Corona De Fuego Azul

CAPÍTULO 2: HÍBRIDO NO REGISTRADO (Parte 2)

El silencio cayó sobre la Cicatriz Verde, roto solo por el siseo del humo tóxico disipándose lentamente.

—No eras la gran cosa después de todo... —escupió el mercenario, tosiendo por el polvo mientras se agachaba para recoger uno de los cuchillos oscuros de Auren que había quedado clavado en el lodo—. Siempre supe que Elara era la verdadera fuerza del equipo.

Cuando el hombre se enderezó, la sonrisa se le borró de la cara.

En la espesura de la nube negra, dos luces verde esmeralda se encendieron como faros.

El mercenario entrecerró los ojos, intentando descifrar qué demonios estaba mirando. Pero no tuvo tiempo de pensar. Las luces se dispararon hacia él a una velocidad aterradora. El hombre saltó hacia atrás por puro reflejo justo cuando Auren atravesó el humo como un misil.

Su ropa táctica estaba destrozada, quemada por la explosión, pero donde debería haber carne chamuscada y sangre, solo había una gruesa capa de corteza de roble ennegrecida. La madera humeaba, absorbiendo el daño letal de la metralla.

Sin detenerse, Auren giró sobre su eje, lanzando una patada alta. El impacto fue tan brutal que la corteza de su propia pierna crujió y se astilló. El mercenario apenas logró cruzar los brazos para bloquear, pero la fuerza del golpe lo levantó del suelo, haciéndolo rodar hacia atrás por el fango.

El hombre rebotó y se puso de pie rápidamente, jadeando, pero antes de que pudiera alzar su daga, Auren escupió el cuchillo que tenía entre los dientes, atrapándolo en el aire y lanzándolo en un solo movimiento fluido.

El mercenario giró el cuello, esquivando la hoja con una risa nerviosa. El cuchillo pasó de largo y se clavó en la tierra detrás de él.

—¿Qué demonios eres? —jadeó el hombre, retrocediendo al ver con horror cómo la corteza muerta caía del cuerpo de Auren—. ¡Monstruo!

—¿Lo soy? —preguntó Auren. Su voz sonaba áspera, como el roce de dos piedras—. Allá afuera hay peores cosas que yo vistiendo uniformes a las que ustedes llaman héroes.

Avanzó con pesadez, acortando la distancia. —Te di la oportunidad de dar media vuelta y vivir. Si hubieras corrido, estarías a salvo. Pero elegiste quedarte y mirar... y después de ver esto, ya no hay salvación para ti.

El mercenario hizo el amago de retroceder para convocar otro golem, pero su cuerpo no respondió. Un tirón violento a sus espaldas lo frenó en seco.

No había fallado el tiro. Alrededor del pecho y los brazos del mercenario, un cable de polímero casi invisible brilló bajo la niebla. El cuchillo clavado a sus espaldas era el ancla, y Auren tenía el otro extremo enrollado en su guante.

Con un tirón brutal, Auren recogió el cable. El mercenario fue arrastrado hacia adelante contra su voluntad, perdiendo el equilibrio. Quedaron frente a frente. El hombre alcanzó a ver de cerca esos iris grises que ahora ardían con un verde fosforescente, justo un milisegundo antes de que Auren lo recibiera con un rodillazo ascendente que lo impactó de lleno en el rostro, derribándolo con un crujido sordo.

El hombre salió despedido hacia atrás, cayendo pesadamente de espaldas contra el armazón oxidado y volcado de un viejo tanque de Kraz.

Auren caminó hacia él con pasos pesados. Sin decir una palabra, levantó la bota y pisó con fuerza la mano derecha del mercenario, inmovilizándolo contra el suelo y haciendo estallar la daga de hueso de tortuga en mil pedazos. El topacio se hizo polvo.

El grito de agonía del hombre rasgó la niebla.

—¡MALDITO! —sollozó el mercenario, acunando su mano destrozada contra su pecho—. ¡Yo sé lo que eres!

Miró a Auren, respirando con dificultad mientras los últimos pedazos de madera caían de su rostro y sus venas latían con savia verde. La comprensión le iluminó los ojos inyectados en sangre. —Eres un puto híbrido... —susurró, atónito—. Esos ojos... Elara... Elara también los tenía.

Auren no confirmó ni negó nada. Sus ojos recobraron lentamente su color gris ceniza. Caminó en silencio, rodeando al mercenario herido, hasta posicionarse detrás del pesado esqueleto del tanque volcado.

—Te dije que olvidaras el resentimiento —murmuró Auren.

Apoyó ambas manos desnudas contra el metal frío. Usando la fuerza residual de su sangre dríade, empujó. El acero de toneladas rechinó, gimiendo contra el lodo tóxico, hasta que el centro de gravedad cedió.

El tanque se desplomó hacia adelante con un estruendo sordo. El impacto sacudió el fango, y los gritos del mercenario se silenciaron de golpe, tragados por el metal y la tierra.

El silencio volvió a adueñarse de la Cicatriz Verde, roto solo por el siseo del lodo tóxico tragándose la sangre y el metal bajo el tanque.

Ignorando el dolor sordo en sus costillas y el escozor de la piel nueva, Auren dio media vuelta y caminó los cinco metros exactos de regreso a su punto inicial. Se arrodilló en el fango negro. Estaba al límite; la armadura de madera que había invocado para sobrevivir a la explosión le había pasado factura a su lado humano, pero no tenía herramientas para cavar. Solo se tenía a sí mismo.

Apoyó la mano desnuda en la tierra y dejó de resistirse.

No fue magia bonita. Fue brutal.

Sus dedos se alargaron, crujiendo como ramas secas al romperse, hundiéndose en el suelo tóxico como lanzas sedientas. La piel de su antebrazo se endureció de golpe, volviéndose corteza gris y rugosa. Sintió cómo sus huesos se fusionaban, cómo la espesa savia verde reemplazaba a su sangre. El dolor era un fuego frío que le subía por el hombro, amenazando con llegar al cuello y convertirlo en una estatua de madera permanente.

Sus ojos, antes grises, volvieron a brillar con un verde tóxico y antinatural. Las raíces de su mano buscaron en la oscuridad subterránea, guiadas por ese calor imposible, hasta que tocaron metal.

—Auren...

La voz no sonó en sus oídos, sino en la savia que ahora corría por sus venas. Era dulce, perfecta. Era la voz de Aeliana, sonando exactamente igual que cuando le contaba la historia del poeta en el bosque.



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En el texto hay: magia, fantasia oscura, slow burn

Editado: 19.04.2026

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