CAPÍTULO 10: JAULA DE ORO (programado para el 2026-04-11 18:00)
Elira se ajustó los lentes, tratando de ignorar el dolor punzante detrás de sus ojos. La luz de la lámpara de aceite parpadeaba sobre la montaña de documentos administrativos que amenazaba con derrumbarse sobre su escritorio.
Cualquier otro noble de Nemyris habría ordenado esos papeles con un simple chasquido de dedos y un hechizo de archivo básico. Ella no. Ella tenía que leer, clasificar y firmar cada hoja con sus propias manos.
Ser la Directora de la Gran Biblioteca sonaba prestigioso en papel, pero en la práctica, era el exilio más elegante del reino. Una jaula de mármol y libros para una mujer que, a los ojos de su familia, nació 'rota'.
Tres golpes secos y rítmicos en la puerta rompieron el silencio.
—Adelante —murmuró, sin levantar la vista del informe de presupuesto.
La puerta se abrió y entró Anastasia, su nueva asistente. A diferencia de los anteriores, que eran viejos eruditos lentos, Ana era joven y eficiente. Traía una caja pesada en los brazos, pero Elira notó de inmediato que algo andaba mal. La chica estaba más pálida de lo normal y tenía unas gotas de sudor frío en la frente.
—Disculpe, Directora —dijo Ana, dejando la caja en la mesa auxiliar con cuidado, aunque tuvo que apoyarse un segundo en el mueble para recuperar el equilibrio—. Acaba de llegar el lote de adquisiciones del Sur. Iba a empezar el inventario, pero recuerdo que en la última reunión dijo que quería hacerlo usted misma.
Elira detuvo su pluma y la miró fijamente.
—Déjalo ahí. Y siéntate un momento, Ana. Estás blanca como el papel de arroz.
—Estoy bien, Directora. De verdad —se apresuró a decir la chica, forzando una sonrisa profesional—. Solo es un mareo. Creo que el estofado del almuerzo me cayó pesado. Ya se me pasará.
Elira arqueó una ceja, escéptica, pero decidió no presionar. En Nemyris, mostrar debilidad era peligroso, y Ana parecía querer mantener su trabajo a toda costa.
—Bien. Pero tómate un descanso de diez minutos. No quiero que te desmayes sobre los incunables. Manchan horrible.
—Entendido. Gracias. —Ana dudó un segundo, mordiéndose el labio mientras se dirigía a la puerta—. Oiga... Directora. Antes de irme... ¿Le puedo hacer una pregunta un poco tonta?
—Depende. ¿Tiene que ver con por qué faltan tres tomos de botánica en la sección C? Porque eso ya lo reporté.
—¡No! Eso ya está resuelto. Es que... escuché un rumor en la cafetería. —Ana bajó la voz, como si las estanterías tuvieran oídos—. Los estudiantes dicen que hay un hada viviendo aquí. Una real.
Elira soltó el aire por la nariz y volvió a sus papeles. Otra vez con eso.
—Ya tardaban en contarte las historias de fantasmas. Supongo que es el rito de iniciación.
—Pero los del turno nocturno juran que escuchan risas cerca de las novelas románticas y que faltan dulces en la cocina —insistió Ana.
Elira sintió un escalofrío involuntario. Ella también lo había escuchado. Aleteos rápidos, páginas pasándose solas y esa risita cristalina que no pertenecía a ningún humano. Pero su mente lógica, forjada para sobrevivir en un mundo mágico que la rechazaba, tenía una respuesta para todo.
—Escucha, Ana. En este reino, la magia no se esconde. La magia hace desfiles, construye estatuas y grita su nombre en las plazas. —Elira firmó el último documento con fuerza—. Si hubiera un hada aquí, ya habría intentado vendernos entradas para su concierto. Lo que escuchas son ratas y viento en las tuberías viejas.
—Supongo que tiene razón... —admitió Ana, aunque no parecía convencida—. Con permiso, Directora.
La chica salió, cerrando la puerta con suavidad.
Elira se quedó sola, escuchando el silencio. "Solo son ratas", se repitió mentalmente, como un mantra. "Ratas con buen gusto literario que se ríen. Nada más".
Tomó su plancheta y se puso de pie. Necesitaba caminar. El olor a papiro y tinta vieja era lo único que lograba calmarla, y revisar el nuevo envío era la excusa perfecta para escapar de la oficina.
Caminó por los pasillos abovedados, disfrutando de la paz de su santuario, hasta que llegó cerca del vestíbulo principal.
Se detuvo en seco.
El murmullo habitual y respetuoso de los estudiantes había desaparecido. En su lugar, escuchó dos voces agudas, exigentes y terriblemente familiares rebotando contra las paredes sagradas de su biblioteca.
—Oh, no... —susurró Elira, sintiendo que el dolor de cabeza volvía con triple fuerza—. Cualquiera menos ellas.
Eran voces que anunciaban problemas. Problemas reales y mimados.
—¡Dile a mi hermana que salga ahora mismo! —exigió una voz vibrante, haciendo que el aire crepitara.
—Por favor, no nos hagas perder el tiempo, buen hombre —añadió la otra voz, suave como la seda pero fría como un glaciar—. O tendré que congelar tu taza de té... contigo sosteniéndola.
Elira se detuvo detrás de una estantería de roble y suspiró. Se asomó con cautela.
En el mostrador de recepción, el pobre encargado estaba pálido, temblando frente a dos figuras que parecían distorsionar la realidad a su alrededor.
Eran Kara y Sara. El "Vórtice Térmico".
Elira vio el daño antes de ver las caras. Donde Kara, vestida con sedas rojas que parecían humear, apoyaba la mano, la madera barnizada del mostrador se estaba ennegreciendo, soltando volutas de humo con olor a pino quemado. Al otro lado, donde Sara, envuelta en azul profundo, rozaba un tintero con la punta del dedo, el líquido se había solidificado en un bloque de hielo negro que ya empezaba a resquebrajar el vidrio.
—Un... un momento, Sus Altezas —balbuceó el recepcionista, atrapado entre el incendio y la hipotermia—. Iré de inme...
Anastasia apareció al lado de Elira, con los ojos como platos y la boca abierta.
—¿Las Princesas Reales? —susurró, con un hilo de voz—. ¿Qué hacen aquí? ¿Tienen una hermana que trabaja en la biblioteca?
Editado: 19.04.2026