Corona De Fuego Azul

CAPÍTULO 4: EL REFUGIO ANALÓGICO (Parte 2)

Al salir del bloque de apartamentos, el zumbido eléctrico de Novastra lo recibió de nuevo. Se detuvo un momento frente a la tienda de conveniencia de la esquina. Las luces frías parpadeaban sobre el letrero.

Es una buena oportunidad, pensó. Además, se lo debía. Decidió entrar.

El sonido automático de la puerta anunció su llegada. Helena estaba al fondo, reabasteciendo una máquina refrigeradora de bebidas, llevando su delantal de trabajo sintético. Auren se acercó en silencio, con su habitual paso militar, pero ella captó su silueta en el reflejo del vidrio empañado. Sin dejar de acomodar las latas ni darse la vuelta, lo saludó.

—Hola, Auren. Dame un segundo y te atiendo en la caja. —No vine a comprar nada —respondió él, deteniéndose a un par de pasos.

Helena soltó una risita por la nariz, cargada de sarcasmo. —¿Entonces viniste a verme? —De hecho, así es.

Ella se detuvo en seco, dejó una lata en el estante y se dio la vuelta, limpiándose las manos en el delantal. Lo miró con total incredulidad. —Sí, claro. Ya suelta la sopa. ¿Qué necesitas?

—¿Crees que puedes acompañarme al centro comercial del Sector 3? —dijo Auren, yendo al grano—. Necesito comprar pinceles nuevos y tú eres la única experta en ese tema.

Helena arqueó una ceja. Tenía sentido que acudiera a ella; después de todo, fue Helena quien le había contagiado el hábito de dibujar durante las largas y aburridas noches de guardia en la academia militar. Todo lo que Auren sabía de trazos y proporciones, lo había aprendido viéndola a ella.

—¿El Sector 3? —Helena silbó por lo bajo—. ¿Encontraste un tesoro en tus viajes o qué? Ahí un café cuesta lo que yo gano en una semana. —Más o menos. ¿Puedes escaparte?

La sonrisa de Helena vaciló un poco y bajó la mirada hacia la punta de sus botas. —Anoche dijiste que te irías otra vez pronto... Creía que te ibas a marchar sin despedirte. Como siempre haces.

Auren sintió una punzada de culpa en el pecho, recordando la fuerza con la que le había torcido la muñeca la noche anterior. —Oye... perdón por lo de anoche. Estaba demasiado estresado y solo quería dormir. Déjame compensarte. Te regalaré algo del centro comercial. Lo que te guste.

Helena levantó la vista de golpe. El brillo regresó a sus ojos con una intensidad casi cómica, esa chispa de energía pura que Auren imitaba antes en el espejo.

—¿En serio? —Dijo, entusiasmada, y una sonrisa maliciosa cruzó su rostro—. Haré que te arrepientas de esa oferta, soldado. Le diré a uno de los chicos que me cubra unas cuantas horas. ¡Dame un momento!

—Te esperaré afuera —respondió Auren, sintiendo que la tensión de sus hombros por fin cedía un poco.

Auren llevaba más de veinte minutos esperando apoyado contra la pared exterior, viendo pasar a los obreros del turno nocturno que volvían a casa. Cuando las puertas automáticas finalmente se abrieron, Helena salió.

No llevaba el delantal sintético ni el uniforme de la tienda. Se había cambiado de ropa por completo y llevaba un maquillaje sutil que resaltaba sus facciones bajo el neón azul de la calle.

—¿Te cambiaste de ropa? —preguntó Auren, parpadeando. —¡Ja! Claro que sí —respondió ella, ajustándose una chaqueta de corte mucho más moderno—. Y también me maquillé un poco. ¿No pensarías que iría a la zona de la gente rica vestida como cajera de turno, o sí?

Auren bajó la mirada para revisarse a sí mismo: llevaba una camiseta casual oscura, pantalones tácticos y sus botas militares gastadas. No era exactamente alta costura.

—Jaja, no te preocupes por ti —Helena se rió y le dio un golpecito en el pecho—. Solo deja tus chapas de identificación a la vista. Con eso te ves muy varonil y nadie te va a cuestionar.

Dio una vuelta sobre sí misma, haciendo que la chaqueta ondeara un poco. —Por cierto... ¿Cómo me veo?

Auren la evaluó por un segundo, tan inexpresivo como siempre. —Tú te ves bien con lo que sea que uses.

Helena soltó un suspiro exagerado, dejando caer los hombros. —Aún no sirves para dar cumplidos... Ya vámonos.

Auren la miró confundido, sin entender qué había dicho mal, pero decidió no darle más vueltas y seguirla.

Caminaron un par de cuadras y abordaron uno de los teleféricos que conectaban los distritos. A medida que la cabina de cristal se elevaba, el aire denso y el ruido del Sector 4 iban quedando atrás, reemplazados por una vista panorámica impresionante de la ciudad.

—Mira, Auren. Desde aquí se puede ver tu taller —dijo Helena, apoyando las manos en el cristal y señalando un manchón industrial a lo lejos—. ¿Volverás a la mecánica?

—Solo la aprendí porque ayudaba a mi padre en su trabajo —respondió él, sin mucho interés en el paisaje—. Nunca fue algo que me apasionara.

—¿Entonces por qué elegiste ser mecánico para el ejército también?

—Porque al ser algo que ya sabía hacer, solo tenía que presentarme a los exámenes prácticos. Era la ruta más rápida y la que me garantizaba tener la menor cantidad de interacciones posibles con cualquiera. Era el plan perfecto para estar solo.

Auren giró la cabeza para mirarla de reojo. —Por desgracia, había una persona en la academia que no me dejaba en paz...

Helena soltó una carcajada limpia y miró hacia los rascacielos iluminados del Sector 3. —No sé de quién hablas —respondió, con una sonrisa cargada de sarcasmo.

Helena miró el horizonte a través del cristal, y una sonrisa nostálgica le suavizó el rostro. —Parecías tan solitario cuando entraste a la academia... Además, hablabas rarísimo, jajaja. Como un robot descompuesto. Todo era "afirmativo", "negativo", "objetivo avistado"... Si no me hubieras conocido, seguramente aún hablarías así.

Se tapó la boca, aguantando la risa, y lo señaló con el dedo. —Te imagino entrando a la tienda hoy y diciendo: "Solicito apoyo táctico para incursión en el Sector 3. Objetivo: adquisición de pinceles. Requiero su presencia obligatoria ya que usted es la única unidad con pericia técnica en el equipo".



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En el texto hay: magia, fantasia oscura, slow burn

Editado: 19.04.2026

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