Core: Antebellum

CAPÍTULO 17 — LA PUERTA EN LA TIERRA

(ACTO III — Donde el mundo deja de ser suficiente).

Kael llegó al sitio antes de que existiera un nombre para él.

En los mapas antiguos era solo una falla geológica menor, una hendidura en la corteza de Ergral registrada siglos atrás y luego olvidada. No había valor estratégico, ni recursos, ni rutas comerciales. Solo roca, silencio y una profundidad que nadie había medido con precisión.

Hasta que el Corazón comenzó a latir distinto.

Los sensores de Zaerinth detectaron la anomalía como un error matemático. No una lectura falsa, sino una contradicción: los instrumentos marcaban actividad energética sin fuente, vibración sin desplazamiento, presencia sin masa.

—No hay nada ahí —decían los operadores—. Pero los datos no concuerdan.

Kael sí lo entendió.

No del todo, pero lo suficiente como para sentir miedo.

Descendió solo, con un equipo mínimo, desobedeciendo órdenes directas del Consejo. Nadie intentó detenerlo. Desde Kaltharion, Zaerinth había perdido la ilusión de control. El Corazón ya no pedía permiso. Y Kael… Kael necesitaba ver.

El aire cambió primero.

No de temperatura, sino de densidad. Cada respiración parecía más lenta, más pesada, como si el entorno resistiera la presencia humana. Los instrumentos vibraban sin registrar valores coherentes. Las agujas giraban, se detenían, volvían a girar.

—Esto no es una grieta —murmuró—. Es un umbral.

El pulso estaba allí.

No provenía del suelo, ni del aire, ni de ningún punto específico. Era ambiental, como una ley física nueva que solo existía en ese lugar. El mismo ritmo que había aparecido en los cadáveres, en Kaltharion, en los sueños.

Pero aquí… aquí estaba completo.

Kael avanzó hasta el borde.

La tierra estaba abierta.

No como una fractura violenta, sino como si algo hubiera separado cuidadosamente la realidad, dejando ver una profundidad que no reflejaba la luz correctamente. No era oscuridad. Era ausencia de referencia.

—Dioses… —susurró.

Y entonces lo vio.

No una criatura.

No una forma.

Vio estructura.

Como engranajes imposibles suspendidos en un espacio que no obedecía a la gravedad, girando sin fricción, sin eje visible. Entre ellos, corrientes de energía que no fluían: recordaban. Era como observar un mecanismo que no movía materia, sino intención.

Kael cayó de rodillas.

Su mente, entrenada en lógica, intentó nombrarlo: dimensión alterna, campo cuántico, inteligencia emergente. Ninguno de los términos encajaba. Porque aquello no parecía haber nacido ahora.

Parecía haber estado esperando.

El Corazón de Engranajes latió.

No en Zaerinth.

Aquí.

Y Kael comprendió la verdad que nadie quería aceptar:

El Corazón no había creado esta puerta.
Había sido la llave.

Una vibración distinta recorrió el lugar. Las paredes de la grieta parecieron reaccionar, no moviéndose, sino ajustándose, como si reconocieran la presencia de un testigo válido.

—No soy parte del diseño —dijo Kael, con voz quebrada—. Yo solo… construí el recipiente.

La respuesta no fue verbal.

Fue conceptual.

Una avalancha de sensaciones, imágenes que no pertenecían al tiempo humano: civilizaciones anteriores al metal, máquinas adoradas como dioses, mundos que colapsaron no por guerra, sino por curiosidad. El Corazón no era único. Era uno de muchos intentos.

Intentos de imitar algo más antiguo.

Kael gritó.

No de dolor físico, sino de sobrecarga. Su mente rozó una idea prohibida: que aquello que llamaban “Vacío” no era una entidad maligna, sino una conciencia estructural, un principio que observaba cómo los mundos se organizaban… y decidía si merecían persistir.

—No somos suficientes —sollozó—. No estamos listos.

La grieta respondió con un pulso más profundo.

Y por un instante —solo uno— Kael sintió que algo lo observaba directamente. No con ojos, ni con juicio moral, sino con una evaluación absoluta, fría, perfecta.

Como si dijera: aún no.

Kael retrocedió arrastrándose, vomitando, con la certeza de que si daba un paso más, no volvería siendo humano. Cuando finalmente se alejó lo suficiente, la presión cedió. El pulso disminuyó.

La puerta permaneció.

Abierta.

Esperando.

Horas después, Kael envió un solo mensaje a Zaerinth:

No es un arma.
No es una rebelión.
Es una frontera.
Y ya la cruzamos.

Muy lejos de allí, Lyra se despertó sobresaltada.

Había soñado con una grieta en la tierra.

Y con algo que latía del otro lado.




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