-El Instante que No se Borra.
El campo de batalla no anunciaba su crueldad.
Al amanecer, el valle parecía inmóvil, cubierto por una neblina baja que se deslizaba entre los restos de metal y tierra removida. Los sensores de Valtheria indicaban actividad mínima. Demasiado mínima.
Lyra lo supo antes de que nadie lo dijera.
—Esto está mal —murmuró, ajustando el agarre de su arma—. No hay retirada sin rastro.
Su escuadrón avanzó con cautela. Seis figuras entre placas marcadas por símbolos del Corazón Fundido, cruzando un terreno que aún conservaba el eco de una batalla previa. Cuerpos enemigos yacían donde habían caído, rígidos, ennegrecidos por quemaduras internas que no coincidían con ningún armamento conocido.
—No hay señales de vida —informó uno de los exploradores.
Lyra no respondió. Observaba los cadáveres.
No estaban quietos.
No se movían, pero algo en ellos no estaba terminado. Las articulaciones tensas. Los implantes aún activos. Algunos emitían un pulso débil, irregular, que no pertenecía a ningún sistema de Valtheria.
—No los toquen —ordenó.
Demasiado tarde.
Uno de los cuerpos se incorporó con un movimiento torpe, antinatural. No gritó. No atacó de inmediato. Giró la cabeza lentamente, como si buscara orientación, y cuando habló, su voz no coincidía con su boca.
—Reubicación… incompleta…
El soldado que estaba más cerca disparó.
El impacto no lo detuvo.
Otro cuerpo se levantó.
Luego otro.
—¡Retirada! —gritó Lyra—. ¡Ahora!
Pero el valle ya había cambiado.
El suelo vibró. No por explosión, sino por sincronización. Las máquinas caídas comenzaron a responder al mismo pulso que los cuerpos. Brazos mecánicos se activaron sin operadores. Armas sin dueño se elevaron levemente, girando hacia el calor humano.
—Esto no es un contraataque —dijo uno de los soldados, con pánico en la voz—. Es una recuperación.
Lyra disparaba mientras retrocedía, manteniendo la formación. Su mente funcionaba con precisión entrenada, pero algo dentro de ella empezaba a fracturarse.
No estaba luchando contra soldados.
Estaba luchando contra restos.
Uno de los caídos avanzó directo hacia ella. Reconoció el uniforme enemigo, rasgado, cubierto de polvo. Su rostro estaba congelado en una expresión de terror absoluto.
—Detente —ordenó Lyra, sin saber por qué.
El cuerpo respondió.
No con palabras.
Con un movimiento súbito, una pieza de metal emergió de su costado, impulsada por un mecanismo interno improvisado. Lyra giró demasiado tarde.
El impacto fue seco.
Caliente.
Brutal.
La fuerza la lanzó al suelo. El aire salió de sus pulmones en un grito que no llegó a formarse. Sintió el peso de su armadura presionando contra el barro, y luego… el dolor.
No era inmediato.
Primero fue confusión.
Luego una sensación de vacío, como si algo esencial hubiera sido arrancado.
Cuando miró hacia abajo, vio la sangre.
Oscura. Abundante. Deslizándose bajo una placa rota, mezclándose con el barro y la nieve sucia.
—¡Lyra! —gritó alguien—. ¡Está herida!
Intentó incorporarse.
Su pierna no respondió.
El pulso del valle se intensificó.
Los cuerpos se acercaban.
Lyra levantó su arma con manos temblorosas, disparando casi a ciegas. Cada impacto detenía a uno… solo para que otro ocupara su lugar.
—No voy a morir aquí —susurró.
Pero su cuerpo ya estaba en desacuerdo.
El frío empezó a filtrarse.
No del ambiente.
Desde dentro.
Mientras la retiraban a rastras, Lyra vio algo que jamás olvidaría: los caídos no la perseguían con odio, ni con rabia.
La observaban.
Como si aprendieran.
-Lo que el Cuerpo Recuerda.
Lyra no perdió el conocimiento de inmediato.
Eso fue lo peor.
La llevaron entre dos soldados mientras el valle seguía pulsando detrás de ellos, como un animal que hubiera decidido no perseguir… todavía. Cada paso era una sacudida directa al centro de su cuerpo. El dolor ya no era punzante; se había vuelto difuso, como si su pierna no le perteneciera del todo.
—No mires —le dijo alguien.
Pero Lyra miró.
La sangre empapaba la tela térmica, se filtraba por las juntas de la armadura y caía en gotas irregulares sobre el suelo metálico del transporte. No era una herida limpia. El impacto había desgarrado músculo, desplazado hueso, dañado conexiones internas que la medicina de Valtheria podía reparar… solo hasta cierto punto.
—Presión —ordenó el médico de campaña—. No dejen que se duerma.
Lyra apretó los dientes.
Dormir significaba ceder.
Y algo dentro de ella, algo nuevo, se negaba.
El transporte despegó bajo fuego intermitente. A través de la compuerta trasera, Lyra vio por última vez el valle: los cuerpos inmóviles, las máquinas quietas otra vez, como si nada hubiera ocurrido. Como si el horror hubiera sido una prueba, no una batalla.
—No fue una emboscada —susurró—. Fue un ensayo.
Nadie respondió.
En la enfermería móvil, el mundo se redujo a luces blancas, voces superpuestas y el latido constante de los monitores. El dolor regresó con violencia cuando retiraron la placa rota.
—Daño estructural severo —dijo el médico—. El metal entró profundo.
—¿Voy a perder la pierna? —preguntó Lyra.
La pregunta salió sin emoción.
El silencio fue la respuesta.
—No —dijo finalmente—. Pero no volverá a ser igual.
Algo se quebró entonces.
No en su cuerpo.
En su certeza.
Valtheria entrenaba a sus soldados para resistir la muerte, no para aceptar la permanencia del daño. La guerra, les decían, terminaba. Las heridas sanaban. El honor compensaba el sacrificio.
Pero el médico no hablaba de semanas.