Auren se alejó de la estación, dejando atrás el silbido del tren y adentrándose en el bullicio orgánico de la zona comercial. Aquí el aire no olía a carbón ni a desinfectante, sino a especias fuertes, sudor de bestia y madera húmeda.
Eligió un caravasar abierto, una estructura de techo de paja donde varios viajeros se agrupaban bajo la sombra para escapar del sol del mediodía. Detrás del mostrador, un hombre mayor de brazos curtidos servía cuencos de barro con una eficiencia ruda. Tenía el ceño fruncido y una cicatriz fea, de esas que dejan los cuchillos oxidados, cruzándole el lado derecho del cuello.
Auren se acomodó la mochila y se sentó, desplegando su mejor sonrisa inofensiva.
—Buenas tardes, jefe. ¿Qué tiene que reviva a un muerto? Si tiene algo con carne, se lo agradezco.
El viejo levantó la vista. Auren esperaba un gruñido, pero la cara del hombre se rompió en una sonrisa genuina, casi paternal.
—Sale una orden de estofado de montaña —dijo con voz rasposa—. Ya se la traigo.
Auren relajó los hombros. Aprovechando que el lugar estaba medio vacío, sacó su mapa de Nemyris y lo alisó sobre la madera pegajosa. Su dedo trazó la ruta hacia el norte, hacia la capital, pero sus ojos se desviaron involuntariamente hacia el gran espacio vacío en el sur del mapa. No había ciudades marcadas allí. Solo un color amarillo pálido y la palabra "Inhóspito".
De pronto, una sombra cayó sobre el mapa junto con el golpe sordo de un cuenco de barro. El vendedor acababa de dejar el estofado humeante frente a él, pero no se retiró. Se había quedado parado ahí, limpiándose las manos en el delantal, mirando exactamente donde Auren tenía el dedo.
Auren tomó la cuchara y se llevó el primer bocado a la boca. Mientras masticaba la carne caliente, el viejo rompió el silencio.
—No hay nada ahí abajo, muchacho —dijo el viejo en voz baja—. Solo arena y demonios viejos.
Auren levantó la vista, masticando despacio.
—Mi padre decía que a veces los mapas están vacíos porque la gente tiene miedo de dibujar lo que hay ahí.
El viejo soltó una risa seca, sin humor. Se inclinó un poco sobre la mesa, bajando la voz a un susurro conspirativo que hizo que Auren tensara los músculos, listo para cualquier cosa.
—Tu padre era un hombre sabio. Pero en ese desierto, el miedo está justificado. —El hombre miró a los lados, asegurándose de que nadie escuchara—. Dicen que Lady Ashara no recibe visitas. Y sus hijos, los Cultistas de la Arena... bueno, ellos tienen la mala costumbre de desollar a los viajeros que no conocen los rezos antiguos.
Auren sintió un escalofrío. Lady Ashara. Otro nombre para la lista de amenazas.
—Gracias por el consejo, jefe —dijo Auren, cerrando el mapa con naturalidad—. Me mantendré en el asfalto. Solo busco ruinas de piedra, no de arena.
—Hace bien. —El hombre le dio un par de palmadas en la mesa y volvió a su cocina—. Coma rápido, que la noche cae pronto en el valle.
Auren terminó su comida en silencio. Cultos, desolladores y diosas prohibidas, pensó. Anotado: El sur es muerte. Mi camino es al norte.
El sol empezaba a bajar, pintando el cielo de naranja sobre los tejados de madera de la ciudad fronteriza. La estación de caravanas era un hormiguero. El aire olía a estiércol fresco y cuero curtido.
Auren necesitaba velocidad. Caminó entre las carretas buscando transporte, esquivando bultos y animales, hasta que divisó unos colores brillantes: azul profundo y amarillo ocre. Un muchacho flacucho, con gafas redondas que se le resbalaban por la nariz, estaba terminando de ajustar las correas de dos caballos negros con manos temblorosas. Parecía a punto de tener un ataque de nervios.
—¡Disculpa! —llamó Auren, trotando hacia él—. ¿Vas al norte? ¿A la Biblioteca?
El chico dio un salto y se giró, con los ojos desorbitados mirando el reloj de la torre.
—¡Sí, pero no acepto carga! ¡Voy tarde! —gritó, subiéndose al pescante de un salto—. ¡Tengo una entrega prioritaria que no puede esperar ni un minuto!
—No soy carga, soy turista. —Auren se agarró del borde de la carreta antes de que el chico pudiera azuzar a los caballos—. Pago tarifa de emergencia. Doble.
El chico lo miró, dudando entre la codicia y el pánico absoluto.
—¡Sube ya! —gritó, señalando el asiento a su lado—. ¡Pero sujétate, porque no pienso frenar!
Auren se impulsó y subió de un salto ágil. Apenas su trasero tocó la madera, el chico chasqueó las riendas con una violencia inesperada.
—¡YA! ¡VAMOS!
La carreta arrancó con una sacudida que casi desnuca a Auren.
Lo que siguió no fue un viaje; fue un intento de suicidio asistido. El muchacho, que dijo llamarse Allen, no conducía una carreta; pilotaba un misil de madera. Tomaba las curvas del camino forestal derrapando, haciendo que las ruedas exteriores se levantaran del suelo. Los árboles pasaban como borrones verdes y marrones.
Auren, que había sobrevivido a bombardeos y zonas de guerra, se encontró aferrado al marco del asiento con los nudillos blancos, luchando contra las náuseas.
—¡¿Siempre conduces así?! —gritó Auren sobre el estruendo de las ruedas golpeando las piedras.
—¡Solo cuando voy tarde! —respondió Allen, extrañamente tranquilo a pesar de la velocidad. Se ajustó los lentes con una mano mientras con la otra obligaba a los caballos a tomar una curva cerrada—. ¡Estas bestias son demasiado lentas! ¡Se cansan, se asustan!
La carreta dio un salto en un bache. Auren sintió que su estómago se le subía a la garganta.
—¡Si tuviera mi otro vehículo aquí, ya habríamos llegado! —siguió Allen, como si estuvieran tomando el té—. ¡Ese no come heno ni se queja del lodo!
—¿Otro vehículo? —preguntó Auren, tragando saliva para no vomitar el estofado—. ¿Qué clase de vehículo no usa caba...?
—¡Cuidado, rama baja! —interrumpió Allen, agachando la cabeza.
Auren se agachó justo a tiempo para evitar ser decapitado por una rama de roble. Decidió dejar las preguntas para después. Cerró los ojos y rezó a cualquier dios que escuchara para llegar vivo.
Editado: 19.04.2026