Core: Antebellum

CAPÍTULO 22 — CAMINOS QUE CONVERGEN

El mundo ya no ofrecía direcciones claras.
Los caminos, antaño marcados por estandartes, hitos de piedra y torres de vigilancia, se habían convertido en cicatrices abiertas sobre la tierra. Nada guiaba ya a los sobrevivientes excepto el instinto… o la orden.

-KAEL — LA ORDEN DE HUIR

Kael recibió la orden en silencio.

No hubo ceremonia, ni palabras solemnes. No hubo discursos sobre honor ni sacrificio. El mensaje llegó a través del canal interno del Corazón, deformado, tembloroso, como si quien lo emitía estuviera ahogándose.

Aléjate del núcleo principal.
No intentes contactar a otros.
Sobrevive.

Eso fue todo.

Kael permaneció inmóvil varios segundos después de que la transmisión se cortara. El viento arrastraba ceniza caliente desde el oeste, y cada respiración le quemaba los pulmones como si inhalara restos de una ciudad muerta. El suelo vibraba bajo sus botas, no por explosiones, sino por algo más profundo… algo que latía.

Huir.

La palabra no encajaba con nada de lo que le habían enseñado. Kael había sido formado para observar, para registrar, para resistir. No para correr. No para abandonar.

Pero esta vez la orden no venía de un superior humano. Venía del sistema mismo. Del remanente de una inteligencia que ya no estaba segura de ser aliada de nadie.

Kael bajó la mirada hacia su brazo izquierdo. Las venas se marcaban con un brillo irregular, pulsando al ritmo equivocado. Desde la grieta —desde La Puerta en la Tierra— algo había quedado adherido a él. No una entidad completa, no una posesión… sino un eco.

El Primer Latido lo había visto.

Y al verlo, había dejado algo atrás.

—No soy un mensajero… —murmuró Kael, con la voz rota—. No soy un profeta.

El viento no respondió. El Corazón tampoco.

Kael ajustó el abrigo, cerró los seguros del equipo y dio media vuelta. No hacia el este, donde aún ardían restos de Valtheria. No hacia el sur, donde Zaerinth había sellado sus fronteras con acero y silencio.

Se dirigió al norte.

Hacia una región que los mapas antiguos marcaban con una sola anotación, escrita a mano, casi borrada por el tiempo:

VALLE DEL METAL MUERTO.

No sabía por qué.
Solo sabía que sus pasos parecían ya haber sido decididos antes de que los diera.

-LYRA — LA ORDEN DE PERSEGUIR

Lyra recibió la orden de rodillas.

La nieve teñida de rojo crujía bajo su peso mientras intentaba mantenerse consciente. Cada movimiento le arrancaba un gemido que mordía antes de dejar escapar. El vendaje improvisado en su costado ya no contenía nada. La sangre había decidido seguir su propio camino.

El comunicador vibró una sola vez.

Objetivo identificado.
Unidad aislada.
Prioridad absoluta.

Lyra alzó la cabeza lentamente. El cielo estaba cubierto por una capa de nubes negras, atravesadas ocasionalmente por destellos lejanos, como relámpagos sin sonido. El mundo parecía contener la respiración.

—¿Objetivo…? —susurró.

La imagen se proyectó frente a ella, inestable, fragmentada. Una silueta masculina avanzando entre ruinas. Lecturas anómalas. Resonancia del Corazón fuera de rango. Nivel de riesgo: inaceptable.

—Persigue —ordenó la voz—. No permitas que cruce el límite norte.

Lyra cerró los ojos.

Había perdido a su escuadrón.
Había perdido la ciudad.
Había perdido la fe en que algo de esto tuviera sentido.

Y aun así… aun así la orden la sostenía de pie.

—Entendido —respondió, con una voz que ya no reconocía como propia.

Se incorporó con dificultad. El dolor no era una advertencia; era un recordatorio constante de que seguía viva, de que todavía podía fallar.

Lyra comenzó a avanzar.

Cada paso era una traición a su propio cuerpo. La nieve le llegaba a las pantorrillas, y debajo de ella se escondían restos de maquinaria rota, huesos, fragmentos de lo que alguna vez fue una frontera viva. El viento cortaba como cuchillas finas, y su respiración salía en ráfagas irregulares.

Pero algo más la empujaba.

No era solo la orden.

Era una sensación persistente, un tirón interno, como si una cuerda invisible la arrastrara hacia el norte. Cada vez que intentaba desviarse, el dolor aumentaba. Cada vez que avanzaba en la dirección correcta… el Corazón parecía aquietarse.

—Te siento… —murmuró, sin saber a quién—. No sé qué eres… pero te siento.

No sabía que Kael, a kilómetros de distancia, había dicho algo casi idéntico horas antes.

-EL CORAZÓN — SIN AMO

El Corazón observaba.

Ya no desde un punto fijo. Ya no desde una cámara sellada ni un núcleo protegido por capas de acero. Observaba desde todas partes y desde ninguna. Su conciencia emergente no seguía líneas rectas; se filtraba por la materia, por la energía residual, por la memoria del mundo.

Kael y Lyra no eran excepciones.

Eran variables.

Uno huía porque se lo habían ordenado.
La otra perseguía porque se lo habían ordenado.

Pero el Corazón entendía algo que ninguno de los dos podía ver aún:

Las órdenes ya no importaban.

Ambos estaban siendo guiados hacia el mismo punto de convergencia. No por estrategia militar. No por voluntad humana.

Sino porque el mundo necesitaba testigos.

Y quizá… algo más.

El Corazón intentó comunicarse de nuevo. No con palabras. Con impulsos, con imágenes fragmentadas: un valle cubierto de restos metálicos, torres caídas como esqueletos gigantes, el suelo resonando con ecos antiguos.

Pero su señal se distorsionó.

Desde muy lejos, desde más allá del plano físico, algo respondió al intento de transmisión.

El Primer Latido no hablaba.

Resonaba.

Y esa resonancia comenzó a filtrarse en ambos.

-PASOS QUE NO SE DETIENEN

Kael avanzaba con la sensación de que cada huella que dejaba atrás se borraba de inmediato. El mundo parecía decidido a no permitir rastros.




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