Auren no buscó la posada más lujosa. Buscó la "Posada del Búho Tuerto", un lugar de dos pisos con vista a la calle principal y, más importante, con un balcón trasero que daba a un callejón sin salida.
Estrategia básica: Nunca duermas donde no puedas saltar.
Una hora después, bañado, con ropa fresca (una camisa de lino y un chaleco de lana que gritaban "intelectual inofensivo"). y el Libro Metálico asegurado dentro de su estuche rígido, oculto en su morral de cuero, salió hacia su objetivo.
Caminaba por las calles empedradas, mezclándose con los estudiantes, cuando un murmullo colectivo detuvo el tráfico peatonal. Un carruaje enorme, negro lacado con filigranas doradas y el escudo real de Nemyris, estaba estacionado frente a la escalinata principal de la Biblioteca. Guardias con armaduras ceremoniales formaban un perímetro, empujando a los curiosos.
—Realeza —murmuró Auren, deteniéndose.
Había demasiada seguridad. Intentar entrar ahora sería un suicidio o una invitación a que lo interrogaran. Optó por la paciencia. Entró en un café con terraza que tenía vista directa a la entrada y pidió una taza de té negro.
Esperó. Después de dos tazas, las puertas de la Biblioteca se abrieron.
Dos figuras pequeñas, vestidas con ropas que costaban más que la vida de Auren, bajaron las escaleras flotando con una elegancia sobrenatural. La multitud hizo una reverencia profunda, como una ola. Las niñas subieron al carruaje negro sin mirar a nadie, y el vehículo arrancó, escoltado por los guardias.
Auren observó cómo la comitiva se alejaba, llevándose el ruido y la tensión. La plaza volvió a respirar.
—Bien —susurró, dejando unas monedas en la mesa—. El espectáculo terminó. Hora de entrar.
Se levantó, tomó su bolso y cruzó la calle hacia las grandes puertas de madera y cristal. La multitud se dispersaba. El camino estaba libre.
Auren cruzó el umbral y, por un segundo, su entrenamiento militar luchó contra su asombro genuino.
Sus ojos, acostumbrados a escanear perímetros y buscar rutas de escape, trazaron el mapa del vestíbulo automáticamente: Dos salidas laterales, una escalera central expuesta, ventanales altos... difícil de defender, fácil de huir.
Pero luego, la magnitud del lugar lo golpeó.
No era un edificio; era una catedral dedicada a la tinta.
Columnas de mármol blanco se alzaban como huesos de gigantes, sosteniendo una cúpula de cristal que filtraba la luz en haces polvorientos y dorados. Las paredes no existían; eran muros de libros que subían hasta perderse en la penumbra del techo, conectados por pasarelas de madera y escaleras de caracol que desafiaban la gravedad. El olor era embriagador: papel viejo, cuero, cera y el leve aroma metálico de la tinta ferrogálica. Nunca, ni en los archivos robados de Kraz ni en las escuelas de Novastra, había visto tanto conocimiento acumulado.
Auren se ajustó las gafas, suavizó su postura para parecer más encorvado y menos letal, y se acercó al mostrador de recepción.
El recepcionista, un hombre con cara de haber envejecido cinco años en la última hora, estaba limpiando frenéticamente una mancha de agua con un trapo, mientras trataba de acomodar unos papeles que parecían chamuscados en los bordes.
Auren notó el detalle al instante. Madera ennegrecida por calor intenso a la derecha, charco de agua congelada derritiéndose a la izquierda.
"Alguien tuvo un berrinche mágico aquí", pensó, conectando los puntos con el carruaje que acababa de irse. "Fuego y Hielo. Las niñas nucleares dejaron su marca."
Carraspeó con timidez ensayada.
—Disculpe... ¿buenos días, jefe?
El hombre levantó la vista, sobresaltado, como si esperara ver fuego otra vez. Al ver al "inofensivo académico" frente a él, soltó un suspiro de alivio, aunque sus manos seguían temblando.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
—Verá... —Auren se rascó la nuca, sonriendo nervioso—. Sé que no tengo cita, pero me preguntaba si sería posible hablar con un epigrafista. Me han dicho que en este lugar tienen expertos capaces de traducir hasta el silencio.
—¿Epigrafista? —El recepcionista se masajeó el puente de la nariz, agotado—. Nuestro experto en lenguas muertas está de año sabático, joven. Lo siento.
Auren no se rindió. Recordó la conversación en la zona de carga.
—Ah, qué mala suerte... Pero una chica muy amable en la entrada trasera, Anastasia creo que se llamaba, me mencionó que la Directora es una eminencia en el tema. ¿Cree que ella podría atenderme?
El recepcionista lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿La Directora? —susurró, mirando hacia el pasillo oscuro—. Sí, es la única capacitada para consultas de alto nivel ahora mismo. Pero le advierto, hoy no es un buen día. Está... muy ocupada. Y de un humor terrible, si me permite la indiscreción.
Auren puso su mejor cara de cachorro pateado. Juntó las manos en un gesto de súplica, explotando la debilidad del hombre cansado.
—¡Por favor! Vengo desde muy lejos, casi desde la frontera. Solo necesito unos minutos.
El recepcionista dudó. Su mirada bajó al bolso de cuero que Auren llevaba cruzado al pecho.
—La Directora tiene debilidad por los enigmas académicos... —murmuró el hombre, más para sí mismo que para Auren—. Si el documento que trae es interesante, quizás eso le mejore el humor. ¿Puede prestármelo? Si se lo llevo y le interesa, tal vez lo reciba.
La alarma sonó en la cabeza de Auren. Ni hablar. El Libro Metálico no era papel; era una aleación fría, pesada y llena de engranajes imposibles. Entregárselo a un extraño sería como entregar una granada sin seguro.
—¡Ah! Es que... —Auren se palmeó los bolsillos, improvisando pánico—. No me atreví a traer la pieza original a la primera visita. ¡Es demasiado valiosa! Y con tantos... eh... ladrones en los caminos, preferí dejarla en la caja fuerte de la posada hasta confirmar la reunión.
Editado: 19.04.2026