Cuando la cabina se detuvo en la estación del Sector 4, Helena se soltó suavemente del abrazo y se puso de pie. Mientras descendían a la calle, Auren se quitó el suéter roto y lo guardó junto con los lentes. Al hacerlo, Helena pudo notar cómo los brazos y el torso del chico estaban cubiertos de moretones oscuros y rasguños, algunos bastante profundos. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato, prefiriendo guardar silencio.
Caminaron a paso rápido por las calles limpias y silenciosas. Auren se debatía internamente. Los padres de Helena siempre habían sido cordiales con él, pero sabía perfectamente que no aprobaban su amistad.
Si la llevo a su casa en este estado, sus padres se volverán locos y pensarán lo peor de mí, pensó, mientras se acercaban a la zona residencial donde estaba su edificio.
—Oye, ven a mi casa —soltó Auren de pronto—. Tengo tiras adhesivas y desinfectante para tu herida.
Helena lo miró de reojo, esbozando una media sonrisa cansada. —Oye tú. No deberías invitar a tu casa a una señorita tan alegremente.
—Si ya tienes energía para bromear, es que ya estás mejor. Entonces te pondré puntos de sutura.
—¡No, no, no! —se apresuró a decir ella, abriendo mucho los ojos—. Las tiras adhesivas están perfectas.
Llegaron al apartamento. Auren desbloqueó los tres cerrojos manuales y la puerta se deslizó con suavidad. Al entrar, Helena se quedó parada en el umbral, parpadeando un par de veces. Sabía que su amigo era disciplinado, pero el nivel de pulcritud del lugar la dejó sin palabras.
Todo estaba impecable, desde las plantas de interior que le daban una vida inusual a la sala, hasta una pared al fondo cubierta con herramientas mecánicas perfectamente alineadas por tamaño. Se sintió repentinamente cohibida; en medio de todo ese orden absoluto, lo único sucio y fuera de lugar eran ellos dos.
Auren fue directo al baño, encendió el calentador de agua y luego sacó una silla de madera, colocándola en el centro de la sala. Helena supuso que no quería que manchara su impecable sofá de tela.
—Siéntate aquí —indicó él.
Helena obedeció, dejándose caer con pesadez. Auren se situó detrás de ella. De pronto, el clic metálico y el zumbido de una máquina de cortar cabello rompió el silencio. Helena intentó levantarse de un salto, pero la mano firme de Auren en su hombro la mantuvo clavada en la silla.
—Quédate quieta. —¿Qué vas a hacer? —preguntó, con el pánico asomando en la voz, forcejeando inútilmente contra su agarre. —Debo cortar un poco el cabello alrededor del corte para desinfectar bien la zona antes de poner las tiras. —¡No, no, no! ¡Claro que no!
Auren apagó la máquina con un suspiro. —Confía en mí. Cortaré lo mínimo necesario. Prometo que ni siquiera se notará. Sé lo importante que es tu cabello para ti... —Hizo una pausa, y su tono se suavizó—. Aún recuerdo cómo lloraste cuando te lo recortaron el primer día de servicio, después de la academia.
Helena se tapó la cara con ambas manos, muerta de la vergüenza. —¿Aún recuerdas eso? Mejor recuérdame sonriendo, desgraciado.
—Yo recuerdo todos nuestros momentos, no solo ese —replicó Auren, mirándola desde arriba—. ¿Puedes confiar en mí?
Helena bajó las manos, rindiéndose. —Está bien. Pero más te vale que sea solo un poco. Solo un poco, Auren.
—Lo será. ¿Compraste ropa en el mercado, verdad? —Algunas prendas que me llamaron la atención. ¿Por qué? —Porque deberías tomar un baño primero. Tienes mucha sangre seca pegada en el cuero cabelludo, no podré trabajar bien así.
Helena se quedó callada, mirando al suelo.
—¿Qué pasa? —preguntó él. —Es que... la verdad, me da vergüenza usar tu baño. —Olvídate de eso y apresúrate. Hay que evitar que la herida se infecte, y debo llevarte a tu casa antes de que sea muy tarde o tus padres se preocuparán. —Sabes que ya no vivo con mis padres, Auren. —Pero viven en la misma cuadra y... —Está bien, ya, ya voy —lo cortó ella, levantándose con la bolsa de sus compras.
Mientras Helena se metía al baño, Auren preparó la mesa: desinfectante, un spray con antibióticos, gasas y las tiras adhesivas.
—¡No me espíes, eh! —gritó Helena desde el otro lado de la puerta. —Hay una lavadora ahí adentro, pon tu ropa sucia a lavar —le respondió él, ignorando la broma.
Cuando Helena salió, envuelta en una nube de vapor y con ropa limpia y holgada, Auren ya la esperaba de pie junto a la silla.
—Siéntate.
Mientras Auren apartaba con delicadeza los mechones mojados alrededor de la herida, notó cómo Helena daba pequeños saltos en la silla, tensando la mandíbula por el ardor.
—Tranquila, no tardaré mucho —susurró él.
Encendió la máquina y rasuró con precisión quirúrgica solo el área afectada. Limpió la sangre restante con extremo cuidado y colocó las tiras para cerrar la piel. Al ver la herida limpia, Auren apretó los labios. Era más profunda de lo que pensaba. Una punzada de culpa le atravesó el pecho por no haber llegado a tiempo al callejón.
—Terminamos.
Helena soltó un largo suspiro de alivio. —Qué bueno, porque un segundo más y hubiera gritado —dijo, soltando una risita nerviosa—. Lo dudo mucho pero igual preguntaré: ¿tendrás una secadora de cabello por casualidad?
—De hecho, sí. —¡Ah, qué bien! —exclamó con genuino alivio—. No quiero salir de aquí con el cabello empapado. —¿Y qué importa eso? —Es que si alguien me ve... ¡Tú solo préstamela y ya! —Está bien, iré a buscarla.
Auren regresó con el aparato y se lo entregó. —Tomaré un baño mientras te secas el cabello. Después te acompañaré a tu casa.
Helena asintió, encendiendo la secadora. El ruido llenó la sala mientras el agua corría en el baño. Los minutos pasaban y Auren aún no salía. Helena apagó la secadora, dejando que el silencio de aquel refugio analógico la envolviera de nuevo. Paseó la mirada por la sala, maravillada por el orden obsesivo de las estanterías.
¿Estará así de ordenada también su habitación?, se preguntó.
Editado: 19.04.2026