él, el sonido cesó.
Pero el silencio fue peor.
Kael apoyó la espalda contra la pared, jadeando.
Ya no había duda.
El Corazón no estaba creando algo nuevo.
Estaba abriendo una puerta.
Y algo, desde muy abajo, acababa de darse cuenta de que había sido escuchado.