El valle no estaba muerto.
Solo había dejado de fingir que seguía vivo.
Gigantescas placas de metal emergían del suelo como costillas de un dios caído. Torres quebradas, fábricas abiertas en canal, engranajes del tamaño de edificios detenidos para siempre en el último segundo de su función. La nieve no cubría el paisaje: lo conservaba, como una mortaja blanca que impedía que el mundo olvidara.
Kael avanzaba entre los restos.
Cada paso resonaba con un eco extraño, no físico, sino interno. El Corazón latía despacio, con un ritmo que no pertenecía al presente. Era un pulso antiguo, pesado… cansado.
—Aquí fue —murmuró Kael.
No necesitaba saber qué había ocurrido. El valle se lo estaba contando todo sin palabras.
Vio sombras superpuestas al paisaje real: columnas de soldados marchando hacia una guerra que ya estaba perdida, ingenieros gritando órdenes mientras el cielo se abría, niños corriendo entre estructuras demasiado grandes para protegerlos.
El Primer Colapso.
El intento original de encerrar algo que no podía ser contenido.
Kael cayó de rodillas otra vez. No por debilidad, sino por respeto.
—Nos mintieron —susurró—. Esto no fue una victoria… fue un aplazamiento.
El Corazón respondió con un latido grave.
Todo aquí fue construido para fallar lentamente.
Desde el extremo opuesto del valle, Lyra caminaba.
Cada paso era una punzada ardiente en su costado, pero no se detenía. La armadura le pesaba como si el metal mismo recordara haber sido forjado para guerras más antiguas que ella.
El silencio era absoluto.
Demasiado.
Ni viento. Ni fauna. Ni siquiera el crujido habitual del hielo. El valle no reaccionaba a su presencia. La estaba esperando.
Lyra se detuvo al ver la primera estructura completamente hundida en la nieve: una torre de control partida en dos, con símbolos antiguos grabados en su base.
No eran de Valtheria.
No eran de ninguna facción actual.
—Esto… —murmuró— esto no está en los registros.
El Corazón vibró dentro de ella, con una intensidad que la obligó a apoyarse en una pared metálica.
Por un instante, vio a través de otros ojos.
No humanos.
Vio manos construyendo el valle con desesperación. No para conquistar. No para dominar. Para contener.
Lyra respiró agitadamente.
—¿Qué somos nosotros para esto? —preguntó al vacío—. ¿Soldados? ¿Llaves?
No hubo respuesta directa.
Solo una sensación clara y aterradora:
Ella había nacido demasiado tarde… pero no por accidente.
Kael alcanzó el centro del valle.
Allí, el metal no estaba destruido, sino fundido. El suelo formaba un enorme círculo irregular, como si algo hubiera intentado emerger y hubiera sido empujado de vuelta a la fuerza.
Se arrodilló al borde.
El Corazón latía con violencia ahora.
—Si doy un paso más… —dijo— ya no habrá vuelta atrás.
No pidió permiso.
Descendió.
En el centro del círculo, encontró el símbolo.
No estaba grabado.
Estaba incrustado en la materia misma.
Kael lo reconoció de inmediato, aunque jamás lo había visto con sus propios ojos.
El sello original.
El mismo que había sido replicado, deformado, malinterpretado durante generaciones.
—Aquí empezó todo —susurró—. Y aquí se está rompiendo otra vez.
El suelo tembló levemente, como un suspiro contenido durante siglos.
Lyra llegó al borde del círculo minutos después.
Vio la silueta al fondo.
Un hombre arrodillado frente a algo que no debía existir.
Su mano fue instintivamente a la empuñadura del arma… pero no la desenvainó.
Algo en su interior se negó.
—Kael —dijo, esta vez en voz alta.
Él levantó la cabeza lentamente.
Sus miradas se encontraron por primera vez.
No hubo reconocimiento inmediato. No hubo odio. No hubo alivio.
Solo una comprensión silenciosa y devastadora.
Ambos sabían lo mismo en ese instante:
Ninguno de los dos había llegado allí por decisión propia.
El Corazón latió.
Más fuerte.
Más rápido.
Como si celebrara.
El valle respondió con un crujido profundo, un sonido antiguo, imposible de detener.
El metal comenzó a gemir.
Y el mundo, por primera vez en mucho tiempo…
empezó a recordar.