Coroko: El niño mono

Un regalo de la tierra

Hace mucho, en la dinastía china, en un monte gigante, Taishan, habita el gran Maestro Shao en su templo. Quien, después de muchos años enseñando kung-fu en múltiples doyos, se retiró para vivir una vida más pacífica: practicando por su cuenta, meditando durante horas o simplemente descansando.

Este se acostumbró a la soledad de su templo, pudiendo hacerla un poco más pasajera visitando el pueblo Zhuang cuando tiene que comprar algunas cosas como té, galletas de miel o ropa cómoda. En una de esas visitas, después de bajar el monte, enfrente suyo emerge un montículo de tierra. Este lo mira sorprendido, se acerca un poco más para inspeccionarlo.

Pero, de golpe, la tierra acumulada se abriría mientras una pequeña luz lo deja cegado. Shao pegaría un pequeño salto hacia atrás, poniéndose en guardia, esperando que surgiera algo. Aunque grande sería su sorpresa al ver como lo único que sale es un pequeño y frágil llanto de un bebé.

—¿Qué es esto? — Shao se acerca y ve a un pequeño bebé humano.

Cuando lo saca, lo sostiene de una pierna, boca abajo. Mientras lo sostiene, nota que hay algo de más: una cola como la de un mono sale del niño. Este, aunque sorprendido, mantiene la calma y decide si llevarlo al pueblo, a su templo o dejarlo dentro de la tierra de nuevo.

—¿Será algo maligno? ¿O algo que el destino me encargó? — Shao, aunque dudoso, decide llevarlo al pueblo, más específicamente donde una vieja conocida, la abuela Mai, como le dicen ahora.

En la entrada de este, esconde al pequeño dentro de su ropa para que nadie haga preguntas, ni de su origen, ni de la cola. Cuando entra al puesto de comida de Mai, le pide hablar en privado. Ella, aunque sorprendida, decide dejar a cargo a uno de sus ayudantes por un momento mientras Shao le cuenta lo que tiene que decirle.

—Bueno, Shao, ¿qué puede hacer esta anciana por ti?

—Más que hacer, es pedirte un consejo.

—¡Por supuesto, Shao! No tienes por qué preocu…

Mai no termina la frase cuando un llanto suena. Shao sacaría al niño agarrándolo como antes enfrente de ella. Cuando su sorpresa pasa, ella reacciona y le quita al pequeño de él.

—¿¡Por qué lo sostienes así!? ¡Tanta sabiduría entrenando, pero no sabes agarrar a un pobre niño! ¡No me digas que es tu hijo! ¡Ya no estás para tener a un niño a esta altura de tu vida! — Mai, furiosa, no nota la cola del pequeño.

—¡Claro que no es mío! — exclama Shao. —Salió de la tierra. Un montón de tierra se formó frente mío y de ahí salió eso. ¡Y tampoco soy tan viejo como tú!

—¿Salió de la tierra? ¿¡De verdad crees que voy a creer algo así de infantil!?

—Te lo digo en serio. Y si no, mira su cola.

—¿Su qué? — Mai, por fin, nota que el pequeño tiene una muy peluda cola, como la de un mono.

Ella está atónita, pero enseguida mira de nuevo a Shao.

—Shao, te juro que si le pusiste una cola de mono a este pobre niño, ¡te juro que…!

—Yo no hice nada. Ya te lo dije: este salió de la tierra que se formó delante mío.

Mai no puede creerlo. Está tan sorprendida que tiene que sentarse de nuevo, aún con el niño en brazos, y en eso recuerda para qué este vino.

—¿Y qué consejo se supone que debo darte?

—Sobre qué tengo que hacer con él.

—Shao, ¿estás seguro de que mientras bajabas el monte no te caíste y te golpeaste la cabeza? ¿Cómo que tienes qué hacer? Es obvio: ¡hay que cuidarlo!

—Pero… ¿de verdad lo tengo que cuidar yo?

—¡Claro! Pero primero deja de agarrarlo como si fuera una bolsa de papas.

—Espera… ahora que lo pienso, no le puse nombre — dice Shao.

—¿Ya pensaste uno?

—Sí… Se llamará… Coroko.

—¿Coroko?

—Sí. Era una forma de decirle a alguien que era muy persistente o que tenía una dureza como el acero en mi pueblo natal. Y la dureza, estoy seguro, de que este niño la va a necesitar — menciona mientras mira al pequeño aún dormido.

Ese día, Mai pasó lo que quedaba de la tarde enseñando a Shao lo básico para cuidar a un niño. Incluso le consiguió un poco de leche de vaca para que lo alimentara. Cinco años pasaron y Coroko ya creció, pero no como otros niños, sino que su altura y apariencia ya son como las de un adolescente de casi dieciséis años.

Pero esto no le impidió hacerse amigo del pueblo gracias a su carisma y también a la simpatía de los pueblerinos. Shao junto a Mai inventaron una historia más creíble: el niño nació con cola y por eso su madre lo abandonó en el templo de Shao.

Coroko entrenaba kung-fu como de costumbre. Shao se lo había enseñado al ver que tenía potencial al tener mucha fuerza y agilidad, pero este lo moldeó a su forma, formando así el estilo del kung-fu del mono: movimientos ágiles e impredecibles de un primate.

—Concéntrate, Coroko — Shao bloquea con su brazo la patada que este le lanza, mandándolo hacia atrás con una simple patada como contra.

—¡Ay! — Coroko sale volando, estrellándose contra un maniquí de pelea. —Perdón, Shao… es que tengo ganas de las galletas de Mai.

—Podrás ir al pueblo a probarlas cuando terminemos. ¡Ponte en guardia!

—¡Sí! — Coroko se emociona por la idea, pegando un salto para reincorporarse.

Después de unas horas más entrenando, estos visitarían el pueblo. Coroko se adelantaría bajando rápido gracias a ir trepando como si fuera un primate, incluso usando su cola, la cual ya se ha hecho más grande y peluda.

Cuando llega, todos los habitantes lo saludan, algunos sonríen de solo verlo. Este entra al local de Mai saludándola con un abrazo desde atrás, sorprendiéndola, mientras que ella atendía a dos hombres que platicaban de algo que parecía importante.

—¡Mai!

—¡Mi Coroko! Estás muy grande. ¿Quieres galletas de miel?

—¡Sí! — Coroko empieza a comer las galletas que estaban en una bandeja que Mai le dejó listas, pero en eso escucha la conversación de los tipos de al lado.

—Parece que en el reino Yan habrá un gran evento. ¿Lo sabías?



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En el texto hay: humor, pelea, adventura

Editado: 03.05.2026

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