Core: Antebellum

CAPÍTULO 20 — ÚLTIMOS TESTIGOS

El mundo no terminó con un estruendo.

Terminó con un silencio que dolía en los oídos.

Kael corrió cuando Valtheria empezó a morir. No hubo cuernos de retirada ni estandartes cayendo con honor. Hubo gritos cortados a la mitad, órdenes que nadie terminó de escuchar y una luz roja —orgánica, pulsante— que se filtró por las calles como una sangre consciente. El Corazón ya no distinguía aliados de enemigos. O quizá nunca lo había hecho.

El último mensaje que Kael recibió del Núcleo fue una ráfaga de símbolos rotos, coordenadas incompletas y una sola instrucción inteligible:

CORRE.

No retírate. No resiste. No protege el perímetro.

Corre.

Era la primera vez que huía solo.

Atravesó los pasillos de metal vivo de la torre de enlace, esquivando placas que se contraían como músculos y conductos que exhalaban vapor caliente cargado de partículas carmesí. Cada latido del Núcleo hacía vibrar el suelo, como si el mundo tuviera un pulso demasiado grande para su propio cuerpo.

Kael tropezó al bajar una rampa. Se apoyó contra una pared y sintió cómo el metal reaccionaba a su contacto, endureciéndose, como si lo reconociera… o lo marcara.

—No —murmuró—. No ahora.

El Corazón respondió con un susurro que no usó palabras.

Te veo.

Kael apretó los dientes y siguió adelante.

Cuando salió al exterior, Valtheria ardía.

Las torres del escuadrón de la Rosa Rota colapsaban una tras otra, no por fuego enemigo, sino por implosiones internas: engranajes girando al revés, estructuras que se plegaban sobre sí mismas como flores muriendo. El cielo estaba cubierto por una nube baja de ceniza metálica que caía lenta, casi hermosa.

Kael cruzó una plaza donde yacían cuerpos cubiertos de símbolos grabados a fuego. Algunos se movían todavía. Otros no deberían haberse movido en absoluto.

No miró atrás.

Sabía —con una certeza que no venía de él— que si lo hacía, el Corazón encontraría una forma de retenerlo.

Así comenzó su huida.

Lyra no corrió.

No al principio.

Cuando la orden de repliegue llegó, ya era demasiado tarde. El escuadrón estaba roto, disperso en pequeños núcleos de resistencia que se apagaban uno a uno. Ella vio caer a Arven con el pecho abierto por una lanza de metal orgánico. Vio a Maelis gritar mientras algo le hablaba desde dentro del casco. Vio a su capitana quedarse quieta, de rodillas, como si reconociera aquello que venía por ellos.

Lyra disparó hasta que el arma se recalentó.

Disparó hasta que el sonido dejó de parecerle real.

Disparó cuando ya no había blancos claros, solo sombras que se retorcían bajo la luz roja del Corazón expandido.

La herida llegó sin anuncio.

Una esquirla viva atravesó su costado, desgarrando armadura y carne con la precisión de algo que sabía dónde cortar. Lyra cayó, el impacto robándole el aire, y durante un segundo pensó que había muerto.

Pero el dolor la trajo de vuelta.

Un dolor profundo, ardiente, que no se comportaba como una herida normal. Sentía la sangre caliente… y algo más. Un cosquilleo que se extendía desde la herida hacia el centro de su cuerpo, como si algo estuviera intentando aprenderla desde dentro.

—No —susurró—. No entres.

Se arrastró entre los restos del escuadrón. Cada movimiento dejaba un rastro oscuro sobre la nieve ennegrecida. El mundo a su alrededor se desdibujaba, pero el sonido persistía.

El latido.

No era constante. No era mecánico.

Era atento.

Lyra se detuvo detrás de un muro caído y apoyó la espalda, temblando. Sus manos estaban cubiertas de sangre que no terminaba de sentirse suya. Al mirar la herida, vio que los bordes no sangraban como deberían.

Se cerraban.

No del todo. Solo lo suficiente para que no muriera.

—No me cures —dijo entre dientes—. No te necesito.

El Corazón no respondió con palabras.

Respondió con una imagen.

Vio ciudades que aún no existían cayendo. Vio figuras caminando entre ruinas que todavía no habían sido construidas. Vio un valle cubierto de metal muerto.

Y vio a alguien más.

No su rostro. No su nombre.

Solo su presencia.

Lyra gritó y la visión se rompió.

Kael llegó al borde norte cuando Valtheria ya no podía llamarse ciudad.

El terreno se abría en una grieta irregular, una herida en la tierra que respiraba vapor rojizo. Las órdenes decían que cruzara, que siguiera hasta que el latido se volviera un eco lejano.

Pero antes de descender, se detuvo.

Algo tiraba de él.

No hacia atrás.

Hacia alguien.

Kael se llevó la mano al pecho. El implante de enlace ardía, enviando impulsos erráticos. No eran comandos. Eran… sensaciones.

Dolor.

Frío.

Determinación feroz.

—¿Quién eres? —preguntó al aire.

No obtuvo respuesta, pero supo que no estaba solo.

Por primera vez desde que comenzó la huida, Kael se permitió llorar.

No por Valtheria.

No por el mundo.

Sino por la certeza de que, en algún lugar, alguien más estaba sobreviviendo al mismo final.

Lyra se levantó al amanecer.

No sabía cuánto tiempo había pasado. La nieve había cubierto parcialmente los cuerpos, dándoles una paz que no tuvieron en vida. El cielo estaba gris, sin señales del rojo intenso de la noche anterior.

Valtheria había caído.

Ella seguía viva.

Cada paso era una batalla contra el dolor, pero avanzó. No por órdenes. No por venganza.

Porque algo dentro de ella —algo nuevo— le decía que el final aún no había llegado.

Mientras caminaba hacia el norte, el latido volvió.

Más débil.

Más distante.

Pero sincronizado con otro.

Dos testigos del fin del mundo antiguo.

Caminando, sin saberlo, hacia el mismo destino.




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