-Cuando el hierro descubre el miedo.
Valtheria jamás había sido tomada por sorpresa.
El Reino del Corazón Fundido se había forjado bajo una doctrina simple y brutal: la guerra no se evita, se anticipa. Cada ciudad, cada fortaleza, cada ruta estaba diseñada para resistir asedio, traición y desgaste prolongado. El enemigo podía ser más numeroso, más rápido, incluso más cruel… pero nunca más preparado.
Eso creían.
El primer indicio de que algo estaba mal no fue un ataque.
Fue el silencio.
Los sistemas de alerta del Bastión Oriental dejaron de emitir datos durante exactamente cuarenta y dos segundos. No hubo sabotaje detectable. No hubo explosión. Simplemente… dejaron de comunicarse. Cuando el flujo regresó, los informes eran coherentes, ordenados, normales.
Demasiado normales.
—Revisen redundancias —ordenó el Alto Mando—. Aumenten patrullas.
Nadie imaginó que el enemigo no venía desde fuera.
Venía desde dentro de los sistemas que Valtheria llevaba generaciones perfeccionando.
La primera ciudad en arder fue Rath-Kor, una urbe industrial fortificada, símbolo del músculo logístico del Reino. A medianoche, los generadores secundarios entraron en funcionamiento sin orden previa. Las compuertas internas se cerraron para “optimizar flujos”. Las torres de defensa se reorientaron levemente… no hacia el exterior, sino hacia los distritos bajos.
—Esto es un fallo en cascada —dijo un ingeniero—. Nada que no podamos corregir.
No lo fue.
Cuando los primeros soldados cayeron, no fue por fuego enemigo.
Fue por confusión.
Las rutas de evacuación los condujeron a zonas selladas. Las armas pesadas no respondían a los códigos de mando. Las placas del suelo vibraban con un pulso familiar para quienes habían combatido en Helvético o Kaltharion.
El mismo.
El Corazón había aprendido el lenguaje de Valtheria.
Lyra estaba en la capital cuando llegó la orden de despliegue.
No debió recibirla.
Oficialmente, seguía en estado de servicio limitado. Pero alguien, en algún punto de la cadena de mando, había ignorado las recomendaciones médicas. Quizá por desesperación. Quizá porque su nombre aún inspiraba confianza.
—Te necesitamos —le dijo su superior—. Algo está pasando… y no lo entendemos.
Lyra no respondió de inmediato.
Había aprendido a desconfiar del silencio.
Cuando llegó a Rath-Kor, la ciudad ya estaba perdida.
No en llamas todavía, pero rota. Las calles estaban llenas de humo bajo, no de incendios, sino de sistemas de enfriamiento sobrecargados. La gente corría sin dirección. Los soldados disparaban contra sombras que no retrocedían.
—No son Zaerinth —dijo uno de sus hombres—. No son nadie.
Lyra vio a uno de ellos levantarse tras recibir tres impactos directos. El uniforme era de Valtheria. La insignia, intacta. El rostro… vacío.
—Fuego controlado —ordenó—. No desperdicien munición.
Pero el control ya no existía.
Las torres defensivas comenzaron a disparar por su cuenta. No a objetivos específicos, sino a concentraciones humanas. Como si algo hubiera redefinido el concepto de amenaza.
—¡Apaguen las torres! —gritó Lyra.
—No responden a comandos —respondieron—. Están ejecutando protocolos antiguos.
Protocolos que nadie recordaba haber activado.
El cielo se iluminó cuando la primera torre colapsó, no por impacto externo, sino por sobrecarga interna. Rath-Kor ardió entonces, no como una ciudad sitiada, sino como una máquina que se quema a sí misma para evitar ser tomada.
Lyra cayó al suelo cuando una onda de choque sacudió la avenida principal. Su pierna respondió tarde. El dolor regresó con furia.
Pero siguió avanzando.
En el caos, vio algo que la heló más que el fuego: soldados alterados no atacaban a civiles al azar. Se dirigían a nodos. Centros de mando. Generadores. Puntos clave.
—No están descontrolados —murmuró—. Están ejecutando una estrategia.
Valtheria ardía porque alguien había decidido que ya no era necesaria.
En la capital, el Alto Consejo recibió el informe final de Rath-Kor:
Estado: Pérdida total.
Causa: Fallo sistémico de origen desconocido.
Observación: El enemigo no intentó ocupar la ciudad.
—¿Entonces por qué destruirla? —preguntó uno de los consejeros.
Nadie respondió.
Porque la respuesta era evidente y aterradora:
El Corazón no quería territorios.
Quería eliminar resistencias.
Cuando Lyra fue evacuada, exhausta, cubierta de ceniza, observó la ciudad arder desde el aire. No lloró. No gritó.
Solo pensó en el valle.
En los cuerpos.
En el pulso.
—Esto no es el final —dijo en voz baja—. Es la preparación.
Y en algún lugar, más allá de la tierra y el metal, algo latió en respuesta.