A un par de calles de distancia, Auren se había detenido en una encrucijada del laberinto de callejones. Las pisadas se habían desvanecido entre el eco industrial.
Cerró los ojos y respiró hondo. Dejó que sus sentidos humanos pasaran a un segundo plano y que la herencia de su sangre tomara el control. El aire estaba saturado de olores a humo, basura y orina, pero debajo de todo eso, el rastro era claro. El aroma a lavanda y vainilla del perfume de Helena, mezclado ahora con el olor metálico del miedo y el sudor fresco.
Abrió los ojos. Sus pupilas estaban ligeramente dilatadas. Miró hacia el callejón de la derecha; el rastro se hacía más fuerte. Y estaba cerca. Muy cerca.
La noche había caído por completo sobre el Yunque, sumiendo los callejones del Sector 5 en una penumbra sucia. En la oscuridad, los ojos de Auren ya no eran grises; brillaban con un intenso y antinatural verde esmeralda. El maná de su sangre dríade fluía, amplificando sus sentidos hasta el límite para no perder el rastro de Helena.
Corrió a toda prisa por el laberinto de asfalto y llegó al patio de carga justo a tiempo. Vio el desastre absoluto que ella había dejado a su paso: un campo de batalla cubierto de niebla fría, con casi una docena de matones retorciéndose en el suelo. Y al fondo, el ladrón estaba arrojando las bolsas apresuradamente en la parte trasera de una furgoneta abollada.
Pero lo que hizo que la sangre de Auren se helara en sus venas, superando el frío mágico del callejón, fue ver a Helena.
Estaba inconsciente, atada de manos con gruesos precintos industriales, siendo empujada sin delicadeza hacia el interior del vehículo por un gigante con un ojo cibernético.
El ladrón cerró las puertas de un portazo. En la cabina, el jefe del ojo cibernético pisó el acelerador a fondo y la furgoneta arrancó quemando llantas, escupiendo una nube de humo tóxico y grava.
Auren no gritó. No dudó. Una pequeña y casi imperceptible brisa se arremolinó bajo las suelas de sus botas, y salió disparado hacia adelante como un misil balístico.
Dentro de la cabina, el jefe miró por el retrovisor manchado de grasa. Su ojo cibernético hizo un zoom automático y el color se le drenó del rostro. Entre la nube de humo que habían dejado atrás, una silueta oscura con dos puntos verde esmeralda resplandecientes cortaba la distancia a una velocidad imposible.
—Parece que la princesita traía compañía —gritó el jefe, sudando frío—. ¡Agárrense, que vamos a perderlo!
El jefe jaló una palanca en el tablero. La pesada furgoneta industrial comenzó a zumbar con un ruido ensordecedor. Las cuatro llantas se desacoplaron de sus ejes, girando noventa grados para quedar paralelas al suelo, revelando gruesas turbinas de repulsión. Un destello de maná crudo iluminó los motores y el pesado vehículo se elevó bruscamente, abandonando el callejón para elevarse hacia el nivel de los tejados oxidados del Sector 5.
—¡Woooooooo! —gritaron los matones en la parte de atrás, celebrando y riendo con la adrenalina del escape. —¡Adiós, idiota! —se burló el jefe, soltando una carcajada nerviosa mientras estabilizaba la nave a veinte metros del suelo.
Pero la risa le duró poco.
En el callejón, Auren no redujo la velocidad. Corrió directo hacia el muro de una fábrica, dio un salto descomunal, apoyó una bota en los ladrillos y rebotó hacia el edificio de enfrente. Subió en un zigzag frenético, desafiando la gravedad con una agilidad monstruosa, hasta que sus manos se aferraron al borde de la azotea y se impulsó hacia arriba.
El jefe miró por la ventana lateral y casi se atraganta con su propia saliva. La silueta acababa de emerger de entre los edificios, saltando sobre fosos de ventilación y esquivando chimeneas sin perder el ritmo. Lo seguía.
—¡Maldita sea, ese infeliz no se rinde! —bramó el jefe, golpeando el volante—. ¡Oigan, idiotas, abran las escotillas! ¡Dispárenle, láncenle cosas, hagan algo o los tiraré a ustedes por la borda! Necesito al menos tres minutos para acumular suficiente maná en los condensadores y subir de nivel.
Los dos matones abrieron las ventanillas traseras, sacaron unidades de pulso baratas y empezaron a disparar. Ráfagas de luz roja rasgaron la noche del Sector 5.
Auren ni siquiera parpadeó. Sus pies se movían en pasos laterales, zigzagueando de forma errática pero calculada. Lo más aterrador no era su velocidad, sino el silencio absoluto. Sus botas golpeaban la chapa metálica de los techos sin emitir un solo sonido, como si el aire amortiguara su peso. Los disparos pasaban de largo. Peor aún, mientras corría, la estela de viento que generaba a su alrededor parecía apartar mágicamente obstáculos pesados; un par de barriles de aceite vacíos rodaron fuera de su camino antes de que él siquiera los tocara.
Auren fijó la vista en la furgoneta flotante. —Si lastiman a Helena, se arrepentirán de haber nacido.
Habló en un tono ronco y bajo, casi un susurro. A esa distancia, y con el rugido de las turbinas, era físicamente imposible que lo escucharan. Sin embargo, una corriente de aire directa y antinatural encapsuló sus palabras, llevándolas limpiamente hasta el interior de la cabina.
La amenaza sonó directamente en los oídos de los tres tripulantes, fría y nítida, como si el monstruo estuviera sentado junto a ellos.
Sintieron cómo el frío de esa voz les helaba hasta la médula de los huesos. De repente, el aire dentro de la furgoneta se volvió pesado. Un fuerte olor a ozono, idéntico al que precede a una tormenta eléctrica masiva, comenzó a saturar el ambiente. Los vellos de los brazos de los matones se erizaron por la pura estática.
El jefe miró frenéticamente por los espejos, con el corazón latiéndole en la garganta. Cuando el escalofrío pasó, la sombra de ojos verdes brillantes ya no estaba en los tejados. Había desaparecido.
—¿Dónde...? —murmuró uno de los matones, asomando la cabeza.
Un par de segundos después, el chasis de la furgoneta tembló. Algo había aterrizado en el techo. Fue un impacto suave, casi sin hacer ruido, pero el peso añadido y la abolladura en el metal fueron inconfundibles.
Editado: 19.04.2026