La estación era un hormiguero de metal pulido y ecos. Novastra presumía de su limpieza, pero a Auren siempre le pareció estéril, como un hospital gigante. Mientras esperaba en el andén, las pantallas holográficas escupían el himno nacional, seguidas de esa voz sintética y demasiado alegre que el gobierno usaba para vender mentiras.
—¡Ciudadano! Garantiza tu futuro. La paz se construye con fuerza.
En las pantallas gigantes aparecieron los tres rostros que Auren más detestaba. Los "Tres Grandes" del Oeste.
Ahí estaba Vorkell, el "Almirante Blanco", sonriendo con esa elegancia sádica que helaba la sangre. A su lado, Grom, el tanque humano, saludando como un héroe de historieta. Y en la esquina, la silueta inquietante de Xibalbá, envuelto en misterio para vender miedo a los enemigos y seguridad a los tontos.
—Si eres un Híbrido no registrado, recuerda: tu don es un recurso nacional. Únete a la Iniciativa Quimera. Sé como ellos.
Auren se ajustó el cuello de la chaqueta, sintiendo una náusea que no tenía nada que ver con la radiación de la Cicatriz.
—Claro... —murmuró para sí mismo, apretando la correa de su mochila—. Unirse para ser un perro de circo con correa de oro. Vendidos.
Su padre se lo había advertido mil veces: "Si saben lo que eres, te convertirán en un arma o en un trofeo. Nunca en una persona". Auren prefería ser un fantasma pobre que una celebridad esclava.
El tren de levitación magnética llegó sin hacer ruido, deslizándose por el riel como una serpiente de mercurio. El interior olía a limón químico y aire acondicionado; todo lo opuesto a los vagones de ganado, ruidosos y llenos de óxido, en los que Auren había viajado hacia Kraz unos días antes. Aquí, el silencio era ley.
Auren subió vistiendo su "disfraz" de funcionario: casaca rígida, botas limpias y esa mirada de arrogancia burocrática que hace que nadie pregunte nada. Los guardias de seguridad ni siquiera lo escanearon. En Novastra, un burócrata con prisa es intocable.
El viaje fue rápido, demasiado suave para su gusto. No había vibración, no había traqueteo. Solo velocidad pura.
Miró por la ventana reforzada. Las luces de neón de la capital industrial empezaron a quedar atrás, devoradas por la oscuridad de la periferia. De pronto, el tren cruzó la línea de demarcación forestal. Los edificios de acero dieron paso a una masa negra de árboles gigantes que se tragaban la luz de la luna.
Auren se tensó en el asiento. Esa oscuridad... se parecía demasiado al Bosque de los Perdidos.
Cerró los ojos un segundo, intentando descansar, pero el cambio de paisaje lo había dejado vulnerable. Su mente, traicionera, evocó un olor fantasma. No el limón del tren, sino algo dulce... almizcle y miel quemada.
Y cayó.
[ECO DE MEMORIA: LA FALLA BIOLÓGICA] Sujeto: Auren. Edad: 17 años. Ubicación: Bosque de los Perdidos (Zona Profunda).
05:00 AM. Mi reloj interno dio la alarma, pero el cuerpo ignoró la orden.
Sentía un peso sobre el esternón. Caliente. Suave.
Elara dormía sobre mí. Tenía una pierna entrelazada con las mías y su respiración lenta me rozaba el cuello.
El pánico no tardó en llegar. No era el miedo a morir, era algo peor: el terror a la pérdida total de autonomía. Mi mente, esa fortaleza que papá había construido ladrillo a ladrillo durante años, tenía las puertas abiertas de par en par. El enemigo ya estaba adentro.
«Sal de ahí. Ahora. Muévete.»
La orden fue interna, fría, desesperada.
Me moví milímetro a milímetro, deslizando mi cuerpo fuera de su abrazo como si estuviera desactivando una mina de presión sensible al tacto. Si la despertaba, si ella abría los ojos y ese olor volvía a saturar el aire... estaba jodido. Me convertiría en su mascota.
Logré rodar hacia la piedra fría. El cambio de temperatura me erizó la piel, pero el frío me ayudó a pensar.
Me puse de pie, desnudo en la penumbra, y ubiqué mi equipo esparcido por el suelo. Me vestí en silencio absoluto: primero los pantalones, luego las botas. Mis manos temblaban ligeramente —una falla motriz inaceptable—, pero las obligué a funcionar.
«Solo agarra el equipo y corre. No mires atrás.»
Agarré el arnés táctico. Ajusté la primera correa.
Click.
El sonido metálico de la hebilla sonó en la cueva como un disparo de cañón. Me congelé.
Desde el suelo, entre las pieles, hubo movimiento.
Elara despertó con el sonido. La luz gris de la mañana empezaba a iluminar la cueva. Yo ya estaba de pie, terminando de ajustar las correas con movimientos que se volvieron torpes y nerviosos.
—¿Te vas? —preguntó ella, con la voz ronca de sueño.
Me tensé, mis músculos se volvieron madera, pero no me giré.
—No debía involucrarme con nadie —dije, con la voz más dura que pude fingir—. Se suponía que nadie debía ver mi cara. Por eso llevaba esa máscara de roble... la que tú partiste en dos anoche.
Escuché el roce de la piel contra la piedra. Pasos ligeros. Elara se levantó. Desnuda, sin vergüenza alguna, caminó hacia mí y me abrazó por la espalda. Apretó su pecho contra mi espalda, justo sobre las cicatrices del entrenamiento.
—No te quejes... —susurró cerca de mi oído, su aliento cálido erizándome la nuca—. Tenía que romperla; necesitaba ver tu carita. Y tranquilo, no le diré a nadie que estuviste aquí... ni siquiera sé tu nombre.
Y entonces, el ataque químico.
El olor. Ese aroma dulce, almizclado y peligrosamente embriagador me golpeó de nuevo. Era como inhalar cloroformo mezclado con miel. Mis rodillas flaquearon. Sentí cómo mis pupilas se dilataban, tragándose la poca luz de la cueva. Mi corazón, que intentaba calmar siguiendo los ejercicios de respiración de papá, se disparó como un motor sobrecalentado.
—Mi... nombre... —jadeé, luchando por meter aire limpio en los pulmones—. Auren.
—Así que Auren... —Ella sonrió contra mi hombro, deslizando sus manos hacia abajo, trazando los músculos tensos de mi abdomen—. Es un lindo nombre.
Editado: 19.04.2026