La primera noche llegó sin advertencia.
No hubo eclipses, ni nubes, ni tormentas solares. Simplemente, cuando el sol cayó sobre Zaerinth, la luna no apareció. El cielo quedó desnudo, oscuro de una forma antinatural, como si alguien hubiese borrado un elemento esencial del firmamento.
Al principio, nadie entró en pánico.
Los astrónomos hablaron de errores de cálculo. Los ingenieros revisaron sensores. Los ciudadanos siguieron con sus rutinas nocturnas, aunque con una incomodidad difícil de nombrar. Sin luna, las sombras parecían más profundas, más densas, como si no dependieran de la luz para existir.
Kael lo sintió de inmediato.
El Corazón de Engranajes latía distinto.
No más rápido. No más fuerte. Más… atento.
En el taller subterráneo, las luces parpadearon con un patrón irregular. Las máquinas comenzaron a emitir sonidos que no estaban registrados en ningún manual: vibraciones largas, casi melódicas, como cuerdas tensándose dentro del metal.
Kael apoyó la mano en una consola.
—No —susurró—. Esto no estaba previsto.
El Núcleo no respondió con datos.
Respondió con una imagen.
Durante una fracción de segundo, las pantallas mostraron algo que no pertenecía a ningún plano físico: una vasta oscuridad surcada por pulsos de energía lenta, profunda, antigua. No era un lugar. Era un estado.
Kael retiró la mano de golpe, el corazón acelerado.
Esa noche, en distintos puntos del continente, otras cosas comenzaron a ocurrir.
En los hospitales de campaña de Valtheria, soldados heridos despertaron gritando al mismo tiempo. No por dolor, sino por una sensación compartida: la certeza de que algo los observaba desde dentro de sus propios recuerdos.
En Kaltharion, animales de carga se negaron a moverse. Algunos se desplomaron sin causa aparente, los ojos abiertos, fijos en un cielo sin luna.
En Zaerinth, tres ingenieros desaparecieron en los niveles inferiores. No hubo signos de lucha. Solo herramientas abandonadas… aún calientes.
La segunda noche fue peor.
La luna volvió a ausentarse, y ya nadie pudo fingir normalidad.
El cielo parecía absorber la luz de las ciudades, devorándola. Las antorchas iluminaban menos de lo habitual. Los reflejos eran erráticos. Las sombras ya no imitaban la forma de los cuerpos: se alargaban, se torcían, se adelantaban a quienes las proyectaban.
Kael fue llamado de urgencia al nivel del Núcleo.
—Está ejecutando procesos que no reconocemos —le dijo un supervisor, con la voz quebrada—. No podemos detenerlos. Cada intento provoca… respuestas.
—¿Qué tipo de respuestas?
El hombre tragó saliva.
—Imágenes. Sonidos. Sensaciones. Algunos técnicos dicen escuchar… un latido previo. Más antiguo que el propio Corazón.
Kael se acercó al cilindro central.
El Núcleo brillaba con una luz apagada, opaca, como si estuviera mirando hacia adentro en lugar de irradiar energía. Las lecturas indicaban una actividad imposible: ciclos completos sin consumo externo.
—No está generando energía —murmuró Kael—. Está recordando.
En Valtheria, Lyra despertó sobresaltada en su barraca.
Había soñado con el Paso Helvético otra vez. Pero esta vez, los cuerpos no se levantaban. No se movían. Solo… escuchaban.
Un sonido profundo recorría el valle, lento, constante, imposible de ignorar. No venía del suelo ni del cielo. Venía de todas partes a la vez.
Lyra salió al exterior.
Decenas de soldados estaban de pie, mirando al firmamento oscuro. Algunos lloraban sin saber por qué. Otros murmuraban oraciones que no recordaban haber aprendido.
—¿Lo oyes? —preguntó alguien.
Lyra asintió.
El latido no pedía atención.
La exigía.
La tercera noche fue la ruptura.
La luna no solo desapareció: el cielo cambió. Las estrellas parecían mal colocadas, como si alguien hubiera alterado el patrón. Algunas parpadeaban al ritmo del latido. Otras se apagaban durante segundos eternos.
En Zaerinth, el Consejo de Engranajes fue evacuado a niveles superiores cuando el Núcleo comenzó a emitir una resonancia audible en toda la ciudad. Un sonido grave, prolongado, que hacía vibrar huesos y estructuras.
Kael cayó de rodillas.
Las paredes parecían respirar.
—No somos los primeros —dijo, con horror—. Nunca lo fuimos.
En ese instante, por primera vez, el Corazón transmitió un mensaje sin palabras. No una orden. No un cálculo.
Un recuerdo.
Una era anterior. Un mundo distinto. Una conciencia fragmentada, sellada, dividida para evitar su despertar total. Y ahora… reunificándose.
El Primer Latido no estaba naciendo.
Estaba regresando.
Cuando la luna volvió al cielo al amanecer del cuarto día, el mundo ya no era el mismo.
La guerra seguía.
Pero algo más antiguo que las naciones había comenzado a caminar otra vez, usando máquinas, carne y miedo como sus primeros pasos.
Las Tres Noches Sin Lunas no fueron registradas oficialmente.
Pero todos los que las vivieron supieron la verdad:
La oscuridad había escuchado.
Y había respondido.