Corona De Fuego Azul

CAPÍTULO 1: HÍBRIDO NO REGISTRADO

El aire en la frontera sabía a cobre y ceniza. Auren se ajustó el pañuelo sobre la nariz, aunque sabía que el veneno de ese lugar calaba más hondo que los pulmones.

Estaba en la "Cicatriz Verde", una franja de bosque muerto entre Novastra y Kraz que los soldados del sur usaban como vertedero y campo de tiro. Donde otros veían chatarra, Auren veía patrones. Los esqueletos oxidados de viejas máquinas de guerra se mezclaban con árboles negros que llevaban décadas sin dar una sola hoja. No había pájaros. El silencio era pesado, solo roto por el sonido denso de sus botas hundiéndose en el lodo tóxico.

Auren sabía que estaba siendo seguido desde que bordeó el Bosque de los Perdidos. Había mantenido su paso constante, esperando que su acosador fuera un simple bandido que se daría por vencido al adentrarse en las profundidades venenosas del vertedero. Pero quienquiera que fuera, era terco.

Agarró su pico y su bolsa de recolección, cruzó la línea de seguridad y se adentró en la niebla química. A cada paso, las botas se le hundían en un lodo que olía a historia quemada. A su derecha, el esqueleto oxidado de un tanque de Kraz yacía devorado por enredaderas negras. Auren se detuvo una fracción de segundo, rozando el metal frío con los nudillos. «Aquí se conocieron», pensó, reprimiendo un escalofrío. Era irónico que él estuviera ahora escarbando en la tumba de ese romance. Pero no había tiempo para la nostalgia; el instinto asesino que le perforaba la nuca le advirtió que el enemigo ya estaba en posición.

Se arrodilló sobre el lodo negro. Puso la palma desnuda en el suelo y cerró los ojos, bloqueando el mundo gris. No usó un escáner tecnológico; usó algo más viejo. Su sangre mestiza vibró.

Sintió un pulso débil. Una ola de calor suave, envolvente, que latía bajo las capas de aceite y tierra podrida. Era una melodía ahogada por la radiación tóxica, pero inconfundible. A pesar del frío y la muerte que lo rodeaban, ese pulso se sentía exactamente como los abrazos de su madre cuando era niño. Esa sensación de seguridad absoluta.

Ahí estaba. Fuera lo que fuera que estuviera enterrado, tenía la firma de ella.

Pero la presencia a sus espaldas no había desaparecido. Desenterrar ese objeto ahora sería un error fatal; no podía permitirse tener las manos ocupadas ni revelar la ubicación exacta de su única pista.

Auren abrió los ojos. Con total naturalidad, se puso de pie y caminó unos cinco metros alejándose del punto exacto donde latía la herencia de su madre. Se detuvo frente a un montículo de chatarra inútil, agarró su pico con ambas manos y fingió empezar a excavar. Golpeó la tierra una, dos veces, haciendo ruido a propósito.

Mientras sus brazos se movían, sus oídos captaron lo que esperaba: el crujido levísimo del lodo a sus espaldas. El enemigo se estaba acercando despacio, confiado, creyendo que Auren estaba distraído con la excavación.

Auren tensó los músculos de las piernas, listo para esquivar la estocada por la espalda.

Sin embargo, el ataque no vino de atrás. Vino de arriba.

El aire sobre su cabeza silbó con una presión antinatural. Auren levantó la vista justo a tiempo para ver una sombra masiva bloqueando la poca luz que se filtraba por la niebla tóxica. Una roca del tamaño de un carruaje caía en picada, directo a aplastarlo contra el lodo.

El instinto de supervivencia tomó el control. Auren no lo pensó, su cuerpo simplemente reaccionó antes de que su cerebro diera la orden. Una ráfaga súbita de viento pareció arremolinarse bajo sus botas, casi imperceptible en medio de la tensión, empujándolo hacia atrás con una ligereza antinatural en el instante exacto en que el peñasco colosal se estrellaba contra el suelo.

El impacto fue ensordecedor. La tierra tembló y una ola de fango negro salió disparada en todas direcciones. Auren aterrizó sobre sus dos pies, rígido, usando sus rodillas como amortiguadores para negarse a rodar y evitar que su piel desnuda tocara la escoria tóxica de la zona.

A través de la cortina de polvo y humo químico, una silueta aterrizó pesadamente frente a él.

Auren reconoció la armadura gastada al instante. Suspiró, con un cansancio que iba más allá del físico. —Tú... otra vez.

—Así que sobreviviste —escupió el mercenario, sacudiéndose la ceniza del hombro—. Bueno, no esperaba que una simple roca te matara.

Auren no movió la mano de la empuñadura de su cuchillo táctico. Su voz salió plana, sin una gota de emoción. —Si tienes problemas de resentimiento, ¿por qué no la buscas a ella y me dejas en paz? Yo ya no cazo con ese gremio.

El rostro del mercenario se contorsionó en una máscara de pura rabia. —¡Porque no sé dónde carajos se metió! —rugió—. ¡Así que vas a tener que pagar tú por lo que me hizo esa maldita perra!

El tipo llevó la mano a su cinturón y desenvainó una daga curva. Auren entrecerró los ojos al ver que la hoja no era de acero, sino de hueso poroso. Con un chasquido sordo, el mercenario incrustó un topacio en la ranura de la empuñadura. Auren reconoció la trampa mágica al instante. La gema se iluminó con un brillo amarillo enfermizo y el suelo bajo sus pies comenzó a convulsionar.

—Este vertedero será tu tumba —sentenció el hombre.

El lodo tóxico a su alrededor empezó a burbujear como agua hirviendo. De la tierra podrida y el óxido surgieron tres masas amorfas que rápidamente tomaron forma. Eran golems de fango denso, con pedazos de chatarra incrustados a modo de armadura. Las bestias de tierra giraron sus cabezas sin rostro hacia Auren y, con un rugido que sonó como piedras triturándose, se lanzaron contra él.

Las tres bestias cargaron con una torpeza pesada pero letal, haciendo temblar el suelo tóxico.

Auren no retrocedió. Esperó el último cuarto de segundo. Cuando el primer golem lanzó un gancho brutal, Auren pivotó sobre su talón, esquivando el golpe por milímetros. Atrapó la gruesa muñeca de lodo endurecido del monstruo y, usando el propio peso de la criatura como ancla, canalizó el impulso en un giro violento en el aire. Conectó una patada circular devastadora directo al cuello del segundo golem.



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En el texto hay: magia, fantasia oscura, slow burn

Editado: 29.03.2026

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