Corona De Fuego Azul

CAPÍTULO 3: SANGRE EN EL YUNQUE

El teleférico descendió a través de capas de aire cada vez más denso hasta la estación base del Sector 5, conocido como "El Yunque". Apenas las puertas se abrieron, el cambio fue brutal. El olor a ozono limpio del Sector 3 fue reemplazado por una mezcla pesada de aceite de motor, humo de refinería y comida callejera frita.

Estaban a nivel del suelo, en la periferia industrial de la capital. Aquí no había mármol ni robots de limpieza. Las calles eran de concreto agrietado, permanentemente manchadas de grasa. Gigantescas plantas de ensamblaje y almacenes de metal corrugado dominaban el paisaje, sus chimeneas escupiendo vapor al cielo gris. El ruido era constante: martillazos hidráulicos, sirenas de montacargas y el rugido lejano de la maquinaria pesada.

Auren y Helena se mezclaron con la marea de obreros. Hombres y mujeres con overoles de trabajo manchados, cascos bajo el brazo y loncheras metálicas se movían en enjambres, entrando y saliendo de las fábricas durante el cambio de turno. Sus rostros estaban cansados, curtidos por el trabajo duro, un contraste radical con los estudiantes despreocupados de las zonas altas.

Caminaron por la calle principal, que, aunque sucia, era ancha y relativamente segura, ya que era la ruta de entrada peatonal a la capital. Pero su destino estaba más adentro. Se desviaron hacia una red de callejones estrechos y bulliciosos, donde el verdadero comercio del Sector 5 cobraba vida.

Este era el Mercado de las Sombras. Puestos improvisados con lonas y mesas de madera se apiñaban uno contra otro. Aquí se vendía de todo lo que los sectores superiores desechaban o ignoraban.

—¿Qué es exactamente lo que estás buscando? —preguntó Helena, esquivando a un vendedor que ofrecía pinchos de carne de dudosa procedencia.

Auren escaneaba los puestos con ojo clínico, ignorando las miradas curiosas que atraían las bolsas de lujo que Helena llevaba. —Quiero algo de ropa sencilla para estar en casa. Y quizá unos lentes para leer...

Helena soltó una carcajada, provocando que un par de mecánicos se giraran a mirarla. —¿Lentes? ¡Jajaja! Me muero por verte con lentes de intelectual. Pero espera... ¿tú lees?

—Es un hábito reciente —mintió Auren con su tono neutro—. Pero continuemos antes de que oscurezca.

Se adentraron más en el laberinto de puestos, llegando a una zona dedicada a la chatarra tecnológica y artículos de segunda mano. Montañas de cables enredados, catalizadores mágicos con los cristales rotos, juguetes mecánicos a los que les faltaban extremidades y pilas de partes de androides desechadas —brazos, cabezas sin ojos, torsos huecos— se amontonaban por todas partes.

—Mira todo lo que se puede conseguir aquí —dijo Helena, levantando un brazo robótico oxidado—. Si supieras de reparación, podrías hacer una mini fortuna arreglando y revendiendo esta basura.

—Ya hay mucha gente haciendo eso —respondió Auren, pateando suavemente una carcasa de unidad de pulso—. Pero debes viajar a otras ciudades de Novastra para poder venderlos. La gente de los sectores superiores no suele comprar cosas reparadas; prefieren comprar nuevo.

Helena dejó el brazo robótico con un suspiro. —A veces olvido que el mundo no se acaba en los muros de la capital. ¿Es cierto que afuera la gente no vive apilada en sectores como nosotros?

—Allá afuera no necesitan construir torres hasta el cielo para separar a los ricos de los pobres —respondió Auren, encogiéndose de hombros mientras revisaba un engranaje—. Las ciudades son más planas, pero tienen la misma tecnología. Aunque, claro... si te vas muy al sur, hacia la frontera, la historia es otra. Ahí solo encuentras lodo y chatarra.

Helena se quedó pensativa un momento, observando a una familia de obreros que contaba monedas para comprar un repuesto usado. —Supongo que no todos son tan afortunados como nosotros... —murmuró, con un tinte de tristeza en la voz.

Afortunados... pensó Auren con amargura, sintiendo el peso del libro metálico invisible en su memoria y el de la sangre híbrida en sus venas.

Entraron en una tienda de campaña grande que funcionaba como bazar de ropa usada. El olor a humedad y naftalina era intenso. Helena se dedicó a revolver los contenedores de ropa de mujer, buscando alguna joya oculta, mientras Auren iba directo a la sección de abrigos.

Sus ojos se clavaron en un suéter de lana gruesa. Era de un color marrón apagado, estaba lleno de motas y tenía un aspecto lamentable, como si hubiera pertenecido a un abuelo ermitaño. Era perfecto.

—¿Vas a comprar eso? —preguntó Helena, arrugando la nariz al verlo sostener la prenda. —Parece cómodo, ¿no? —Parece viejo —replicó ella—. Además, creo que te va a quedar muy grande, y ese color es muy... deprimente. —Es solo para estar en casa —insistió Auren, imaginándose ya con la máscara puesta y ese suéter ridículo—. Además, a donde iré hace frío. Quiero tener algo cómodo para vestir en interiores.

Helena rodó los ojos y siguió revisando unos cajones llenos de chatarra variada cerca de la entrada. De repente, soltó una risita maliciosa. Había encontrado unos anteojos viejos, con un marco de pasta negra absurdamente grueso y cristales rayados.

Se acercó a Auren por la espalda. —¡Hey, soldado!

Auren se giró y, antes de que pudiera reaccionar, Helena le plantó los lentes en la cara. Se echó a reír a carcajadas al ver el resultado. El temible Auren ahora parecía un bibliotecario confundido.

—¡Jaja! Dijiste que buscabas lentes, ¿no? Pues ahí están. Te quedan... interesantes.

Auren se miró en un pedazo de metal pulido que encontró entre la chatarra. El reflejo le devolvió una imagen patética e inofensiva. Exactamente lo que necesitaba.

—Creo que me sirven —dijo con seriedad.

Helena dejó de reír de golpe. —Oye, oye, estaba jugando contigo. Esos lentes están horrendos. Pareces mi abuelo. —No necesito que sean bonitos —respondió Auren, quitándoselos para pagar—. Además, tenemos que irnos antes de que oscurezca. No quiero perder más tiempo.



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En el texto hay: magia, fantasia oscura, slow burn

Editado: 29.03.2026

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