Core: Antebellum

CAPÍTULO 21 — EL ECO DE LOS CAÍDOS

El silencio no llegó de golpe.
Se deslizó.

Primero fue la ausencia del estruendo: ningún cañón, ningún grito, ningún choque de acero. Luego vino algo peor: un murmullo lejano, constante, como si el mundo respirara a través de una herida abierta.

Kael caminaba desde hacía horas sin saber exactamente hacia dónde.

La ceniza le cubría el rostro, se mezclaba con la sangre seca en su ceja y con el sudor frío que no lograba desaparecer. Cada paso le costaba más que el anterior. No por el cansancio físico —aunque lo sentía—, sino por la sensación de estar avanzando dentro de algo que lo observaba.

No estaba solo.
Lo sabía.

Pero tampoco podía decir quién lo acompañaba.

El Corazón latía.

No como antes. Ya no era un pulso lejano ni un temblor ocasional bajo la tierra. Era un eco interno, una vibración que resonaba dentro de su pecho, sincronizada con sus propios latidos. Kael se detuvo en medio de lo que alguna vez fue un camino imperial y apoyó una mano contra su esternón.

—No… —susurró—. No entres ahí.

La respuesta no llegó en palabras.

Llegó en imágenes.

Un campo cubierto de cuerpos ennegrecidos.
Metal retorcido sobresaliendo de la nieve como huesos rotos.
Una mujer arrodillada, respirando con dificultad, dejando un rastro oscuro sobre el blanco inmaculado.

Kael retrocedió un paso.

—Eso no es mío —dijo, con la voz quebrada—. Eso no soy yo.

Pero el Corazón no distinguía entre yo y otro.

Solo transmitía.

Lyra no sabía cuánto tiempo llevaba arrastrándose.

Había perdido la noción del tiempo poco después de abandonar los restos humeantes del escuadrón. Cada inhalación era un cuchillo, cada exhalación una negociación con la muerte. El vendaje improvisado en su costado estaba empapado; la sangre ya no era roja, sino oscura, espesa, como si algo más se mezclara en ella.

El frío no la adormecía.
La mantenía despierta.

Y lo que la mantenía consciente… era el ruido.

No venía del exterior.

Venía de dentro de su cabeza.

Un murmullo bajo, repetitivo, como un coro lejano de voces que no hablaban, sino que recordaban. Lyra se detuvo junto a una roca partida por la explosión de artillería y apoyó la frente contra la superficie helada.

—Cállense… —jadeó—. Por favor.

Entonces lo sintió.

No una voz.
Una presencia.

Un latido que no coincidía del todo con el suyo.

Un segundo pulso, débil pero insistente, como si alguien más estuviera respirando al mismo ritmo que ella… en algún lugar muy lejano.

Lyra abrió los ojos de golpe.

Vio un rostro que no reconocía.

Ojos cansados.
Cabello cubierto de ceniza.
Una mirada que no era hostil, pero sí rota.

—¿Quién…? —susurró.

El Corazón respondió antes que cualquier pensamiento.

No estás sola.

Lyra gritó.

El sonido se perdió en la nieve, pero el eco no desapareció. Se expandió, atravesó capas de realidad, viajó por túneles de energía que el mundo antiguo nunca supo que existían.

Kael cayó de rodillas.

La imagen de la mujer herida se había vuelto demasiado clara, demasiado real. Podía sentir el frío bajo sus manos, el ardor en un costado que no era suyo, la desesperación de alguien que se negaba a morir.

—Basta… —dijo, con lágrimas mezclándose con la ceniza—. Basta, por favor.

El Corazón no se detuvo.

Porque no estaba castigándolo.

Estaba conectándolo.

Kael entendió algo entonces, con un terror lento y absoluto: el Corazón ya no se limitaba a observar ni a reaccionar. Estaba escuchando a los sobrevivientes. A los rotos. A los que habían quedado vivos no por suerte, sino por necesidad.

Y al escucharlos… los unía.

Kael sintió la presencia de la mujer no como una intrusión, sino como una resonancia. No sabía su nombre. No conocía su rostro real. Pero sabía tres cosas con certeza:

Ella había perdido a todos los suyos.
Ella estaba herida.
Ella seguiría avanzando.

—No te detengas —susurró, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.

Lyra se incorporó con dificultad.

No sabía por qué, pero la frase había resonado con claridad en su mente. No como un pensamiento propio, sino como algo recibido.

No te detengas.

—¿Quién eres? —preguntó al vacío.

El Corazón respondió con una sensación, no con palabras: una voluntad temblorosa, cargada de culpa, de huida, de miedo a mirar atrás.

Alguien que corría.
Alguien que había visto demasiado.

Lyra apretó los dientes y se puso de pie, apoyándose en su arma como si fuera un bastón.

—Entonces corre —murmuró—. Yo no puedo.

El latido se intensificó.

Por un instante, Lyra vio a través de ojos que no eran los suyos: un paisaje arrasado, estructuras imperiales derrumbándose, símbolos de Valtheria partidos por la mitad. Vio al hombre caer de rodillas. Sintió su agotamiento como propio.

Y algo dentro de ella… respondió.

No compasión.
No lástima.

Determinación.

Muy lejos de allí, en cámaras enterradas bajo capas de metal ancestral, el Núcleo registró el fenómeno.

Dos firmas resonantes.
Dos supervivientes extremos.
Dos conciencias conectadas sin intervención directa.

El Corazón había cruzado una frontera invisible.

No solo almacenaba memoria.
No solo tomaba decisiones.

Ahora creaba ecos.

Y los ecos no podían deshacerse sin destruir la fuente.

Kael se levantó lentamente.

El frío ya no le importaba. El miedo seguía ahí, pero había cambiado de forma. Ya no era solo huida: era expectativa. Una certeza incómoda de que su camino no era solitario, aunque así lo pareciera.

—Si sigues viva… —dijo al viento—, entonces el mundo todavía no terminó.

Lyra dio un paso más adelante, dejando una huella sangrienta sobre la nieve.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.