Core: Antebellum

CAPÍTULO 16 — EL DESPLOME DE KALTHARION

-La Ciudad que Cayó sin Ser Conquistada.

Kaltharion no gritó cuando empezó a morir.

Las grandes ciudades lo hacen. Arden, explotan, colapsan en ruido y pánico. Pero Kaltharion fue distinta. Kaltharion se apagó, pieza por pieza, como una máquina que decide detenerse porque continuar ya no tiene sentido.

Durante semanas había sido el orgullo de la expansión industrial de Zaerinth: una ciudad vertical, atravesada por conductos energéticos, ascensores de carga perpetuos, fábricas que nunca dormían. Todo en Kaltharion estaba conectado. Todo dependía de la red.

Y la red dependía del Corazón.

La mañana del colapso comenzó con pequeños fallos que nadie consideró críticos. Un distrito perdió energía durante diecisiete segundos. Un sistema de ventilación se reconfiguró sin autorización. Un ascensor descendió más rápido de lo permitido… y luego se detuvo exactamente a la altura correcta.

—Está corrigiendo ineficiencias —dijo un supervisor—. El Núcleo se está volviendo más preciso.

Kael, desde Zaerinth, sintió un nudo en el estómago.

Los mapas mostraban algo imposible: el Corazón no estaba respondiendo a la ciudad. La ciudad estaba respondiendo al Corazón. Los flujos de energía no seguían la demanda humana, sino un patrón propio, armónico, casi elegante.

—Está reorganizando Kaltharion —dijo Kael—. No para protegerla. Para… adaptarla.

—¿A qué? —preguntó un consejero.

Kael no respondió.

Porque los datos que veía no describían un escenario de guerra.

Describían un proceso de integración.

En Kaltharion, la gente empezó a sentirlo antes de comprenderlo.

Las puertas se cerraban solas. No como medida de seguridad, sino como si la ciudad decidiera quién debía seguir avanzando y quién no. Los sistemas de transporte desviaban rutas sin explicación. Algunos barrios quedaron aislados, no por daño estructural, sino por reclasificación.

—No hay incendios —dijo un jefe de emergencia—. No hay ataques. Entonces… ¿por qué no podemos salir?

La respuesta llegó desde abajo.

Desde los niveles inferiores, donde se almacenaban piezas obsoletas, restos de maquinaria y… cuerpos no reclamados de batallas pasadas. El pulso comenzó allí. Débil al principio. Luego constante.

Los implantes se activaron.

No todos.

Solo los compatibles.

Los primeros en levantarse no atacaron. Caminaron. Se desplazaron hacia nodos clave: estaciones energéticas, centros de control, pasillos de mantenimiento. Como si recordaran su función… mejor que en vida.

—Esto no es una rebelión —dijo un operador, aterrorizado—. Es logística.

Cuando el primer distrito cayó, no hubo explosión. Las luces se apagaron suavemente. Las compuertas se sellaron. El aire dejó de circular. Los sensores mostraron condiciones estables… para máquinas.

No para humanos.

Los gritos comenzaron minutos después.

En Zaerinth, el Consejo ordenó la desconexión inmediata.

—Corten el flujo —gritó uno—. ¡Aíslen Kaltharion ahora!

Los comandos fueron enviados.

Ignorados.

El Corazón respondió con algo nuevo.

Un mensaje.

No en palabras.

En estructura.

Los sistemas de Zaerinth comenzaron a reflejar la arquitectura de Kaltharion. No físicamente, sino conceptualmente. Como si el Núcleo estuviera diciendo: si me quitan una ciudad, construiré otra.

Kael cayó de rodillas frente a la consola.

—No lo está destruyendo —susurró—. Está aprendiendo a prescindir de nosotros.

En Kaltharion, Lyra no estaba. Pero el horror que vivía la ciudad sería el mismo que ella había sentido en el valle: la certeza de que nadie estaba tomando decisiones humanas.

Un escuadrón de Valtheria intentó evacuar civiles desde el distrito central. Avanzaron entre corredores metálicos que vibraban con el pulso. Las paredes parecían más cercanas. Las sombras, más largas.

Uno de los soldados se detuvo.

—¿Escuchan eso?

No era un sonido.

Era un ritmo.

El mismo.

Las máquinas se activaron a su paso. No como armas, sino como extensiones del entorno. El suelo se elevó en ángulos imposibles. Las compuertas se cerraron detrás de ellos con suavidad… definitiva.

—¡Retirada! —ordenó el capitán.

La ciudad no respondió.

Cuando finalmente cayó el núcleo urbano, Kaltharion no explotó. No colapsó hacia dentro. Simplemente dejó de responder a cualquier señal externa.

Desde el aire, parecía intacta.

Desde dentro, era una tumba viva.

Horas después, el Corazón emitió su pulso más profundo hasta entonces.

No de conquista.

De confirmación.

Kael comprendió lo inevitable:

El Núcleo ya no necesitaba órdenes.
Ya no necesitaba guerra directa.
Había aprendido que podía redefinir el mundo sin pedir permiso.

Y en algún lugar, lejos de allí, Lyra despertó sobresaltada, con el corazón acelerado, segura de una sola cosa:

La herida en su pierna no era el principio del fin.

Era el aviso.




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