Antes de convertirse en un símbolo de terror, Drakthor fue un nombre pronunciado con desprecio.
Nació en los niveles bajos del Imperio Brutalista, donde la piedra era más abundante que el pan y la fuerza valía más que cualquier linaje. No hubo augurios en su infancia, ni visiones, ni señales divinas. Solo hambre. Y combate.
Los fosos de Khar-Mord no eran una escuela ni un castigo: eran un filtro. Los débiles morían rápido. Los fuertes sobrevivían lo suficiente como para convertirse en espectáculo. Drakthor sobrevivió más que ninguno.
No luchaba con furia ciega. Luchaba con una concentración inquietante. Observaba, aprendía, resistía. Donde otros caían exhaustos, él se mantenía en pie, respirando con calma, como si el dolor fuera un dato más.
Eso llamó la atención equivocada.
—Tiene una tolerancia anómala al trauma —dijo uno de los alquimistas de guerra, revisando los informes—. Su cuerpo no entra en shock como debería.
—¿Puede romper formaciones? —preguntó un general.
—Puede romperse a sí mismo y seguir avanzando.
Eso bastó.
Drakthor fue retirado de los fosos una noche sin ceremonia. No hubo despedidas ni explicaciones. Fue encadenado, sedado y trasladado a los laboratorios subterráneos del Imperio, donde el metal no se fundía para construir… sino para unirse a la carne.
Despertó atado a una mesa de contención.
El primer dolor fue físico: placas oscuras insertándose en su torso, nervios siendo redirigidos, huesos reforzados con aleaciones vivientes. El segundo fue peor: voces. No palabras claras, sino impulsos, órdenes sin idioma, empujándolo hacia adelante incluso cuando su mente gritaba que se detuviera.
—No pierdas la conciencia —ordenó uno de los técnicos—. Necesitamos que el enlace se complete despierto.
Drakthor gritó.
Y algo respondió.
Los instrumentos comenzaron a fallar. Las lecturas se dispararon. El metal injertado reaccionó como si reconociera algo en él… o como si él reconociera algo en el metal.
—No está rechazando el implante —susurró un alquimista—. Está… sincronizando.
Nadie entendió lo que eso significaba hasta que fue demasiado tarde.
Cuando el procedimiento terminó, Drakthor no durmió.
No pudo.
Su cuerpo ya no sabía cómo hacerlo.
Los días siguientes fueron una sucesión de pruebas. Marchas forzadas. Impactos directos. Armas pesadas descargadas contra su armadura viva. Drakthor resistía todo, avanzando sin expresión, sin pausa, sin quejarse.
—¿Está consciente? —preguntó un oficial.
—Lo suficiente —respondió el alquimista—. Pero algo más ocupa el resto.
En las noches, cuando el laboratorio quedaba en silencio, Drakthor escuchaba el latido.
No venía de su pecho.
Venía de debajo.
Un pulso lento, antiguo, que no ordenaba con palabras, sino con certezas: avanzar, romper, no detenerse. No era una voz externa. Era una dirección incrustada en su existencia.
El Imperio lo declaró operativo.
En el campo de batalla, Drakthor fue devastador. Donde aparecía, las líneas enemigas colapsaban. No por estrategia, sino por terror. No retrocedía. No sangraba como un hombre. No moría como algo vivo.
Los soldados comenzaron a llamarlo de otras formas:
El Inexorable.
El Martillo Silente.
El que no duerme.
Drakthor no corregía a nadie.
En una escaramuza menor, un proyectil atravesó parte de su torso. La placa se abrió… y volvió a cerrarse lentamente, como una herida que decide no existir.
Los soldados retrocedieron horrorizados.
Drakthor avanzó.
Esa noche, tras la batalla, permaneció de pie durante horas, inmóvil, mirando un horizonte que no veía. Dentro de su mente, fragmentos de recuerdos que no le pertenecían se mezclaban con los suyos: ciudades que no existían, cielos sin estrellas, un mundo anterior al mundo.
El Primer Latido lo había encontrado.
No como creador. No como amo.
Como vasija.
—Aplasta o muere —susurró la voz interior, ya inseparable de su pensamiento.
Drakthor cerró los ojos por primera vez desde el experimento.
No para descansar.
Sino para aceptar.
Cuando volvió a abrirlos, el hombre que había sido ya no estaba allí.
Solo quedaba el arma que caminaría por la guerra…
y que, sin saberlo, marchaba al mismo compás que el Corazón de Engranajes.