Corona De Fuego Azul

CAPÍTULO 11: EL VÓRTICE Y EL CARNICERO

Las gemelas no caminaban; desfilaban. Con Elira atrapada en medio, cada una sujetándole una mano con un agarre que parecía cariñoso pero tenía la firmeza de un grillete, la arrastraron hacia su propia oficina.

Al entrar, la atmósfera cambió. Kara soltó a Elira para inspeccionar el lugar, arrugando la nariz como si oliera leche agria. Sara pasó un dedo enguantado por el borde de una estantería y miró el polvo con una mueca de juicio silencioso.

—¿Pueden decirme qué es eso tan vital que no podía esperar? —preguntó Elira, cruzándose de brazos para recuperar un poco de autoridad—. Tengo una biblioteca entera que administrar.

—Este lugar es deprimente, Elira —dijo Kara, girando sobre sus talones—. Sabes que podías haberte quedado en el Ala Este del Palacio con nosotras, ¿verdad? Ahí hay luz, hay jardines... no hay moho.

—Kara, déjala —intervino Sara con voz suave, limpiándose el guante—. Además, ya no tiene sentido discutir la decoración. No estará aquí mucho tiempo más.

Elira sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué quieres decir con eso?

Sara sonrió, una sonrisa plácida y terrorífica.

—Papá quiere que regreses a casa. Lo más pronto posible.

—¿Ah, sí? —Elira soltó una risa seca, incrédula—. ¿Y puedo saber por qué Su Majestad quiere ver de repente a la hija que ignoró durante cinco años?

Las gemelas se miraron, sonrieron con complicidad y se giraron hacia ella al unísono.

—¡¡TE VAS A CASAR!! —gritaron a la vez, con una alegría explosiva.

Elira parpadeó. Soltó una carcajada nerviosa.

—Jajaja... Es una broma, ¿verdad? Tienen que estar bromeando.

Las gemelas no dejaron de sonreír. Sus ojos, fijos en ella, brillaban con una inocencia angelical que helaba la sangre.

—... ¿Es una broma? —repitió Elira, y esta vez su voz tembló.

—Nop —dijo Kara, saltando sobre el escritorio de Elira para sentarse en el borde—. ¡Papá acaba de cerrar un acuerdo de paz legendario con la Nación de Kraz! Es histórico.

—Y como muestra de buena fe y confianza absoluta —añadió Sara, acercándose a Elira para acomodarle un mechón de cabello suelto—, tú, la Primera Princesa de Nemyris, unirás tu vida con el líder de nuestros nuevos aliados. Te casarás con el Comandante Supremo...

Las dos hermanas respiraron al mismo tiempo y entonaron:

—...El Mariscal Kaine.

El aire salió de los pulmones de Elira como si le hubieran dado un puñetazo.

—¿Saben quién es? —susurró, retrocediendo hasta chocar con sus propios libros—. ¿Acaso han leído algo que no sea el menú de la cocina real en todos estos años? ¡Ese hombre es un carnicero!

—Es un excelente partido —dijo Sara, ignorando el pánico de su hermana—. Los informes dicen que es increíblemente fuerte. Podrá protegerte mejor que cualquier guardia.

—¡Y además, para ser un hombre tan mayor, es guapísimo! —exclamó Kara, suspirando con aire soñador—. ¡Casi al nivel de Sir Valerius!

El nombre detonó en la mente de Elira. Su cuerpo reaccionó antes que su cerebro. Dio un respingo violento, llevándose las manos al pecho como si quisiera protegerse de un golpe fantasma. La imagen de huesos rotos y armaduras doradas cruzó su mente en un flash.

—¡NO! —gritó, perdiendo la compostura—. ¡Están locas! ¡Ese tipo es un demente! ¡Los reportes de inteligencia dicen que le implanta partes mecánicas a sus propios hombres! ¡No me cabe la menor duda de que disuelve gente en ácido por diversión! ¡No voy a ir!

El ambiente en la habitación bajó de temperatura. La sonrisa de Sara no desapareció, pero sus ojos se volvieron fríos como el fondo del océano.

—No es una sugerencia, hermanita.

—Te casarás con él —dijo Kara, bajándose del escritorio y caminando hacia ella. Su voz ya no era juguetona; era acero caliente—. Y...

—...te convertirás en la Reina de Kraz —terminaron ambas, acorralándola contra la estantería.

Elira bajó la mirada, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. La impotencia le quemaba la garganta. Eran más fuertes. Eran las favoritas. Y ella... ella era la moneda de cambio.

—Tienes tres días —dijo Kara, recuperando su tono casual—. Tres días para dejar todo en orden y elegir a tu reemplazo en este vertedero.

—Después de eso, vendremos por ti personalmente —advirtió Sara—. Para asegurarnos de que cumplas con tu deber como...

—...la Primera Princesa de Nemyris.

Las gemelas dieron media vuelta, sus vestidos de seda susurrando en el suelo de madera, y salieron de la oficina sin mirar atrás.

—Nos vemos en tres días, hermanita —canturrearon al unísono antes de cerrar la puerta.

El silencio que dejaron fue ensordecedor. Elira se quedó inmóvil unos segundos, escuchando sus pasos alejarse. Luego, con movimientos torpes y frenéticos, corrió hacia la puerta y echó el cerrojo. Giró la llave dos veces, como si eso pudiera mantener fuera al destino.

Apoyó la espalda contra la madera fría y se dejó deslizar hasta el suelo. Se abrazó las rodillas y, por primera vez en años, se permitió romperse. El llanto salió en sollozos ahogados, dolorosos.

—¿Por qué? —gimió contra sus rodillas—. Nunca le importé... no me ha hablado en cinco años... ¿y ahora esto? Por favor... ayúdame, Diosa Nemyra.

En la penumbra de la oficina, sobre uno de los estantes altos, el aire pareció vibrar levemente. Un destello casi imperceptible, como polvo flotando en un rayo de luz que no existía, observaba a la princesa llorar.

Alguien estaba escuchando. Y esta vez, no era el viento.

***

Nota desde la forja: ¡Elira acaba de ser acorralada y el reloj empezó a correr! ¿Qué hará nuestra Directora ahora que las gemelas le dieron el ultimátum?

​Hago una pausa rápida para mandarles un agradecimiento gigante a todos los que nos están leyendo desde las sombras. ¡Ya pasamos las 170 lecturas! Y un agradecimiento muy, muy especial a esas 3 personas que ya guardaron la novela en su biblioteca. Saber que están ahí acompañando este viaje me llena de energía para seguir forjando Thaldiria. ¡Ustedes son el motor de esta historia!



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En el texto hay: magia, fantasia oscura, slow burn

Editado: 19.04.2026

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