Después de cuatro días, nuestros aventureros ya casi están cerca de llegar al palacio del reino Qi. Solo queda atravesar un pueblo para poder acceder al camino que lleva al reino. Durante este tiempo, Hao ya pudo comprender un poco mejor su uso del Chi. También Coroko ya se había terminado de recuperar de su pelea contra Neng. Baxian estuvo aprovechando el tiempo dándole una serie de ejercicios a ambos que ayudarían a su progreso. Y Hua… sigue siendo Hua.
Mientras Coroko conducía con Hua al hombro contando anécdotas, reales o no, Hao seguía meditando dentro de la carreta bajo la supuesta "supervisión" de un Baxian que de a ratos se distraía o solo se dormía. Aunque esto a Hao no le importaba, más le importaba el hecho de estar tan cerca de casa y de enfrentar a su padre.
—Despeja tu mente… No sientas odio… — Hao intenta hablarse a sí misma en su cabeza para no perder la concentración. — Mantente tranquila… — Pero cada vez que intenta mantener paz para meditar, las palabras de su padre el día que escapó resuenan sin piedad, haciendo que se enfurezca cada vez más, haciendo que cada vez un poco de su Chi salga de su cuerpo como si fueran pequeñas llamas ardientes.
Baxian nota esto, y antes de que Hao queme o explote su único medio de transporte, interviene.
—Si rompes esta carreta, ¿cómo piensas llegar a Qi?
—Lo sé… Pero cada vez que intento calmar mi cabeza, la voz de mi padre me hace perder los estribos.
—Eso es porque todavía tienes odio en tu corazón — declara Baxian con tono relajado. — No puedes calmar tu mente si no calmas primero el corazón. Si sigues así, nunca podrás dominar realmente el Chi… que yo sepa.
—Ira en mi corazón… — piensa Hao.
—¡Ya llegamos! — Coroko no daría más tiempo antes de anunciar que ya llegaron al siguiente pueblo, parando de golpe la carreta.
—¡Es Chang, Chang! — declara Hua.
—Intenta averiguarlo antes de que lleguemos a Qi, ¿bueno? — Baxian se baja sin más de la carreta.
—¿Por qué Baxian siempre me deja que averigüe todo por mi cuenta? — piensa Hao con indignación.
Al ya estar todos en la entrada del pueblo, estos notan un cartel con un pequeño dibujo tachando una especie de carruaje.
—¡Qué mala suerte! Solo se puede atravesar a pie…
—¿Para qué tendrán esa regla? … Con lo amigables que son mis caballos — dice Coroko con un poco de pena.
—Bueno, en realidad este pueblo es característico por sus calles estrechas. Una carreta normal cabría, pero no podría dejar paso al resto — explica Baxian.
—Pero no podemos dejar la carreta aquí sin más… Además, hay que tener mucho cuidado. Puede que estén cerca los guardias del palacio real — Hao intenta pensar una forma de avanzar sin dejar atrás a los potros.
—¡Hua ser la respuesta! — Hua se acerca, sube a la carreta mientras da su anuncio. — ¡El gran Hua guiará a los caballos rodeando el pueblo!
—¡Ja! Sí que tienes iniciativa, ¿no, Hua? — dice Baxian. — Tu idea es buena, pero será mejor si yo me hago cargo.
Hua se cruza de brazos… de alas, mirando con enojo a Baxian.
—¡Insensato! ¿¡Te atreves a cuestionar mi habilidad para el manejo!? — reclama furioso.
—Tampoco te enojes. Solo digo que… — Baxian no podría terminar su frase.
—¡Muy bien! Puedes manejar tú, pero yo te acompañaré. ¡Veré por mis propios ojos cuando choques de forma patética! — exclama mientras entra a la carreta.
—Si tú lo dices… — Baxian se sube resignado para empezar a conducir.
—¿Por qué solo ustedes dos? Tendríamos que ir todos — pregunta Hao.
—Quiero ver qué tan bien se las pueden arreglar por su cuenta. ¡Esto será como una prueba más! — Baxian, luego de su explicación, hace que los equinos arranquen sin quedarse a hablar más tiempo.
—Espero que cuide bien a mis caballos… — piensa Coroko. — Bueno, ¿lista para entrar?
—Espero que no me reconozcan tan fácil… — dice para sí misma. — Sí, vamos.
Al entrar, estos caminan por las calles apretadas pero muy bien cuidadas. A diferencia de Kalel, en Chang hay más gente y ruido por las calles por donde se mire. Hao avanza con la cabeza baja intentando disimular. Coroko intenta buscar el camino para poder dirigirse al palacio.
Mientras caminan, Coroko nota un aroma muy familiar proveniente de una pequeña tienda, un olor que reconocería hasta sin nariz: el olor a galletas de miel recién hechas. Este se detiene en seco al olerlo maravillado, recordando la cocina de su querida Mai.
—¡Coroko! — Hao lo saca del trance. — No te quedes quieto, tenemos que irnos rápido — exige mientras lo toma del brazo.
—Pero… — Coroko mira con ansias la pequeña tienda mientras es arrastrado.
Después de caminar un poco más por las apretadas calles, Hao observa que la gente se reúne en círculo unos metros más adelante, junto con una voz imponente que le suena conocida. Al acercarse con cautela, mira entre la gente viendo un grupo de soldados a caballo con un cartel de búsqueda pintado en el medio con su rostro. Mientras el General toma la palabra.
—Escuchen, pueblo Chang — el General se levanta un poco su kabuto. — La joven princesa Hao ha desaparecido. El Rey está devastado. Ha puesto la modesta recompensa de: ¡1000 monedas de oro para el que logre encontrarla! — exclama mostrando el valor pintado en el pequeño cartel junto con la cara de Hao, mientras todo el pueblo estalla en murmullos.
Hao entra en pánico ante las palabras del General, pero más grande se haría su pánico al ver que Coroko ya no estaba a su lado. Hao lo busca con la mirada con desespero, viendo a Coroko acercarse a la pequeña tienda, hipnotizado por el olor a galletas.
—¡Coroko! — Hao intenta salir de la multitud intentando seguir a Coroko, pero cae por error luego de atravesar el cúmulo de gente, llamando la atención de varias personas.
—¡Es ella, ahí está! — exclama un civil.
El General se acerca montado en su imponente caballo que dobla su tamaño. Este observa a Hao en el suelo, confirmando su identidad. Al bajarse, la toma del brazo mientras dicta una sentencia.