Core: Antebellum

CAPÍTULO 13 — LOS CAÍDOS QUE CAMINAN

-El Campo que No Reconocía a sus Muertos.

La niebla llegó antes que los informes.

No era espesa ni natural. Se deslizaba a ras del suelo como si evitara el aire, como si no quisiera mezclarse con nada vivo. Cuando el destacamento de Valtheria avanzó por el valle secundario del Paso Helvético, los exploradores notaron el silencio primero: ni aves, ni insectos, ni el crujir habitual del metal bajo las botas.

Solo pasos.
Y algo más… irregular.

—Formación cerrada —ordenó el capitán—. Esto no me gusta.

Lyra ajustó el agarre de su lanza-escudo. El metal vibraba levemente, no por impacto, sino por resonancia. Como si el suelo estuviera emitiendo una frecuencia demasiado baja para oírla, pero lo bastante fuerte para sentirse en los huesos.

—¿Oyes eso? —susurró uno de los soldados.

—Nada —respondió otro—. Y eso es lo peor.

El primer cuerpo apareció a veinte metros.

Un soldado de Zaerinth, o lo que quedaba de él. La mitad inferior estaba destrozada, como si hubiera sido arrastrado por maquinaria pesada. Sin embargo, el torso estaba intacto. Demasiado intacto.

—Está respirando —dijo alguien.

No lo estaba.

El pecho subía y bajaba, sí, pero con un ritmo mecánico, irregular. Cuando Lyra se acercó, vio que los ojos estaban abiertos, opacos, enfocados en nada.

—Atrás —ordenó—. No lo toquen.

El soldado giró la cabeza con un movimiento seco, antinatural. La boca se abrió… y de ella salió un sonido que no era voz.

Un pulso grave.
Un eco del latido.

Entonces se levantó.

No con torpeza, ni con urgencia. Se levantó como si obedeciera una instrucción.

—¡Contacto! —gritó el capitán.

El valle respondió.

Figuras comenzaron a emerger de la niebla. Decenas. Luego más. Algunos llevaban armaduras destrozadas, otros uniformes irreconocibles. Muchos estaban heridos de formas que deberían haberlos matado: torsos atravesados, extremidades colgando, cuellos doblados en ángulos imposibles.

Pero caminaban.

—Por Valtheria… —murmuró un soldado—. Esos son los nuestros.

Lyra reconoció insignias. Escudos. Rostros.

—No disparen aún —ordenó, aunque su voz tembló—. Mantengan posición.

Uno de los caídos se acercó demasiado.

Un proyectil le atravesó la cabeza.

Cayó.

Durante un segundo, hubo alivio.

Luego el cuerpo se contrajo…
y volvió a levantarse.

Esta vez, más rápido.

—¡Fuego! —gritó el capitán—. ¡FUEGO!

El valle estalló en luz, pólvora y descargas de energía. Los caídos retrocedían, caían, se fragmentaban… pero no huían. No gritaban. No mostraban dolor.

Solo avanzaban.

Lyra clavó su lanza en el pecho de uno. Sintió resistencia. No de hueso, sino de algo más denso, como si el interior hubiera sido reemplazado por una estructura metálica flexible.

El enemigo la miró.

—Escucha —dijo con una voz que no coincidía con su boca.

Lyra retrocedió, horrorizada, y lo empujó con el escudo, destrozándole el torso. El cuerpo cayó… y esta vez no se levantó.

Pero otros ocuparon su lugar.

—¡Esto no es una batalla! —gritó alguien— ¡Es una profanación!

Los oficiales intentaron reorganizar la línea, pero el terror ya había roto algo fundamental: la certeza de que los muertos permanecen muertos.

Uno de los soldados cayó, atravesado por una bayoneta oxidada. Lyra lo vio convulsionar… y entonces el latido volvió a escucharse.

—No… —susurró ella—. No tú.

El soldado abrió los ojos.

Y se levantó.

Lyra retrocedió por primera vez en combate.

No por miedo al enemigo.

Sino por miedo a lo que el mundo estaba permitiendo.

-Autopsias de lo Imposible.

El repliegue no fue una retirada ordenada.

Fue una fuga silenciosa.

No porque los soldados de Valtheria carecieran de disciplina, sino porque nadie sabía qué órdenes podían seguir teniendo sentido. Las formaciones se rompieron en el momento exacto en que uno de los caídos volvió a levantarse con el estandarte de la Orden del Corazón Fundido aún cosido al hombro.

Lyra caminaba al frente, pero ya no lideraba. Solo avanzaba.

El latido los siguió durante kilómetros.

No como sonido constante, sino como una presión intermitente, un pulso que aparecía cuando alguien miraba atrás demasiado tiempo o cuando el silencio se hacía excesivo. Algunos soldados juraron sentirlo dentro del pecho, como si su propio corazón dudara de su función.

El campamento médico se levantó al amanecer.

O lo que Valtheria aún llamaba amanecer.

Las tiendas se alinearon en formación defensiva, no por amenaza externa, sino por miedo a los propios heridos. Los oficiales dieron una orden que nadie quiso pronunciar en voz alta: los cuerpos recuperados debían ser contenidos, no enterrados.

—No los dejaremos solos —dijo un médico, con la voz quebrada—. Son nuestros.

—Ya no —respondió un inquisidor del Corazón Fundido—. Son vectores.

La primera autopsia se realizó bajo vigilancia armada.

El cuerpo pertenecía a un soldado joven, muerto por trauma abdominal severo. Según los informes, había permanecido inerte durante horas antes de levantarse en el valle. Cuando abrieron el torso, el hedor fue mínimo. No había putrefacción. Tampoco sangre en cantidad normal.

—Esto no es posible —susurró el cirujano.

Dentro del pecho, donde deberían estar los órganos, había estructuras metálicas filamentosas, entrelazadas con restos de tejido vivo. No eran implantes. No tenían puntos de anclaje ni soldaduras visibles. Parecían… crecer.

—¿Tecnología de Zaerinth? —preguntó un oficial.

—No —respondió el cirujano—. Esto no fue construido. Fue formado.

Cuando retiraron uno de los filamentos, el cuerpo se estremeció.

—¡Atrás! —gritó alguien.




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