El Paso Helvético no era un campo de batalla.
Era un cuello de tierra estrecho entre dos cordilleras antiguas, una herida geográfica por donde el mundo se veía obligado a pasar. Durante siglos había sido ruta comercial, frontera tácita, lugar de treguas silenciosas. Nadie lo reclamaba del todo porque nadie lo necesitaba… hasta ahora.
Valtheria llegó al amanecer.
La niebla cubría el valle como un sudario espeso, amortiguando el sonido de las botas y deformando las distancias. Las montañas de Ergral se alzaban a ambos lados, grises, erosionadas, con vetas oscuras donde antaño había glaciares. El aire era frío, húmedo, y olía a metal mojado.
Lyra avanzaba en la segunda línea de su escuadrón.
Había entrenado para esto toda su vida. Simulaciones, formaciones, combate cuerpo a cuerpo, resistencia psicológica. Le habían enseñado a matar con eficiencia, a obedecer sin vacilar, a ignorar el rostro del enemigo.
Pero nadie le había enseñado cómo se sentía esperar una batalla real.
El silencio era antinatural.
No había aves. No había viento. Solo el roce de armaduras y el leve crujido de la grava bajo las botas. Los exploradores habían informado de fuerzas de Zaerinth atrincheradas al otro lado del paso, pero no había señales visibles de actividad.
—Esto huele mal —susurró uno de sus soldados.
Lyra no lo reprendió.
Ella pensaba lo mismo.
Las órdenes llegaron con rapidez: avanzar, asegurar el paso, neutralizar cualquier resistencia. Nada fuera de lo normal. Nada que justificara la presión que sentía en el pecho, esa sensación de estar caminando hacia algo que ya había ocurrido… o que estaba ocurriendo en otro plano.
El primer disparo no vino de Zaerinth.
Vino del suelo.
Una explosión seca sacudió la vanguardia, levantando tierra, piedra y cuerpos en una lluvia caótica. Gritos. Confusión. Antes de que Lyra pudiera reaccionar, el valle entero pareció despertar.
Desde la niebla surgieron figuras.
No soldados organizados. No líneas defensivas.
Hombres y mujeres con uniformes de Zaerinth… deformados.
Algunos caminaban torcidos, como si sus articulaciones no respondieran del todo. Otros avanzaban con movimientos mecánicos, rígidos, los ojos vidriosos, la respiración irregular. Muchos tenían implantes visibles, cables emergiendo de la carne, placas metálicas fusionadas de forma burda.
—¡Formación! —gritó Lyra— ¡No rompan filas!
Pero ya era tarde.
Los disparos no los detenían como deberían. Algunos caían… y se levantaban. Otros seguían avanzando incluso con heridas mortales, como si el dolor ya no tuviera significado.
Lyra enfrentó al primero de ellos cuerpo a cuerpo.
Era joven. Demasiado. Su casco estaba roto y su rostro cubierto de sangre seca. Cuando la miró, no había odio en sus ojos. Ni miedo.
Solo una concentración vacía.
Lo derribó con un golpe preciso y hundió la hoja en su pecho. El cuerpo se estremeció… y luego se quedó inmóvil.
Durante un segundo, creyó que había terminado.
Entonces el suelo vibró.
Un pulso recorrió el valle, profundo, invisible, y los cuerpos comenzaron a moverse de nuevo.
—¿Qué demonios…? —murmuró alguien.
El combate se convirtió en caos absoluto.
Valtheria estaba entrenada para la guerra, pero no para aquello. Los soldados gritaban órdenes contradictorias, retrocedían, volvían a avanzar. Algunos huían. Otros luchaban hasta que el agotamiento los vencía.
Lyra vio a uno de los suyos ser derribado por tres figuras que no hablaban, que no gritaban, que simplemente cumplían una función. Lo atravesaron con bayonetas improvisadas y siguieron avanzando sin mirarlo siquiera.
La masacre no duró horas.
Duró minutos.
Cuando el pulso cesó, el silencio regresó de golpe, brutal, como si el valle hubiese contenido la respiración todo ese tiempo.
Los cuerpos de Zaerinth quedaron esparcidos por el paso, inmóviles por fin. Algunos soldados de Valtheria yacían entre ellos, sangrando, llorando, intentando comprender qué acababa de ocurrir.
Lyra cayó de rodillas sin darse cuenta.
Su armadura estaba manchada de sangre que no sabía identificar como ajena o propia. Le temblaban las manos. No por miedo, sino por una sensación mucho peor:
Había ganado.
Y no sentía nada parecido a la victoria.
Uno de los oficiales se acercó, pálido.
—Esto… esto no estaba en los informes.
Lyra levantó la vista hacia la niebla que empezaba a disiparse.
—Esto no fue una defensa —dijo, con voz quebrada—. Fue una prueba.
Esa noche, mientras atendían a los heridos y apilaban los cuerpos, Lyra escuchó el latido.
Más fuerte que nunca.
No venía del suelo.
Venía de todas partes.
La Masacre del Paso Helvético no sería recordada como una batalla.
Sería recordada como el momento en que el mundo comprendió, demasiado tarde, que la guerra había cambiado de naturaleza.
Y que algo, oculto tras las sombras del conflicto, estaba aprendiendo a usar la carne como herramienta.