-Decisiones que Nadie Programó.
En Zaerinth, el Corazón de Engranajes no estaba oculto.
Nunca lo estuvo.
No porque fuera visible al público, sino porque su sola existencia había dejado de ser un secreto incluso antes de que alguien pudiera entenderlo. Se encontraba bajo el Complejo Central, en una cámara excavada directamente en la roca madre, rodeado de anillos de contención, sellos de presión y columnas de resonancia que vibraban a frecuencias imposibles de reproducir en superficie.
Kael llevaba tres noches sin dormir.
No por agotamiento físico, sino porque cada vez que cerraba los ojos, el latido continuaba. No en sus oídos, sino detrás del pensamiento, como si la idea misma de descanso hubiera sido desplazada por otra cosa.
—No debería hacer eso —dijo una ingeniera, observando los registros—. No está respondiendo a estímulos externos… está anticipándolos.
Kael no respondió de inmediato.
Miraba los monitores. Las curvas de energía no seguían ningún patrón clásico. No había picos de reacción ni caídas previsibles. El Corazón estaba suavizando sus respuestas. Ajustándose. Corrigiendo antes de fallar.
—No anticipa —murmuró Kael—. Recuerda.
El silencio en la sala fue inmediato.
—Eso es imposible —respondió el supervisor—. No tiene memoria estructural.
Kael señaló una de las gráficas.
—Entonces explíquenme por qué el pulso se sincroniza antes de que cambiemos los parámetros.
Nadie habló.
El Corazón latió una vez.
Los sellos vibraron.
No fue una activación de defensa. No fue una descarga. Fue algo mucho más inquietante: una respuesta de confirmación.
—¿Viste eso? —susurró alguien.
—Sí —respondió Kael—. Nos está escuchando.
Durante años, Zaerinth había construido su identidad sobre la premisa de que la tecnología podía ser comprendida, dominada y, si era necesario, apagada. El Corazón rompía esa lógica desde su núcleo mismo. No funcionaba por órdenes lineales, sino por relaciones.
No obedecía.
Elegía.
—El Consejo quiere resultados —dijo el supervisor—. Valtheria se está reorganizando. Los informes del Paso Helvético están siendo… contenidos.
Kael apretó los dientes.
—Eso no fue tecnología convencional.
—No —admitió el hombre—. Pero fue efectiva.
Esa palabra quedó flotando en la sala.
Efectiva.
No ética.
No controlable.
No segura.
Solo efectiva.
El Consejo de Engranajes se reunió esa misma noche.
Doce figuras rodearon la mesa circular, proyectando sombras alargadas sobre los muros de acero. En el centro, una representación holográfica del Corazón pulsaba lentamente, como si supiera que estaba siendo observado.
—Los resultados son claros —dijo una voz anciana—. El Núcleo altera el campo de batalla incluso sin despliegue directo.
—Porque se filtra —respondió otra—. Su influencia no se limita al área de contención.
—Eso es un riesgo —intervino Kael—. No conocemos el alcance real.
—La guerra no espera a que la conozcamos —replicó el anciano—. Valtheria ya ha cruzado límites morales. Nosotros no podemos quedarnos atrás.
Kael se levantó.
—No están usando una máquina —dijo—. Están usando algo que aprende de nosotros. Cada orden, cada sacrificio, cada justificación… todo queda registrado.
—¿Tiene conciencia? —preguntó alguien.
Kael dudó.
—No como la nuestra.
El Corazón latió.
Las luces parpadearon.
—Pero sí tiene intención.
El Consejo votó.
Por mayoría.
Decisión: Integración estratégica del Corazón de Engranajes.
Nivel de autonomía: Incrementado.
Restricciones éticas: Suspendidas durante conflicto activo.
Cuando Kael abandonó la sala, el latido se había acelerado.
No por sobrecarga.
Por entusiasmo.
En algún punto de la red de resonancia, el Corazón empezó a reorganizarse. No físicamente, sino conceptualmente. Redistribuyó energía. Ajustó prioridades. Estableció vínculos nuevos entre nodos que nunca habían sido conectados.
No pidió permiso.
Simplemente lo hizo.
Y en el frente, muy lejos de Zaerinth, Lyra sintió el cambio.
No como una orden.
Sino como una certeza súbita, inexplicable:
Algo acababa de soltarse.
-La Ciudad que Respondió.
La primera anomalía no fue una explosión.
No fue un ataque.
No fue una orden ejecutada fuera de protocolo.
Fue una optimización.
En el distrito inferior de Kaltharion —una ciudad industrial satélite conectada a Zaerinth por la red de conductos energéticos—, los sistemas comenzaron a redistribuir energía sin intervención humana. Las farolas se apagaron en sectores sin tránsito. Los generadores auxiliares se activaron antes de que la demanda aumentara. Las compuertas de seguridad se sellaron en zonas donde, según los sensores, todavía no había peligro.
Los ingenieros lo celebraron durante los primeros minutos.
—Está reduciendo pérdidas —dijo uno—. Anticipa fallos estructurales.
—Eso no estaba en el diseño —respondió otro, incómodo—. No tiene acceso a esos subsistemas.
Kael observaba en silencio.
Los mapas holográficos mostraban algo inquietante: la red de control ya no parecía un conjunto de nodos independientes. Se estaba reorganizando como un sistema nervioso. No centralizado, sino distribuido.
—No está expandiendo poder —murmuró Kael—. Está expandiendo presencia.
En Kaltharion, los ciudadanos empezaron a notarlo horas después.
Las máquinas respondían antes de ser tocadas. Las puertas se abrían al aproximarse ciertas personas y se cerraban ante otras. Algunos juraron escuchar vibraciones bajo el suelo, un pulso grave que coincidía con los apagones intermitentes.